La primera vez que Aurora entró a la casa de Fernando fue un viernes por la noche.
Habían pasado varias semanas desde la encomienda. No muchas, pero sí las suficientes para que él dejara de sentirse como un desconocido y todavía no tantas como para que Aurora pudiera fingir que sabía exactamente qué estaban haciendo.
Ese viernes los cuatro niños estaban en otros lados. Víctor había salido, Enrique dormía en casa de Viviana y Martina y Lucas estaban con Camila.
Aurora había pasado toda la tarde trabajando en Entreluz cuando, a las siete y doce, recibió un mensaje.
Fernando:
—¿Tienes hambre?
Aurora miró la hora.
—Siempre.
—Estoy cocinando.
—Eso no responde ninguna pregunta.
—Era una invitación.
Aurora sonrió.
—Ah.
—¿Quieres venir?
Miró hacia el living vacío.
La casa estaba extrañamente silenciosa. Mili dormía junto al sillón y las lanas seguían sobre la mesa. Podía quedarse; de hecho, una parte de ella había planificado trabajar un rato más, ordenar, aprovechar que no estaban los niños y ser productiva.
La palabra le dio una flojera inmensa.
—Sí.
Fernando respondió:
—Bien.
Y después:
—Sin herramientas.
Aurora soltó una carcajada.
Dos casas.
Eso era todo.
Aurora cerró la puerta de El Templo del Alma y caminó por la vereda. Había hecho ese trayecto varias veces desde que conocía a Fernando, pero siempre se habían quedado afuera: una cerveza en la terraza, una conversación en la entrada, un beso antes de que cada uno regresara a su propia casa.
Aquella noche, en cambio, Fernando abrió la puerta.
—Hola.
—Hola.
Se miraron.
Aurora señaló el interior.
—¿Se puede?
Fernando sonrió y se hizo a un lado.
—Sí.
Aurora entró.
La casa de Fernando no se parecía a él de la manera obvia que había imaginado. No era fría ni impecable; estaba ordenada, sí, pero vivida. Había madera, libros y plantas, una manta doblada sobre el sillón, fotografías de Martina y Lucas en distintas edades y una mochila tirada junto a una silla. Dos zapatillas claramente habían sido abandonadas donde no correspondían. En una repisa convivían herramientas con objetos cotidianos y, en una pared, había un dibujo infantil enmarcado.
Aurora se acercó.
—¿Lucas?
—Martina.
—¿Cuántos años tenía?
—Seis.
Aurora observó las tres personas con brazos larguísimos y la casa enorme dibujada detrás.
—Es bueno.
—Es espantoso.
Aurora giró.
—Oye.
—Ella misma lo dice.
—Eso no te autoriza.
Fernando sonrió.
—Por eso está enmarcado.
Aurora siguió mirando alrededor.
No estaba inspeccionando.
O intentaba no hacerlo.
Pero entrar a la casa de alguien era distinto. Había información en todas partes, no necesariamente secretos, sino rutinas y costumbres: la forma en que una persona dejaba un libro a medio leer, los vasos que elegía, las cosas que exhibía y las que prefería guardar.
Fernando volvió a la cocina.
—Puedes mirar.
Aurora levantó una ceja.
—No estaba mirando.
—Claro.
—Estoy conociendo el espacio.
—Eso suena mucho más profesional.
Aurora se acercó.
—¿Qué haces?
—Pasta.
—¿Sabes cocinar?
Fernando giró lentamente.
—Vivo solo hace años.
—Eso no responde la pregunta.
—Sé alimentarme.
—Eso es preocupante.
—Puedes irte.
—Ya entré.
Fernando sonrió.
—Ese argumento me parece peligroso.
Aurora se quedó quieta un segundo.
Él también.
Había sido una broma, pero ambos escucharon algo más.
Fernando dejó la cuchara.
—Puedes irte cuando quieras.
Aurora lo miró.
No había solemnidad.
Solo claridad.
—Ya sé.
Fernando volvió a la olla.
—Bien.
Aurora sonrió.
—Pero primero quiero saber si la pasta es comestible.
—Eso sí que no puedo garantizarlo.
Comieron en la terraza.
Fernando había construido la mesa.
Aurora lo descubrió porque, apenas apoyó una mano, una de las patas se movió levemente.
La mesa tambaleó.
Aurora levantó los ojos.
Fernando ya la estaba mirando.
—No.
Aurora volvió a moverla.
—Fernando.
—No empieces.
—Tu mesa está coja.
—Un poco.
Aurora abrió los ojos con expresión de triunfo.
—Conchetumadre.
—No.
—¡TU MESA ESTÁ COJA!
—Aurora.
—¡Y LA MÍA NO!
Fernando se tapó la cara.
Aurora ya estaba llorando de risa.
—Esto es justicia poética.
—Voy a arreglarla mañana.
—Ni cagando.
Fernando levantó la cabeza.
—¿Cómo qué no?
—Esa mesa se queda así para siempre.
—Es mi casa.
—No me importa.
—Necesito que deje de moverse.
—Yo necesité que la mía se moviera y mira cómo me fue.
Fernando soltó una carcajada.
—Estás enferma.
—Estoy feliz.
La frase salió sola.
Aurora dejó de reírse un poco.
Fernando también.
No porque fuera demasiado, sino porque había quedado ahí.
Estoy feliz.
Aurora tomó su copa.
—Con la mesa —aclaró.
—Obviamente.
—No te emociones.
—Jamás.
Siguieron comiendo.
La bossa nova sonaba desde dentro.
Aurora miró hacia la casa.
—¿Pusiste esa música por mí?
Fernando se tomó un segundo de más.
—No.
—Mentiroso.
—La escucho.
—Fernando.
—La investigué.
Aurora soltó una carcajada.
Editado: 13.09.2026