El domingo, a las seis y cuarto de la tarde, el grupo MANADA cambió de nombre.
Aurora se enteró porque su teléfono vibró.
Paula cambió el nombre del grupo a: OPERACIÓN PAN CALIENTE.
Aurora cerró los ojos.
Aurora:
—No.
Alejandra:
—Sí.
Andrea:
—Necesitamos protocolo.
Aurora:
—No necesitamos ninguna hueá.
Paula:
—Ubicación en tiempo real.
Aurora dejó de escribir.
Eso sí.
La broma podía seguir siendo una broma, pero había cosas
que no estaba dispuesta a abandonar solo porque Fernando le gustara.
Aurora:
—La ubicación se las mando.
Paula:
—Excelente.
Alejandra:
—Y foto del hombre.
Aurora:
—Lo conocen.
Alejandra:
—Foto de cuerpo entero.
Aurora:
—¿Para qué chucha?
Paula:
—Archivo institucional.
Aurora:
—Váyanse a la mierda.
Andrea apareció después.
Andrea:
—Una sola cosa.
Aurora esperó.
—No vayas a evaluar si le gustas.
La sonrisa se le borró un poco.
—Evalúa cómo te sientes tú.
Aurora dejó el teléfono sobre la cama.
Eso era bastante menos gracioso.
Y bastante más difícil.
A las siete, Víctor apareció en la puerta de su pieza.
Aurora estaba terminando de arreglarse frente al espejo.
Él la miró.
—¿Qué?
—Nada.
—No empieces tú también.
—No he dicho nada.
—Pero me estás evaluando.
Víctor se encogió de hombros.
—Te ves bien.
Aurora volvió hacia el espejo.
—¿Bien yo o bien señora que intenta parecer otra persona?
Víctor la observó con más atención.
—Tú.
Eso bastó.
—Gracias.
Víctor siguió ahí.
Aurora lo miró por el espejo.
—¿Qué más?
—Nada.
—Víctor.
—¿Te gusta mucho?
Aurora se giró.
La pregunta no venía con burla esta vez.
—No sé.
—Ah.
—Lo conozco hace cuatro días.
—Pero te gusta.
Aurora sonrió.
—Sí.
Víctor asintió.
—Ya.
—¿Ya qué?
—Nada. Que lo pases bien.
Y se fue.
Aurora se quedó mirándolo desaparecer por el pasillo.
Había algo extrañamente nuevo en que sus hijos la vieran
así. No rota ni sobreviviendo, tampoco tratando de sostener el mundo con las
dos manos.
Ilusionada.
La palabra todavía le daba un poco de pudor.
Pero era cierta.
A las siete cincuenta y ocho compartió su ubicación en tiempo
real con el grupo.
Un minuto después, Paula respondió:
—Recibido.
Alejandra:
—Central operativa activa.
Andrea:
—Respira.
Aurora:
—Las odio.
A las ocho en punto sonó el timbre.
Aurora abrió.
Fernando estaba al otro lado con camisa oscura, jeans y
un perfume suave. Nada espectacular. Solo él un poco más arreglado que de
costumbre.
La miró y sonrió.
—Hola.
—Hola.
—Te ves muy linda.
Aurora sintió el impulso automático de bajar la mirada.
No lo hizo.
—Gracias.
Lo recorrió de arriba abajo.
—Tú también.
Fernando levantó una ceja.
—¿Muy linda?
—Preciosa.
—Gracias.
Aurora soltó una carcajada.
Desde dentro de la casa, Enrique gritó:
—¡FERNANDO!
Apareció corriendo.
Fernando levantó una mano.
—Hola.
Enrique lo miró y después miró a Aurora.
—¿Van a pololear?
—¡No!
Fernando tosió para disimular una risa.
—Vamos a comer.
Enrique procesó la información.
—¿Y después van a pololear?
—Enrique.
—¿Qué?
Víctor apareció detrás.
—Déjalos salir antes de casarlos.
Aurora lo apuntó.
—Tú tampoco ayudas.
Fernando seguía intentando mantener la compostura.
—Buenas noches —dijo Víctor.
—Buenas noches.
—Que lo pasen bien.
Aurora lo miró.
Víctor sonrió apenas.
Fernando abrió la puerta para dejarla pasar.
Antes de salir, Aurora se giró.
—Cualquier cosa me llaman.
—Sí, mamá.
—Y no abran la puerta.
—Sí, mamá.
—Y Enrique…
—¡ANDA! —gritó Víctor.
Aurora salió.
Fernando esperó a que cerrara.
—¿Lista?
Ella respiró.
—Ahora sí.
El restaurante tenía un patio interior con luces cálidas, plantas y música suave.
Bossa nova.
Aurora lo notó apenas entró.
—Punto para ti.
Fernando miró alrededor.
—¿Por?
—La música.
—No puedo adjudicarme eso.
—Entonces punto para el restaurante.
—Empezamos mal.
Se sentaron afuera.
Fernando no había elegido un lugar excesivamente elegante ni diseñado para impresionar. Era bonito y cómodo, con suficiente ruido alrededor para que ningún silencio pareciera exigir una explicación.
Pidieron algo para tomar.
Aurora dejó el teléfono sobre la mesa.
—Tengo que informarte algo.
Fernando adoptó expresión seria.
—Adelante.
—Mi ubicación está siendo monitoreada.
Él tardó un segundo.
—Bien.
Aurora levantó las cejas.
—¿Bien?
—Sí.
—Pensé que ibas a huevearme.
—Puedo hacerlo si quieres.
—No.
—Entonces bien.
Fernando tomó su vaso.
—No me conoces. Me parece sensato.
Aurora lo observó.
—Gracias.
—Aunque me gustaría saber cuántas personas están monitoreándome.
—No necesitas esa información.
—¿Andrea?
—Obviamente.
—Eso me preocupa un poco.
—Debería.
Fernando sonrió.
La conversación comenzó con la misma facilidad de las anteriores, pero aquella noche no estaban arreglando nada, no había niños entrando y saliendo ni una bolsa de pan entre ambos.
Estaban ahí porque habían decidido estar.
Aurora se dio cuenta de que eso la ponía un poco nerviosa. Fernando también parecía distinto; no incómodo, sino más atento, como si ambos supieran que aquella noche tenía otro nombre.
Editado: 13.09.2026