Dr. Klein

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 15.

MILÁN.

—Por culpa de rumores yo conocí a mi padre, Axel Klein, casi a los cinco años… —digo, y en cuanto las palabras salen de mi boca noto cómo Aurora se queda quieta al otro lado de la mesa.

No me interrumpe ni me apremia. Se limita a mirarme atentamente, como si entendiera que esto no es algo que se cuente por compromiso.

—Mi madre no se fue porque dejara de quererlo —continúo—. Se fue porque alguien le hizo creer que quedarse a su lado iba a perjudicarle profesionalmente.

Aurora frunce ligeramente el ceño.

—¿En qué sentido? Recuerdo que Isabella Cavalli era una de las modelos más famosas del momento. Seguro que no le faltaba trabajo.

—Isabella era muy conocida, sí —confirmo—. Salía en todas partes: en las revistas, programas y prensa del corazón. Por eso empezó a rumorearse que, si seguía con mi padre, nunca lo dejarían dirigir un hospital. Porque cualquier fallo, sería cuestionado públicamente. Decían que siempre estaría señalado, que no lo tomarían en serio, que su carrera quedaría condicionada por su vida personal.

—Y claro, ella lo creyó…

—Porque los rumores estaban bien colocados —respondo—. No era un ataque directo, siempre venían como pequeñas advertencias. Esas malas personas se encargaban de repetirlo lo suficiente como para que acabara pareciendo una verdad incómoda.

Apoyo el antebrazo en la mesa.

—Mi madre pensó que apartándose lo protegía. Que desaparecer de su lado era una forma de querer. No sabía que estaba embarazada de mí cuando tomó esa decisión y, cuando quiso volver atrás, ya era tarde para muchas cosas.

Aurora baja la mirada un instante.

—¿Y Axel?

—Mi padre no sabía nada, las personas que crearon esos rumores, que los engañaron, eran cercanas. Solo supo que un día, ella ya no estaba —digo—. Durante años creyó que había hecho algo mal, que no había sido lo suficiente para ella.

—Eso deja marca —dice ella.

—Sí —asiento—. Y cuando se enteró de que yo existía, ya había demasiadas decisiones mal tomadas.

Nos quedamos en silencio unos segundos. No hace falta decir mucho más. Ella entiende perfectamente lo que hacen los rumores cuando nadie los corta a tiempo.

—Ahora entiendo por qué te ha molestado tanto lo que se ha dicho de mí —dice al final—. No es solo por mí.

—No —respondo—. Aunque me ha molestado porque creo empezar a conocerte, me ha molestado porque he visto lo que pasa cuando una mentira se repite lo suficiente como para que parezca una verdad.

Aurora juega con el vaso entre las manos.

—Hay frases que se te quedan grabadas —dice—. Aunque pase el tiempo.

—¿Te han dicho alguna? —La miro.

Asiente despacio.

—De lo que te he contado, de mi historia. Lo peor no fue la infidelidad —responde—. Fue cuando se rió delante de todos y dijo que yo estaba donde estaba por él. Que mi puesto no lo había ganado, que me lo habían regalado. No es la misma frase, pero no consigo olvidarla. —Aprieto la mandíbula sin darme cuenta.

—Te diría que intentes no pensar, borrar ese momento de tu vida. Pero eso no se olvida.

—No —confirma—. Y tampoco se perdona.

No necesito preguntarle más. Lo que no dice sé que le duele igual.

Miro el reloj y me doy cuenta de la hora.

—Se nos ha hecho tarde —me levanto para sacar la billetera—. Y esta conversación no merece terminarse con prisas.

—Lo sé —responde—. Pero gracias por contarme lo de tus padres.

—Gracias a ti por escuchar sin juzgar —le digo—. No todo el mundo sabe hacerlo.

Pagamos y salimos a la calle. El aire es más fresco y el ruido de Roma nos devuelve poco a poco al presente.

—Es tarde para volver al hospital —dice—. Y mañana necesito el coche.

—No pasa nada —respondo—. Te dejo en casa y mañana paso a recogerte, si te parece bien. Así no tienes que ir y venir.

Me mira un segundo, pensándolo.

—Vale —dice—. Me parece bien.

Durante el trayecto no hablamos demasiado. No hace falta. Hay silencios que no incomodan cuando ya se han dicho cosas tan importantes como las que hemos compartido nosotros.

Al llegar a su portal, se queda un momento antes de bajar.

—Gracias —dice—. Por escucharme y por confiar en mí. Pero me habría gustado, que también me contases tu historia. Saber qué es lo que escondes tras ese muro que has levantado, Milán Klein.

—Mi confianza ya la tienes —respondo sin pensarlo—. Lo que no tenemos es tiempo.

—Eso lo podemos arreglar. Porque la pequeña parte que conozco de ti, me parece increíble y me encantaría conocer al verdadero Milán Klein.

Sonríe, se baja del coche y se despide con la mano antes de entrar.

Me quedo unos segundos mirando cómo se cierra la puerta.

No sé en qué momento exacto Aurora Bianchi ha empezado a importarme más de lo que debería ni cuándo he bajado la guardia sin darme cuenta. Solo sé que esta noche he contado cosas que no suelo contar.

Y que, con ella, hacerlo no ha sido un error.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.