Solamente algo puede cambiarlo todo.
Y si ese algo cambia, ¿será para bien o para mal?
Mike estaba sentado junto a Once en la cafetería de la escuela. Ambos permanecían en silencio mientras esperaban a que Dustin regresara.
-¡Mike! ¡Ya encontramos la natilla! -gritó Dustin desde la zona de los refrigeradores.
Once levantó la mirada, confundida.
-¿Qué es natilla?
Mike soltó una pequeña risa.
-Una masa viscosa de chocolate.
Eleven hizo una expresión de confusión.
-No te preocupes -respondió Mike-. Cuando salgamos de aquí ya no tendrás que comer cosas de la basura... ni comida para perros. Mi mamá...
No terminó la frase.
Un ruido de motor llamó su atención.
Mike giró rápidamente hacia las ventanas.
Por un instante pensó que podía ser Nancy.
Pero no.
Varios vehículos acababan de detenerse frente a la escuela.
Eran agentes.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Los hombres entraron al edificio. Hubo gritos, confusión y carreras por los pasillos. Mike apenas tuvo tiempo de comprender lo que estaba sucediendo antes de que todo se pusiera en marcha.
Once terminó enfrentándose al peligro.
Joyce y Hopper consiguieron rescatar a Will.
Los demás lograron salir.
Todo ocurrió como debía.
O, al menos, eso parecía.
Porque hubo una pequeña diferencia.
Mike nunca llegó a decirle a Once lo que realmente sentía.
Sí la quería.
Sí tenía recuerdos de ella.
Sí había llegado a sentir algo parecido al amor.
Pero no era aquel amor absoluto que lo hacía pensar que podía esperarla para siempre.
Había algo que no terminaba de encajar.
Cuando Once desapareció, Mike se sintió destrozado.
La primera noche lloró.
La segunda también.
Y la tercera, cuando volvió a mirar aquel escondite que habían construido para ella, las lágrimas volvieron.
Recordaba a aquella niña que había aparecido en sus vidas de la manera más inesperada.
La niña que, sin saberlo, le había enseñado lo que significaba querer a alguien.
Pero había una pregunta que Mike no podía dejar de hacerse:
¿Y si ella nunca regresaba?
Pasó un mes.
Durante todo ese tiempo, Mike intentó seguir con su vida, aunque cada día parecía un poco más difícil que el anterior.
Hasta que una tarde bajó al sótano.
Se sentó en el viejo sillón, todavía lleno de pequeñas migajas de las golosinas que él y sus amigos habían comido días atrás.
Frente a él estaba el escondite de Eleven.
Mike se quedó mirándolo.
Durante unos segundos intentó convencerse de algo.
Ella va a volver.
Va a regresar.
Y cuando lo haga, todo volverá a ser como antes.
Pero las palabras no lograban convencerlo.
Recordó todas aquellas noches en las que había esperado escuchar alguna señal.
Todas las veces que había intentado mantener viva la ilusión de que Once regresaría.
Y por primera vez se permitió pensar en una posibilidad diferente.
Tal vez no podía quedarse esperando para siempre.
Pasaron tres horas.
Tres horas sentado en aquel sillón, mirando el mismo lugar.
Esperando.
No sabía exactamente qué esperaba.
Quizá que Once apareciera.
Quizá escuchar su voz.
Quizá simplemente necesitaba un último momento antes de dejar aquello atrás.
Finalmente se levantó.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Comenzó a recoger las cobijas y las almohadas.
Después acomodó las sillas.
Recogió las cosas que habían quedado tiradas y ordenó las mesas.
Hasta encontró aquella peluca que Eleven había usado tiempo atrás.
Mike la sostuvo entre sus manos durante unos segundos.
Sonrió débilmente.
Después la guardó.
Intentó dejar todo exactamente como estaba antes.
Pero su corazón ya no quiso hacerlo.
No porque hubiera dejado de quererla.
Sino porque comenzaba a comprender que aquel sentimiento no podía mantenerlo atrapado en el pasado.
Mike respiró profundamente.
Sabía que podía esperarla durante años.
Pero no sabía si ella iba a regresar.
Y aunque aceptar aquello le dolía, también sabía que seguir viviendo únicamente de una esperanza no podía ser bueno para él.
Subió las escaleras.
Antes de salir del sótano, se detuvo.
Miró una última vez hacia el escondite de Once.
Soltó lentamente el aire que había estado conteniendo.
Una lágrima recorrió su rostro.
Mike apagó la luz.
Cerró la puerta.
Y se quedó parado frente a ella.
Esperó.
Un minuto.
Nada.
Cinco minutos.
Nada.
Diez minutos.
Nada.
Mike soltó un último suspiro.
Después se dio la vuelta y comenzó a caminar.
No sabía que aquel pequeño cambio en su vida estaba a punto de cambiar muchas otras cosas.
Porque algunas historias terminan cuando dejamos de esperar.
Y otras...
comienzan justo en ese momento.
Bueno les traigo este prólogo para una fanfic que me dieron ganas de hacer, no soy un escritor perdón por las faltas de ortografía o haci, si quieren hacer alguna recomendación o algo estoy abierto a críticas espero y les guste 🙏😸