Dos Casas Más Allá

3. La mesa coja

A las 10:43 de la mañana siguiente, Alejandra abrió las cortinas del living de golpe.

—¡VIENE EL HOMBRE DEL TALADRO!

Aurora, que estaba en la cocina sirviéndose café, cerró los ojos.

—¿Por qué sigues acá?

—Buenos días para ti también.

—Te fuiste ayer.

—Y volví.

—Ese es exactamente el problema.

Alejandra se asomó por la ventana.

—Faltan diecisiete minutos.

—¿Para qué?

Giró lentamente.

—Aurora. Por favor. Un poco de seriedad.

Aurora tomó su café y decidió ignorarla.

No estaba nerviosa. En absoluto.

Solo se había duchado antes de las diez, cosa perfectamente razonable, y se había cambiado dos veces de polera. La primera tenía una mancha y la segunda, simplemente, no le había gustado.

Nada sospechoso.

Víctor apareció arrastrando los pies.

—¿Por qué gritan?

—Porque tu mamá tiene una cita.

Aurora casi escupió el café.

—¡No tengo una cita!

—Viene un hombre a las once.

—A instalar una lámpara.

Víctor abrió el refrigerador.

—Eso suena peor.

—Gracias por el apoyo.

—De nada.

Enrique apareció detrás de él.

—¿Viene Fernando?

Aurora lo miró.

—¿Cómo te acuerdas de su nombre?

—Trajo helado.

Por supuesto.

A las 10:58, Alejandra volvió a mirar por la ventana.

—Todavía no.

—Deja de vigilar la calle.

—Estoy mirando el barrio.

—Llevas veinte minutos mirando la misma casa.

—Me interesa la arquitectura.

Aurora iba a responder cuando sonó el timbre.

Miró la hora.

11:00.

Alejandra levantó ambas cejas.

—Puntual.

—Cállate.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Aurora abrió la puerta.

Fernando estaba ahí con una caja de herramientas en una mano, un taladro en la otra y una bolsa de papel colgando de la muñeca.

—Buenos días.

—Hola.

Levantó la bolsa.

—Traje marraquetas.

Aurora miró el pan y después el taladro.

—Vienes peligrosamente preparado.

—No sabía si el trabajo incluía desayuno.

—Ahora sí —gritó Alejandra desde la cocina.

Fernando sonrió.

—Buenos días, Alejandra.

Aurora lo miró.

—¿También te aprendiste su nombre?

—Me interrogó durante dos horas.

—Una hora y media —corrigió Alejandra—. No exageremos.

Aurora se hizo a un lado.

—Pasa.

Fernando entró y Enrique apareció inmediatamente.

Esta vez llevaba pantalones.

Un avance.

—¿Vas a poner la lámpara?

—Ese es el plan.

—Mi mamá no sabe dónde va.

Aurora giró la cabeza.

—Sí sé.

Enrique la miró.

—No.

Fernando tuvo la prudencia de no intervenir.

—Sí sé dónde va.

—Ayer dijiste que no sabías.

—Ayer era ayer.

—¿Y ahora sabes?

Aurora señaló el rincón donde estaba el telar.

—Ahí.

Fernando siguió la dirección de su mano. La lámpara quedaría sobre el espacio donde Aurora había empezado a instalar sus fibras, el telar y las cajas de Entreluz.

—Buena elección —dijo.

Y no agregó nada más.

Desayunaron antes de empezar, principalmente porque Alejandra decretó que nadie podía operar herramientas eléctricas sin una marraqueta encima y Fernando, inexplicablemente, aceptó su autoridad.

Víctor apareció a mitad del desayuno y se sentó con ellos. Fernando le preguntó algo sobre la música de su polera y después dejó que la conversación apareciera sola, sin intentar ganárselo.

Aurora lo notó.

Otra vez.

Parecía estar notándolo demasiado.

—¿Trabajamos? —preguntó Fernando.

—Por favor. Antes de que Alejandra te pregunte tu signo.

—Ya se lo pregunté ayer.

—Claro que sí.

Fernando recogió las herramientas y Aurora llevó la escalera.

—¿Sabes instalarla? —preguntó él.

—Más o menos.

—¿Qué significa más o menos?

—Que he visto videos.

Fernando la miró.

—Excelente.

—No pongas esa cara. Internet ha formado profesionales completos.

—¿Quieres hacerlo tú?

Aurora se detuvo.

Había esperado que él tomara la escalera, el taladro y la situación completa.

—¿Yo?

—Es tu lámpara.

—Pero tú trajiste el taladro.

—Te lo presto.

Aurora entrecerró los ojos.

—¿Estás poniendo a prueba mi masculinidad?

Fernando tardó un segundo.

—No sabría por dónde empezar.

Aurora soltó una carcajada.

—Dame esa hueá.

Fernando le entregó el taladro y le explicó dónde perforar, cómo sostenerlo y qué debía evitar. Después afirmó la escalera mientras Aurora subía.

—Si me caigo, te demando.

—Queda registrado.

—Y esta casa pasa a ser tuya.

—Entonces voy a sostener con las dos manos.

Aurora apoyó el taladro contra el techo.

—¿Así?

—Un poco más a la izquierda.

—¿Aquí?

—Tu otra izquierda.

Aurora bajó la mirada.

—Te puedo echar de mi casa.

—Pero después tendrías que terminar solo con los videos de internet.

—Buen punto.

Volvió a mirar arriba y encendió el taladro.

Había alcanzado a perforar apenas unos segundos cuando la broca se desplazó y su cuerpo se inclinó hacia un lado. Fernando soltó una mano de la escalera y la sostuvo por la cintura.

Fue rápido. Instintivo.

Aurora recuperó el equilibrio y apagó el taladro.

Durante un instante ninguno se movió. La mano de Fernando seguía en su cintura; no apretaba, solo estaba ahí.

Aurora sintió con una claridad absurda el lugar exacto donde la tocaba.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

Fernando retiró la mano.

—¿Segura?

—Sí. Fue el taladro.

—Claro.

Aurora bajó la mirada.

—¿Qué significa ese “claro”?

—Nada.

—Te estoy mirando, vecino.

Fernando volvió a tomar la escalera con ambas manos.

—Y yo estoy sosteniendo la escalera, vecina.

Aurora intentó contener la sonrisa.




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