Dos Casas Más Allá

11. ¿Ayuda, comida o compañía?

A fines de febrero, Aurora descubrió que había una cantidad limitada de cosas que una persona podía sostener simultáneamente antes de empezar a contestarle mal hasta a los electrodomésticos.

El problema fue que lo descubrió aproximadamente tres días después de haber superado esa cantidad.

El inicio de clases se acercaba. Víctor necesitaba resolver documentos del colegio nuevo, a Enrique le faltaban materiales y todavía quedaban trámites de la mudanza pendientes. Entreluz tenía una pieza atrasada que Aurora se había comprometido a terminar esa semana, la lavadora hacía un ruido sospechoso y había mensajes y correos sin responder.

Además, tenía una lista pegada al refrigerador, otra en el teléfono y una tercera dentro de su cabeza que parecía reproducirse sola.

El martes, a las siete de la tarde, Aurora estaba sentada frente al telar tratando de deshacer un nudo cuando Enrique apareció por tercera vez.

—Mamá.

—¿Qué?

—¿Dónde está mi dinosaurio?

—No sé, mi amor.

—Pero lo necesito.

—Busca en tu pieza.

—No está.

Aurora tiró de una fibra.

No cedió.

—Entonces busca en el living.

—Tampoco está.

—Enrique, no sé dónde está.

Él se quedó quieto.

—Pero tú sabes dónde están mis cosas.

Algo pequeño y completamente irracional explotó.

—¡NO! ¡NO SÉ DÓNDE ESTÁN TODAS LAS COSAS DE TODO EL MUNDO TODO EL TIEMPO!

Silencio.

Enrique la miró.

Aurora supo inmediatamente que la había cagado.

La cara de su hijo cambió. No lloró.

Peor.

Bajó la cabeza.

—Ya.

Y se fue.

Aurora cerró los ojos.

—Conchetumadre.

Dejó la fibra.

—Enrique.

No respondió.

Aurora se levantó.

En ese momento sonó el timbre.

—No.

Volvió a sonar.

Aurora caminó hasta la puerta y abrió.

Fernando estaba afuera con dos bolsas.

La miró.

—Hola.

—Hola.

—Traje comida.

Aurora bajó la vista hacia las bolsas.

—¿Por qué?

Fernando parpadeó.

—Porque me dijiste que estabas hasta el cuello.

—Te dije que tenía mucha pega.

—Sí.

—No que necesitara que me trajeras comida.

Fernando se quedó quieto.

—No.

Aurora sabía que su tono no correspondía. Lo sabía mientras hablaba.

Eso no consiguió detenerla.

—Puedo organizarme.

—Aurora, solo traje comida.

—Ya sé.

—Entonces no entiendo.

—Es que no tienes que venir a resolverme las cosas cada vez que estoy cansada.

La expresión de Fernando cambió. No mucho, lo suficiente.

—No estoy resolviéndote nada.

—Llegaste con comida sin preguntarme.

—Sí.

—Eso es decidir por mí lo que necesito.

Fernando bajó lentamente las bolsas.

—No.

—Fernando…

—No.

La firmeza la hizo callar.

—Traer comida no es decidir por ti.

—Para mí puede sentirse así.

—Eso es distinto.

Aurora cruzó los brazos.

—¿Distinto cómo?

Fernando respiró antes de responder.

—Una cosa es que algo que yo haga te haga sentir controlada. Otra es que yo esté intentando controlarte.

Aurora sintió el cuerpo ponerse rígido.

—No dije que estuvieras intentando controlarme.

—Acabas de decir que vine a resolverte la vida.

—Porque lo haces.

Fernando la miró.

—¿Cuándo?

Aurora abrió la boca.

No encontró un ejemplo.

Eso la enfureció más.

—No importa.

—Sí importa.

—Fernando, de verdad no tengo energía para esto.

—Yo tampoco quiero pelear.

—Entonces no peleemos.

Fernando se quedó callado.

Aurora reconoció el silencio.

La letra chica.

Ahí estaba.

Él se cerraba.

Ella tomaba el control.

Los dos parados en una puerta.

—Perfecto —dijo Aurora.

Fernando levantó la mirada.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Decidir qué significa que esté callado.

Aurora rio sin humor.

—No estoy decidiendo nada.

—Sí.

Fernando dio un paso atrás.

—Y no es justo.

La frase le dolió.

—¿Qué no es justo?

—Que me conviertas en alguien de tu pasado porque algo que hago te provoca una sensación parecida.

Aurora quedó inmóvil.

Fernando también pareció sorprenderse de haberlo dicho.

Pero no retrocedió.

—Yo no soy él.

—Lo sé.

—Entonces mírame a mí.

Aurora apretó los labios.

—Estoy tratando.

—No. Ahora mismo estás reaccionando a otra persona.

El silencio cayó entre ambos.

Dolió porque había algo de verdad.

Y porque también había algo que Fernando no estaba entendiendo.

—Mi cuerpo no siempre sabe la diferencia tan rápido como mi cabeza.

La expresión de Fernando cambió.

La rabia bajó un poco.

—Eso sí lo entiendo.

—Pero no puedo apagarlo porque tú seas distinto.

—No te estoy pidiendo eso.

—¿Entonces qué me estás pidiendo?

Fernando demoró.

—Que me preguntes antes de decidir quién soy.

La frase quedó entre ambos.

Aurora bajó la mirada.

Fernando todavía sostenía las bolsas.

Comida.

Para ella se habían convertido en otra cosa antes incluso de abrir la puerta.

Quizás para él seguían siendo exactamente eso.

Comida.

—No puedo hablar bien ahora —dijo Fernando.

Aurora sintió el golpe antes de poder evitarlo.

Se va.

—Ya.

Fernando la miró.

—No me estoy yendo para castigarte.

Aurora no respondió.

—Estoy enojado.

Eso la sorprendió.

—Y dolido —agregó—. Si sigo acá ahora, probablemente voy a decir alguna hueá solo para ganar.

Aurora levantó los ojos.

Fernando dejó las bolsas junto a la puerta.

—La comida se queda.

—Fernando…

—No porque crea que no puedes alimentarte sola.

Ella cerró los ojos un segundo.

—Ya.

—Hablamos después.




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