Dr. Klein

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 12.

AURORA.

Médicos, enfermeras, celadores… todos van y vienen con un café en la mano como si fuera parte del uniforme. La cafetería del hospital siempre está llena, da igual la hora a la que entres. Hoy me he permitido sentarme aquí porque lo necesito, no porque tenga tiempo de sobra. Menudo día llevo.

Me siento con dos enfermeras de mi misma planta, Mireya «La catalana» y Ángeles «La abuela» como las llaman aquí. Trabajo con ellas desde el primer día, ambas me caen bien. No hacen preguntas innecesarias, ni intentan averiguar sobre mi vida privada. Y eso, en un hospital nuevo, se agradece más de lo que parece.

—Te juro que si hoy entra alguien más por arritmias, me escondo —dice Mireya, removiendo el café.

—No puedes esconderte —contesta «La abuela» —. Te encontraría yo misma y te traería de vuelta.

—Déjame intentarlo al menos.

Dejo la bandeja en la mesa y me siento.

—El café debería contar como tratamiento médico —digo.

—Aquí lo recetan más que el paracetamol —contesta Ángeles.

Hablamos de turnos, de pacientes que no dejan descansar y de lo difícil que es salir del hospital con la cabeza despejada. Me doy cuenta de que ya no me miran como “la nueva jefa”. Al menos no del todo y eso relaja.

—Oye —dice Mireya, bajando un poco la voz—, ¿has visto al médico nuevo de trauma?

—¿Nuevo? —pregunto. —Ni siquiera sabia que había entrado nadie nuevo.

—Sí. Empezó hace tres días. Es todo un chocolatito. Alto, moreno, con sonrisa de anuncio —hace un gesto rápido—. De esos que ves y se te olvida que es lo que te duele.

—Lo he cruzado esta mañana — Ángeles se acaba el café de un sorbo —. Se ve muy agradable.

—¿Y? ¿Qué es lo que pasa con él? —pregunto.

—Nada, solo que me han dicho que es soltero como yo, y que lo mismo le interesa una guía, para conocer la ciudad —Mireya alza las cejas de una forma divertida.

—Tal vez, si estuvieras en su planta sería más fácil preguntárselo, si lo abordas en un pasillo puede pensar que eres una acosadora —digo.

—¿Ah, no lo soy? —reímos.

No le doy más importancia. En este hospital entra gente nueva constantemente, algunos pasan desapercibidos, otros no.

Estamos terminando el café cuando noto como alguien se posiciona a nuestro lado de la mesa.

—¿Puedo sentarme aquí? —pregunta una voz conocida.

Levanto la vista y veo a Katrin. Lleva la bata abierta y cara de estar cansada y necesitar sentarse cinco minutos sin que nadie le pida nada.

—Claro —digo—. Siéntate.

—Gracias —responde, dejando la taza—. Hola, chicas.

Las enfermeras la saludan con naturalidad. Katrin no se comporta como jefa cuando no hace falta, y eso es lo que la hace tan querida en el hospital.

Las chicas observan el reloj, se levantan y se despiden alegando que ya han pasado los veinte minutos de descanso que tienen.

—Aurora —dice mirándome—. ¿Sabes que el otro día conocí a tu vecina?

—¿A Giulia? —pregunto.

—Esa misma —sonríe—. Sí, fue una coincidencia. Estaba tomando un café con Priscila y apareció por allí. Tiene una forma muy directa de relacionarse, se nota que está acostumbrada a hablar con gente todo el tiempo.

—Por algo es reportera —dejo mi taza sobre la mesa—. Es extrovertida y tiene un buen don de palabra, le encanta hablar.

—Se nota —muerde su sándwich y traga—. Priscila me dijo que os habíais encontrado en “La traviata”.

—Sí —contesto—. Fue algo improvisado, ella quiere mostrarme los mejores locales de la ciudad. Y te aseguro que cuando a esa chica se le mete algo en la cabeza es difícil decirle que no.

—Cuando se marchó Priscila me dijo que le has caído bien —añade—. Y normalmente se suele reservar su opinión. —No sé muy bien qué es lo que significa o que responder, así que sonrío. —Pareces buena chica y se ve que haces bien tu trabajo. Sigue así.

—Se agradece la oportunidad.

—No todos hacemos caso a los rumores —señala, y entiendo con esa frase que ella sabe o le han dicho algo de lo que pasó en Verona.

—Katrin…

—Y dime, ¿Cómo te estás adaptando? —me corta.

—Bien —respondo—. Cansada, pero lo llevo bien.

—Eso es buena señal.

Charlamos unos minutos más sobre algunos pacientes hasta que su teléfono suena. Katrin lo mira y se levanta.

—Tengo que volver —dice—. Nos vemos más tarde.

—Hasta luego.

Cuando se va, observo como la chica pelirroja del otro día, habla con su compañera, ríe y niega.

¿Se están burlando de mí? —pienso incrédula.

Intento ignorar a esas mujeres y salgo de la cafetería directa hacia las consultas.

Una vez ahí, Mireya se acerca con un montón de historiales y una sonrisa.

—Vale —me entrega la mitad del montón—. Ya no eres solo “la nueva”.

—¿Por qué?

—Porque si alguien como Katrin se sienta a tomar café contigo, es porque algo estás haciendo bien.

—O tal vez, solo me está controlando —bromeo.

—No lo creo, ella no es así.

Poco después de revisar algunos, cada una vuelve a lo suyo.

Antes de salir de esta zona, veo al médico de trauma del que hablaban. Está frente a la máquina de la sala de descanso, esperando su café rodeado de enfermeras.

Esta vez lo miro mejor.

No sabría decir por qué, pero estoy casi segura de que nos conocemos, me resulta muy familiar. Ahora mismo no lo reconozco, Pero tengo una sensación rara, como cuando una voz te suena, pero no sabes de dónde.

Él levanta la vista, cruza la mirada conmigo y me sonríe, luego asiente con educación.

Ahora sí estoy segura de que nos conocemos, pero sigo sin saber de qué.

Le devuelvo el gesto y sigo caminando.

Mientras salgo al pasillo, intento ubicarlo en mi cabeza, recordar de que lo conozco, pero no lo consigo. Sé que no es de aquí, eso seguro. Y tampoco es alguien cercano. Pero de algún sitio nos conocemos, ¿la universidad quizá?

No le doy más vueltas ya lo recordaré.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.