La idea original era almorzar.
Eso fue lo primero que salió mal.
A las once y media de la mañana, Paula escribió que podía pasar «un ratito» con los niños. Alejandra respondió que ella también. Andrea preguntó si alguien necesitaba pan y Viviana llamó para avisar que estaba cerca y llevaba ensalada.
Aurora miró el teléfono.
Después miró su casa.
—No.
Víctor levantó la cabeza desde el sillón.
—¿Qué?
—Se está formando.
—¿Qué cosa?
—Una hueá.
A las doce y diez había nueve personas. A las doce y cuarenta, doce. A la una, Aurora había perdido la cuenta.
El almuerzo se convirtió en mesas movidas, sillas rescatadas de distintos rincones y niños entrando y saliendo del patio. Paula llegó con una fuente enorme, Alejandra con bebidas y Andrea con pan, dos quesos y una baraja de tarot que nadie le había pedido.
Viviana entró a la cocina, abrió el refrigerador y empezó a reorganizar cosas como si viviera ahí.
—Mamá.
—¿Qué?
—Nada.
Era inútil.
Aurora miró alrededor.
El Templo del Alma todavía no estaba completamente armado. Quedaba una caja sin abrir junto a la pared y la lámpara seguía siendo uno de los pocos objetos instalados definitivamente, pero la casa había dejado de parecer recién llegada. Ya había dibujos en el refrigerador, una manta sobre el sillón, fotos, zapatos y pelos de perro. En un rincón crecía una pieza de Entreluz y la planta absurda que había llevado Paula el día de la mudanza continuaba viva contra todo pronóstico.
Había vida.
El timbre sonó a la una y siete.
Aurora abrió.
Fernando estaba afuera con Martina y Lucas. Llevaba una bolsa en una mano y una expresión que Aurora reconoció inmediatamente.
—Estás nervioso.
—No.
Martina lo miró.
—Sí está.
Lucas asintió.
—Mucho.
Fernando los miró.
—Gracias por el apoyo.
Aurora sonrió.
—Todavía puedes huir.
Fernando miró por encima de su hombro. Desde el living llegaba una mezcla de voces, música y un grito de Enrique.
—¿Cuánta gente hay?
—No sé.
—Eso no me tranquiliza.
—Te advertí.
Fernando respiró.
Aurora se hizo a un lado.
—¿Quieren pasar?
Martina entró primero.
—Hola.
Lucas fue detrás.
—Hola.
Fernando fue el último.
Solo después de que Aurora le hubiera dejado espacio.
Viviana lo detectó en menos de treinta segundos.
Aurora la vio venir desde la cocina.
—Fernando, ella es mi mamá, Viviana.
Fernando sonrió.
—Mucho gusto.
Viviana lo miró.
Aurora conocía esa mirada.
—Así que tú eres el vecino.
—Mamá.
—¿Qué? Es vecino.
Fernando asintió.
—Dos casas más allá.
Viviana miró a Aurora.
—Conveniente.
—Mamá.
Fernando se rio.
Error.
Viviana decidió inmediatamente que le caía bien.
—¿Quieres algo para tomar?
—Puedo ayudar.
—No te pregunté eso.
Fernando parpadeó.
Aurora se tapó la boca.
Viviana señaló la mesa.
—Pregunté si quieres tomar algo.
—Una cerveza estaría bien.
—Eso.
Viviana desapareció.
Fernando miró a Aurora.
—Entiendo muchas cosas.
—Cállate.
—No he dicho nada.
—Pero tienes cara.
Fernando sonrió.
La casa hizo lo que hacía.
Absorbió gente.
Martina se instaló cerca de Víctor, Lucas desapareció con Enrique y Paula comenzó a interrogar a Fernando sobre alguna hueá completamente irrelevante. Andrea observaba, porque Andrea siempre observaba, mientras Alejandra circulaba entre grupos con esa capacidad sobrenatural de participar en tres conversaciones simultáneamente.
Fernando no se pegó a Aurora.
Eso fue lo primero que ella notó.
Podría haberlo hecho. Era su primer encuentro con buena parte de aquella gente y Aurora era su único punto realmente conocido, pero después de unos minutos estaba conversando con Viviana en la cocina. Más tarde ayudó a Paula a mover una mesa y terminó sentado con Víctor y Martina.
En algún momento, Aurora lo descubrió arreglando la rueda de un juguete de Enrique.
—Fernando.
Él levantó la cabeza.
—¿Qué?
—¿Qué haces?
—Se salió.
Enrique estaba a su lado.
—Fernando sabe arreglarlo.
Aurora miró a su hijo.
—Fernando sabe arreglar muchas cosas. Eso no significa que tenga que arreglarlas todas.
Fernando dejó inmediatamente el juguete.
—Tiene razón.
Enrique abrió la boca.
—Pero…
Aurora se acercó.
—¿Me preguntaste si podías pedirle ayuda?
—No.
—¿Y Fernando te preguntó si podía arreglarlo?
Enrique miró a Fernando.
Fernando miró a Enrique.
—No.
—Entonces partamos de nuevo.
Enrique tomó el juguete.
—Mamá, ¿puedo pedirle ayuda a Fernando?
—Claro.
Se volvió hacia él.
—Fernando, ¿me ayudas?
Fernando sonrió.
—Sí.
—Ya.
Aurora regresó a la cocina.
Escuchó a Paula detrás.
—Qué sexy.
Aurora giró.
—¿Qué?
—Nada.
—Paula.
—Un hombre siguiendo instrucciones.
—Cállate.
—Pornografía emocional.
Aurora tuvo que morderse la boca para no reírse.
El almuerzo ocurrió a las tres de la tarde.
Nadie sabía por qué.
Tampoco importaba.
Habían unido dos mesas. La de Aurora seguía firme.
Perfectamente firme.
Fernando evitó mirarla.
Aurora lo vio evitarla.
Eso fue suficiente para hacerla reír.
—¿Qué? —preguntó Viviana.
—Nada.
Fernando tomó cerveza.
Víctor miró a ambos.
—La mesa.
Aurora lo apuntó.
—No.
Martina comenzó a reírse.
Viviana frunció el ceño.
—¿Qué pasa con la mesa?
—Nada, mamá.
—Está coja —dijo Enrique.
—¡NO ESTÁ COJA!
Fernando bajó la cabeza.
Paula perdió completamente la compostura.
Editado: 13.09.2026