Martina volvió cuatro días después.
Sola.
Aurora abrió la puerta y la encontró con una bolsa de galletas en una mano y una expresión que parecía debatirse entre la seguridad y las ganas de salir corriendo.
—Hola.
—Hola.
Martina levantó la bolsa.
—Traje esto.
Aurora la miró.
—¿Es un soborno?
—Puede ser.
—Entonces pasa.
Martina sonrió y entró.
Aurora cerró la puerta.
—¿Tu papá sabe que estás acá?
—Sí. Me vino a dejar.
Aurora miró instintivamente hacia la ventana.
—¿Y dónde está?
—Se fue.
Eso la sorprendió.
—¿Se fue?
—Dijo que me avisara cuando quisiera volver.
Aurora sintió algo pequeño acomodarse dentro de ella.
Fernando no había entrado.
No había convertido la visita de Martina en una visita suya.
La había dejado llegar sola.
—Ya —dijo Aurora—. Entonces oficialmente no eres visita de tu papá.
Martina dejó las galletas sobre la mesa.
—¿Eso es bueno?
—Muchísimo.
Desde el pasillo apareció Víctor.
—Hola.
—Hola.
—¿Vienes por las lanas?
—Sí.
Víctor asintió como si aquello fuera perfectamente normal.
—Están allá.
Y siguió caminando.
Martina lo miró irse.
—¿Siempre sabe todo?
—Lamentablemente.
—Mi papá también cree que sabe todo.
—Ah, no. Eso es distinto. Víctor efectivamente sabe todo.
Desde su pieza:
—¡TE ESCUCHÉ!
Aurora sonrió.
—¿Ves?
El rincón de Entreluz había empezado a parecerse a algo.
Todavía había cajas.
Lanas sin clasificar.
Un telar apoyado contra la pared.
Frascos.
Tijeras.
Pedazos de fibras que Aurora guardaba sin saber todavía para qué.
Pero ya no parecía una mudanza.
Parecía un lugar donde se trabajaba.
La lámpara de Fernando encendida sobre todo aquello ayudaba.
Aurora sacó materiales.
—Partamos por algo simple.
—Mi papá dijo que haces cosas enormes.
—Tu papá exagera.
—Dijo que haces refugios.
Aurora levantó la cabeza.
—¿Dijo eso?
Martina asintió.
Aurora miró las fibras que tenía entre las manos.
No supo exactamente qué hacer con la frase.
—Bueno —dijo—. Hoy vamos a hacer algo bastante menos pretencioso.
Le enseñó un nudo.
Martina lo intentó.
Quedó horrible.
Lo miró.
—Esto está como el hoyo.
Aurora soltó una carcajada.
—Sí.
Martina levantó la cabeza, sorprendida.
—¿Sí?
—Horrible.
—Pensé que ibas a decir que estaba bonito.
—No te voy a mentir en tu propia cara.
Martina empezó a reírse.
—Gracias.
—Pero tampoco significa que no sirvas.
Aurora tomó la fibra.
—Mira.
Deshizo una parte.
—Está demasiado apretado acá y demasiado suelto acá.
—O sea, mal.
—O sea, empezado.
Martina la miró.
—¿Empezado?
—Sí.
Aurora le devolvió la pieza.
—La primera versión de algo no tiene obligación de ser buena.
Martina volvió al nudo.
—Eso deberían decirlo más en el colegio.
—Deberían decir muchas cosas en el colegio.
—¿No eres profesora?
—Precisamente por eso.
Editado: 13.09.2026