Aurora miró la caja.
Después, al hombre.
—Sí. Es mía. Gracias. La estaba esperando.
Estiró los brazos para recibirla y descubrió demasiado tarde que pesaba bastante más de lo que había calculado.
El hombre no la soltó.
—¿Dónde la dejo?
—No, está bien. Yo puedo…
—¿Mamá?
Aurora cerró los ojos.
Enrique apareció detrás de ella en calzoncillos, con el pelo revuelto y una expresión de absoluta sospecha. Miró al hombre, miró la caja y volvió a mirar al hombre.
—¿TÚ QUIÉN ERES?
—¡Enrique!
El desconocido no pareció incómodo. Tampoco le habló con esa voz aguda y absurda que algunos adultos reservaban para los niños. Se inclinó apenas, lo suficiente para quedar más cerca de su altura.
—Soy Fernando. Vivo cerquita.
Enrique entrecerró los ojos.
—¿Y por qué traes cosas de mi mamá?
—Porque se equivocaron de casa.
—¿Y cómo sabías que eran de mi mamá?
Fernando miró la etiqueta.
—Porque aquí dice Aurora.
Enrique consideró la explicación con la seriedad de un funcionario revisando antecedentes migratorios. Finalmente asintió.
—Ya. Puedes pasar.
—¡Enrique!
Fernando se rio. De verdad. No con esa risa amable que algunos adultos usaban para celebrar cualquier cosa que dijera un niño ajeno, sino con una carcajada breve, sorprendida.
—Gracias —le dijo a Enrique—. Solo voy a dejar esto.
Entró dos pasos.
Y El Templo del Alma quedó expuesto en toda su dignidad: niños, vasos, cajas abiertas, lanas, una planta gigantesca instalada en un lugar absurdo y la silla amarilla atravesada junto al pasillo. Mili se acercó a olfatearlo sin ningún respeto por su espacio personal mientras, al fondo, Alejandra y Paula lo observaban con una discreción comparable a la de dos detectives escondidos detrás de un poste.
Fernando dejó la caja junto al telar y se detuvo.
—¿Esto lo haces tú?
Aurora siguió su mirada.
—Sí. Bueno… estoy retomándolo.
Fernando se inclinó un poco hacia la pieza. Acercó los dedos a una de las fibras, pero no la tocó.
—Es bonito.
Aurora lo miró.
No había soltado un qué lindo automático mientras buscaba otra cosa que mirar. Seguía observando el tejido, como si quisiera entenderlo.
—Gracias.
Fernando levantó la vista y, durante un segundo, ocurrió algo tan pequeño que Aurora habría podido ignorarlo.
Él ya la estaba mirando.
No la recorrió ni hizo esa evaluación instantánea que ella conocía demasiado bien. Solo sostuvo su mirada, atento, presente, un segundo más de lo estrictamente necesario.
Algo se movió apenas en el pecho de Aurora.
Nada espectacular. Ningún relámpago, ninguna música celestial ni universo alguno gritando hueás.
Solo eso.
Un segundo un poco más largo.
—Fernando —dijo Paula desde atrás—, ¿quieres almorzar?
Aurora giró la cabeza.
—¡Paula!
—¿Qué? Hay comida.
—El hombre vino a dejar una caja.
—Y ya la dejó.
—Precisamente.
Fernando sonrió y miró hacia la puerta.
—No quiero interrumpir.
—Aquí nadie interrumpe —dijo Alejandra desde la cocina—. Aquí llegan.
Aurora la miró.
La frase quedó flotando un instante entre ellas, aunque Alejandra no pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Estaba demasiado ocupada cortando pan.
Fernando dudó.
—En serio, no quiero meterme en una reunión familiar.
—No es una reunión familiar —dijo Paula.
Aurora levantó una ceja.
Paula miró alrededor.
—Bueno, sí. Pero tampoco estaba planificada.
—Eso no mejora tu argumento.
Fernando volvió a reírse.
—Vivo a dos casas —dijo—. Voy a dejar unas cosas y vuelvo con algo para tomar.
—No tienes que…
—Quiero.
Aurora se quedó callada.
Fernando se despidió con un gesto y salió.
Ella cerró la puerta y permaneció de espaldas al living durante tres segundos.
Quizás cuatro.
—Ni se les ocurra.
Detrás de ella, Paula soltó un chillido.
—¡ENERO, CONCHETUMADRE! ¡NO ALCANZASTE NI A DESEMBALAR!
—¡Cállate!
Alejandra levantó su vaso.
—Por El Templo del Alma y por el servicio de encomiendas.
—Solo es el vecino.
—Ajá.
—Alejandra.
—No dije nada.
—Lo dijiste con la cara.
—No puedo controlar mi cara.
—Hace cuarenta años que intentamos que lo haga —aportó Paula—. No hay caso.
Aurora recogió un cojín y se lo lanzó.
Enrique apareció nuevamente en medio del living.
—A mí me cayó bien.
Paula se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡HASTA ENRIQUE!
—¿Hasta Enrique qué?
—Nada, mi amor.
—Trajo las lanas.
—Sí.
—Y vive cerquita.
—Sí.
—Entonces puede venir.
Aurora miró a su hijo.
—Gracias por administrar mi vida social.
—De nada.
Enrique salió corriendo y Paula se dejó caer en el sillón.
—Me encanta este barrio.
—Llevas tres horas acá.
—Y ya estoy comprometida con su desarrollo comunitario.
—Te voy a quitar la llave antes de habértela dado.
Alejandra se rio.
Aurora intentó acompañarlas con la misma despreocupación, pero no le resultó del todo.
Dos casas más allá.
Fernando había dicho aquello como quien entrega una dirección aproximada. Por alguna razón, ahora la distancia le parecía información.
Veinte minutos después volvió a sonar el timbre.
Aurora dio un paso hacia la puerta, pero Paula la agarró del brazo.
—Espera.
—¿Qué?
Le acomodó el pelo.
—¡Suéltame!
Alejandra apareció por el otro lado y le limpió con el pulgar una mancha de la polera.
Aurora miró hacia abajo.
—¿Qué era?
Alejandra inspeccionó el dedo.
—Salsa.
—Gracias a Dios.
—Ya —dijo Paula—. Ahora sí.
—Par de hueonas.
—Anda a abrir.
Aurora abrió.
Fernando había vuelto con una bolsa de hielo, bebidas, algunas cervezas y una caja de helados.
Editado: 13.09.2026