Santiago, enero de 2027
A las 10:17 de la mañana, Aurora estaba descalza en medio del living, con una taza de café en la mano y tres cajas todavía sin abrir. La lámpara seguía apoyada contra la pared porque llevaba cinco días sin decidir dónde chucha ponerla.
No era lo único pendiente.
Faltaba ordenar media casa, resolver trámites, encontrar cosas que estaba segura de haber embalado pero que parecían haberse desintegrado durante la mudanza y descubrir a qué mueble pertenecía un tornillo sospechosamente importante que llevaba dos días sobre el mesón de la cocina.
Pero ya estaban ahí.
Se habían mudado.
Aurora tomó un sorbo de café y miró alrededor. Víctor todavía dormía en su pieza, aunque en apenas cinco días ya había conseguido intervenirla estéticamente lo suficiente como para dejar claro que cualquier opinión materna sería considerada una intromisión. Enrique, en cambio, llevaba despierto desde una hora que Aurora prefería no recordar y en ese momento recorría el pasillo en calzoncillos buscando algo que él mismo había perdido.
—¡Mamá!
—¿Qué?
—¡No está!
Aurora esperó.
—¿Qué cosa?
Hubo un silencio.
—¡No sé!
Cerró los ojos.
Perfecto.
Mili dormía atravesada justo en el lugar más incómodo del living, obligando a todos a rodearla como si fuera parte de la arquitectura. Cerca de la ventana había lanas, un telar a medio comenzar y una caja que Aurora había rotulado con plumón dorado antes de la mudanza:
ENTRELUZ — NO APLASTAR
La caja había llegado intacta, milagrosamente.
El resto de la casa todavía estaba lejos de conseguirlo. Había espacios vacíos, muebles mal puestos, una silla que llevaba tres días funcionando como clóset y cortinas que seguían existiendo únicamente como intención. Faltaban lucas, faltaban trámites y probablemente alguna cuenta importante continuaba asociada a una dirección antigua.
Aun así, algo se sentía distinto.
No estaba de visita en Santiago. No había llegado por un trámite, una terapia, una reunión, una urgencia ni uno de esos viajes en que el domingo comenzaba a sentirse demasiado cerca desde el mismo viernes.
Esta vez no tenía que volver.
Aurora dejó el café sobre una caja y apoyó ambas manos en la cintura.
Había llegado.
El teléfono sonó antes de que alcanzara a emocionarse demasiado.
Alejandra.
—¿Están despiertos? Vamos para allá.
—Buenos días para ti también.
—¿Están despiertos o no?
Aurora miró hacia el pasillo.
—Uno sí. El otro está negociando con la vida.
—Perfecto. En quince estamos allá.
Cortó.
No había preguntado si podía ir.
Obviamente.
Quince minutos después, Alejandra apareció con pan, sus hijos Gaby y Tomy y una bolsa enorme llena de cosas que, según ella, podían servirle.
—¿Qué hay ahí?
—Cosas.
—Eso veo.
—Después revisas.
Los niños ni siquiera esperaron instrucciones. Entraron, se repartieron por la casa y, en menos de cinco minutos, Enrique había arrastrado a los hermanos hacia su pieza para mostrarles absolutamente cada juguete que poseía, incluidos algunos que no recordaba tener hasta ese momento.
Aurora estaba sacando tazas de una caja cuando miró a Alejandra.
Su amiga ya había abierto el refrigerador.
Por supuesto.
—Hueona.
Alejandra giró con un queso en la mano.
—¿Qué?
Aurora sintió que la garganta se le apretaba apenas.
—Lo hice.
Alejandra la observó un segundo, como si intentara descubrir qué parte de aquella afirmación necesitaba respuesta. Después se encogió de hombros.
—Sí, po. Si sabíamos que ibas a hacerlo.
Y siguió revisando el refrigerador.
Aurora soltó una risa.
No alcanzó a decir nada más porque sonó el timbre.
—¿Esperas a alguien?
—No.
Abrió.
Paula estaba al otro lado de la puerta con una botella bajo el brazo, dos bolsas de supermercado y la expresión de alguien que jamás había contemplado seriamente la posibilidad de avisar antes de llegar.
—Traje cosas para inaugurar.
Aurora miró la botella y después a Paula.
—Hueona, son las diez y media de la mañana.
—Entonces traje cosas para almorzar.
Detrás de ella aparecieron sus hijos Vicente, Dominga y Joaquín cargando un ventilador, una planta gigantesca y una silla amarilla que Aurora estaba completamente segura de no haber pedido.
Señaló la silla.
—¿Y eso?
—La vi y era demasiado tú.
Desde la cocina, Alejandra gritó:
—¡Pasa! ¡Esta casa ya es autoservicio!
Aurora alcanzó a hacerse a un lado antes de que la procesión completa entrara.
Y ahí comenzó el despelote.
Víctor apareció finalmente cerca del mediodía, despeinado y con cara de haber sido víctima de una injusticia. Miró la invasión durante tres segundos y decidió que volver a dormir era menos interesante que instalarse a conversar con los mayores.
Mili, mientras tanto, recorría el living de persona en persona convencida de que toda aquella reunión había sido organizada exclusivamente para ella.
Paula abrió un cajón y después otro.
—¿Dónde están las copas?
—No sé. Vivo aquí hace cinco días.
—Perfecto.
Abrió una de las cajas que seguían cerradas.
—¡Oye!
—Estoy buscando.
De su interior sacó una fuente, siete ovillos, un sahumerio y los controles de la televisión antes de encontrar, finalmente, las copas.
Editado: 13.09.2026