Aurora despertó sonriendo.
Lo descubrió antes incluso de abrir los ojos y le pareció profundamente irritante.
Se dio vuelta. Enrique dormía a su lado, atravesado en diagonal, con una pierna encima de la frazada y la cabeza peligrosamente cerca del borde.
Aurora intentó recuperar un poco de dignidad.
No funcionó.
Recordó la caminata, la mano de Fernando, la conversación y el beso.
Después el segundo beso.
Abrió los ojos.
—Puta la hueá.
—Buenos días —dijo Víctor desde la puerta.
Aurora dio un salto.
—¿Qué haces ahí?
—Vine a buscar el cargador.
—¿Y por qué entras sin tocar?
Víctor señaló la puerta abierta.
—Estaba abierta.
—Igual se toca.
—Ya.
No se movió.
Aurora lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Víctor.
—¿Qué?
—Tienes cara.
—Siempre tengo cara.
—Esa cara.
Víctor sonrió.
Aurora tomó una almohada y se la lanzó.
Él la esquivó.
—Entonces estuvo buena la cita.
—Ándate.
—Eso es un sí.
—¡Fuera!
Víctor salió riéndose.
Aurora volvió a dejarse caer sobre la almohada.
El teléfono vibró.
Lo tomó demasiado rápido.
Fernando
—Buenos días.
Aurora miró el nombre.
Ya no decía Fernando, el vecino.
No recordaba haberlo cambiado.
Sonrió.
—Buenos días.
La respuesta apareció enseguida.
—Informe de estado.
Aurora levantó una ceja.
—¿Qué?
—Necesito saber si el servicio territorial cumplió expectativas.
—Aceptable.
—Me estás empezando a herir.
—Sobrevivirás.
—¿Café más tarde?
Aurora se quedó mirando la pregunta.
Quería decir que sí.
Mucho.
Precisamente por eso dejó el teléfono sobre la cama.
No porque tuviera que hacerse la difícil. No quería hacerlo. Pero tampoco quería empezar a reorganizar sus días alrededor de alguien que acababa de aparecer.
Andrea se lo había dicho.
No moverse.
Miró nuevamente el teléfono.
—Hoy no puedo. Tengo cosas que ordenar y quiero avanzar con Entreluz.
Los tres puntos aparecieron.
—Perfecto.
Y después:
—Otro día.
Nada más.
Aurora esperó casi por costumbre la culpa, la necesidad de explicar mejor o ese impulso antiguo de compensar un no para asegurarse de que el otro no se molestara.
No llegó.
Escribió:
—Otro día.
Y dejó el teléfono.
A media mañana llegó Andrea.
Sin sahumerio.
Aurora consideró aquello una evolución significativa.
—¿Café?
—Sí.
—¿Vienes a analizar mi campo?
—Todavía no he desayunado. Después.
Aurora puso los ojos en blanco.
Andrea se sentó a la mesa.
—Ya.
—¿Ya qué?
—¿Cómo estuvo?
Aurora abrió un cajón.
—Bien.
—Aurora.
—Muy bien.
—Eso está mejor.
Aurora sirvió dos cafés.
Andrea esperó.
—Nos besamos.
—Ya sé.
Aurora se giró.
—¿Cómo chucha sabes?
—Alejandra.
—¡¿CÓMO SABE ALEJANDRA?!
Andrea tomó la taza.
—Al parecer hubo vigilancia desde la ventana.
Aurora cerró los ojos.
—Voy a cambiarme de ciudad.
—Te acabas de mudar.
—Me vuelvo a Cauquenes.
—Sería mucho papeleo.
Aurora se sentó frente a ella.
Andrea sonrió.
—¿Te gustó?
Aurora bajó la vista hacia el café.
—Sí.
—¿Mucho?
—Andrea.
—Es una pregunta científica.
—Mucho.
Andrea sonrió.
Aurora también.
Durante unos segundos fueron simplemente dos amigas celebrando una hueá rica.
Después Andrea preguntó:
—¿Cómo te sentiste?
Aurora la miró.
—Otra vez con eso.
—Sí.
Pensó un momento.
—Cómoda.
Andrea esperó.
—Segura.
Siguió esperando.
Aurora entendió.
—Y libre.
Andrea asintió.
—Bien.
—¿Eso significa que aprobó la comisión evaluadora?
—No existe comisión evaluadora.
—Ayer parecían una comisión investigadora del Senado.
Andrea se rio.
—No estoy evaluando a Fernando.
—Eso dices ahora.
—Te estoy preguntando por ti.
Aurora sostuvo la taza entre las manos.
—Estoy contenta.
—Ya.
—Y asustada.
Andrea no cambió la expresión.
—También ya.
Aurora levantó la vista.
—No quiero perderme.
Ahí estaba.
La frase que llevaba toda la mañana escondida debajo de las otras.
Andrea apoyó la taza.
—Entonces no te pierdas.
Aurora soltó una risa sin humor.
—Qué fácil.
—No dije que fuera fácil.
—Me gusta.
—Sí.
—Quiero verlo.
—Sí.
—Me dan ganas de saber qué está haciendo.
—Normal.
Aurora respiró.
—Y conozco esa parte mía que puede empezar a mover todo para hacer espacio.
Andrea la observó.
—Entonces no lo hagas.
—¿Y qué hago?
—Nada.
—Gran consejo.
—No cambies tu vida para demostrar que alguien cabe en ella.
Aurora guardó silencio.
Andrea señaló alrededor.
—Tu vida ya existe.
El Templo seguía lleno de cajas sin abrir, lanas y piezas de Entreluz que empezaban a ocupar su rincón. Había dibujos de Enrique pegados donde no correspondían, una mochila de Víctor tirada junto al sillón y Mili dormía al sol como si pagara dividendo.
—Tus hijos existen —continuó Andrea—. Tus amigas existen. Tu trabajo. Entreluz. Tus días de querer gente y tus días de no querer ver a nadie.
Aurora sonrió.
—Especialmente esos.
—Esos son sagrados.
Andrea tomó café.
—No construyas una vida nueva para que Fernando pueda entrar. Invítalo a entrar en la que ya tienes.
Aurora la miró.
Editado: 13.09.2026