Dos Casas Más Allá

4. Pan caliente

Esa noche, El Templo del Alma quedó en silencio por primera vez en todo el día.

Alejandra se había ido después de hacerle jurar a Aurora que enviaría capturas de pantalla de cualquier mensaje relevante, promesa que Aurora no tenía la menor intención de cumplir. Víctor estaba encerrado en su pieza, Enrique dormía atravesado en la cama de Aurora porque, evidentemente, la suya era un concepto meramente decorativo, y Mili roncaba en el suelo.

Aurora estaba sentada bajo la lámpara nueva, enrollando una madeja de lana, cuando vibró el teléfono.

Fernando, el vecino

¿Sigue encendida?

Aurora levantó la vista. La luz cálida caía justo sobre el telar.

Sonrió.

Sí. Excelente servicio técnico. Cinco estrellas.

Aparecieron los tres puntos.

Me preocupaba más saber si habías sobrevivido al taladro.

Aurora escribió:

Sobreviví a cosas peores.

Envió el mensaje y se quedó quieta.

No había querido sonar dramática ni abrir una conversación profunda a esa hora con un hombre al que conocía desde hacía apenas dos días.

La respuesta llegó poco después.

Me imagino.

Nada más.

No apareció una pregunta ni una invitación a contar una historia que ella no había ofrecido.

Quizás por eso fue Aurora quien volvió a escribir.

Aunque confieso que casi me mató la escalera.

La escalera no tuvo nada que ver.

Aurora miró la pantalla.

¿Qué insinúas?

Nada, vecina.

Cobarde.

Nos conocemos hace dos días. Estoy administrando el riesgo.

Aurora se tapó la boca para no reírse y despertar a Enrique.

Muy prudente para un hombre que aceptó almorzar en una casa llena de desconocidas.

Había helado.

Ese lo llevaste tú.

La respuesta tardó unos segundos.

Entonces claramente tenía un plan.

Aurora negó con la cabeza.

Los tres puntos aparecieron otra vez.

Desaparecieron.

Volvieron.

Revisé el diagnóstico de la mesa.

Aurora miró hacia el comedor.

Seguía insultantemente firme.

¿Y?

Grave.

Aurora soltó una risa.

¿Nivel de emergencia?

Alto.

Qué raro. La acabo de empujar y no se mueve.

Esta vez la respuesta demoró un poco más.

Ese es exactamente el tipo de falsa seguridad que provoca accidentes domésticos.

Aurora se mordió el labio.

Menos mal que tengo servicio técnico.

Muy responsable de tu parte.

¿Sigues viniendo mañana?

Envió el mensaje antes de pensarlo demasiado.

Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente.

Sí.

Aurora se quedó mirando aquella única palabra.

Después llegó otra.

Aunque los dos sabemos que la mesa está perfectamente bien.

Aurora sonrió.

Ahí estaba.

Sin diagnóstico, sin nivel, sin ninguna hueá técnica que fingir.

Escribió:

Entonces ven sin herramientas.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Eso pensaba.

Aurora dejó el teléfono boca abajo.

Duró aproximadamente siete segundos.

Lo volvió a tomar, leyó la conversación completa y volvió a dejarlo.

—Ay, por la chucha…

—¿Qué pasó, mamá?

Aurora dio un salto.

Enrique la miraba con un ojo apenas abierto.

—Nada, mi amor. Duerme.

—¿Fue el vecino?

Aurora se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—El vecino del helado.

—Duérmete, Enrique.

—A mí me cayó bien.

—Sí. Ya sabemos.

—Puede venir mañana.

—Gracias por tu autorización.

Enrique cerró los ojos.

—Pero que traiga helado.

Dos minutos después volvía a dormir.

El teléfono vibró.

¿Mañana a las seis? Podemos caminar por el barrio. Te muestro dónde está el pan bueno.

Aurora leyó el mensaje dos veces.

Ya. Pero esto es estrictamente información territorial.

Por supuesto. Llevaré un mapa.

Aurora apagó la pantalla.

Seguía sonriendo.

Esta vez no intentó dejar de hacerlo.

Al día siguiente, a las cinco y media, Víctor entró a la pieza y encontró tres opciones de ropa extendidas sobre la cama.

Se detuvo.

Miró la ropa.

Después a Aurora.

—¿No que iban a comprar pan?

—Sí.

—Entonces ponte cualquier cosa.

—No estoy eligiendo ropa por él.

—¿Por quién?

—Por mí.

Víctor asintió lentamente.

—Ah.

Aurora lo apuntó con un dedo.

—No hagas ese “ah”.

—¿Cuál?

—Ese.

—Solo dije “ah”.

—Lo dijiste ofensivamente.

Víctor volvió a mirar la cama.

Aurora levantó una blusa.

—¿Esta?

—No.

—¿Por qué?

—Porque pareces señora que va a reunión.

—Soy una señora que va a reuniones.

—Pero no vas a una reunión.

Aurora dejó la blusa y tomó otra.

—¿Esta?

Víctor hizo una mueca.

—Estás tratando demasiado.

—¡No estoy tratando nada!

—Mamá.

—Víctor.

Él señaló la tercera opción. La que Aurora había descartado primero.

—Esa.

—¿Esta?

—Sí.

Aurora se la puso delante del cuerpo y se miró en el espejo.

—¿Por qué?

Víctor se encogió de hombros.

—Te ves tú.

Aurora dejó de mirar la ropa.

Lo miró a él.

No más joven. No más flaca. No más bonita.

Tú.

—Ya —dijo.

Víctor sonrió apenas.

—Ya.

Aurora se cambió. Se puso un poco de maquillaje, los lentes que le gustaban y dejó el pelo suelto.

Nada que la transformara en otra mujer.

Cuando salió de la pieza, Enrique la examinó.

—¿Vas a pololear?

—No. Voy a comprar pan.

—Con Fernando.

—Sí.

—Entonces vas a pololear.




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