Draco

Capítulo 1

Ocho meses antes.

Draco y Dog miraban a Alfred horrorizados; lo que su amigo les estaba pidiendo les parecía a ambos una aberración. Draco aún no estaba completamente loco; la última parte de cordura que le quedaba en esos momentos estaba gritándole que se mantuviera alejado de ese hábito.

—No pienso ponerme eso —dijo Draco señalando el hábito negro que Alfred sostenía en una de sus manos. La sola idea de tener que usar esa horrenda y enorme prenda negra lo hacía estremecer.

—A mí ni me mires, yo tampoco pienso vestirme de monja, prefiero hacer estallar ese convento —agregó Dog con los dientes apretados.

—No sean tan susceptibles, es solo una túnica un tanto particular —Alfred intentaba convencerlos.

—Si es solo una túnica, como dices, entonces, ¿por qué no lo usas tú? Sospecho que a ti te quedaría mucho mejor que a nosotros —susurró Draco con una ceja levantada.

—No son de mi talla; además, el de sacerdote va mucho mejor con mi estilo.

—Ni muerto me pongo eso. —Dog hizo una mueca; la sola idea de disfrazarse de monja le hacía doler la cabeza.

—Vamos, chicos, la familia está para ayudarse mutuamente.

—Ya dije que no pienso usar eso, no insistas. —Draco no pensaba cambiar de opinión.

—Si me ayudas, te daré el equipo de Fórmula Uno que deseas y a ti, Dog…

La negativa de Draco y de Dog se esfumó por los aires en cuanto escucharon la oferta de Alfred.

—Tenemos un trato —dijeron Draco y Dog al unísono.

Alfred ocultó una sonrisa; los niños eran fáciles de convencer.

—Bien, haremos un trabajo limpio, entraremos y saldremos de ese monasterio alejado de la mano de Dios en tiempo récord; no quiero usar ni un segundo más de lo necesario esa cosa tan horrenda. —El sacrificio que estaba por hacer iba en contra de sus principios. Usar un hábito cuando sus manos estaban tan manchadas de sangre era el mayor sacrilegio de su vida.

—Dada la gran comunidad religiosa que allí vive, decir que es un lugar apartado de la mano de Dios es una gran ironía, aunque tienes razón, ese convento es el infierno disfrazado de paraíso. —Dog no entendía cómo algunas personas tenían la capacidad de escudarse tras una fachada religiosa para excusar la maldad que llevaban dentro.

—Ese convento es un lugar lleno de víboras disfrazadas de ángeles; me pregunto si dentro de esas paredes aún quedan seres de luz.

—¿Por qué tanta curiosidad, Draco? No me digas que estás pensando en raptar a una de las monjas del convento —soltó Alfred con su habitual tono burlesco.

—Te has vuelto loco, no soy como Tiziano, nunca me atrevería a profanar a un alma tan pura.

—Hermano, creo que acabas de cometer un error: nunca se debe decir “de esa agua no beberé”, jamás se sabe cuándo tendrás sed.

—Dog tiene razón, Draco, en ocasiones el destino suele ser bastante retorcido. —Alfred le guiñó un ojo.

—Ambos cierren la boca, no estoy interesado en secuestrar mujeres que lo único que conocen es lo que hay dentro de una biblia.

Alfred y Dog compartieron una mirada de complicidad; algo muy dentro de ellos les decía que algo interesante estaba por suceder en la vida de Draco.

********

Siena estaba agotada; la nueva madre superiora era demasiado estricta, las hacía levantar al alba y las dejaba descansar pasadas las diez. Desde que su mentora falleció, su tranquilo mundo se había convertido en un pozo oscuro.

—Siena, ¿cómo puedes soportar vivir en este lugar? —declaró Louise cuando terminaban de limpiar la cocina. Aquel convento era como un campo de entrenamiento; no había espacio para el descanso.

Los labios de Siena se curvaron con una pequeña sonrisa; desde que Louise llegó al convento, un pequeño rayo de luz había vuelto a encenderse en su vida.

—No conozco nada más que esto; desde que nací he vivido encerrada detrás de los enormes muros que rodean este castillo.

Louise estaba por decir que eso iba a cambiar cuando una novicia que se creía la jefa del monasterio apareció dándoles órdenes. Louise tuvo que morderse la lengua para aguantar el deseo que tenía de mandarla al infierno; parecía que en aquel maldito convento no había nadie más que ellas dos para hacer los recados.

—No me escucharon, ¿qué están esperando para llevarle las bebidas a su santidad?

—Enseguida vamos —se apresuró a decir Siena al percatarse de la mirada asesina de su amiga.

Sin pronunciar palabra, Louise agarró la bandeja con las bebidas que Siena le entregó y salió de la cocina seguida por su nueva amiga. En aquel infierno, Siena era la única persona que no tenía el alma corrompida.

—De verdad que eres una santa, no entiendo cómo aguantas tanto abuso sin quejarte o enfadarte.

—¿Para qué desgastar mis energías en algo que no puedo cambiar? No tengo a nadie a quien acudir, estoy sola en este mundo.

—Eso era antes; ahora me tienes a mí. Te juro que cuando salga de este infierno, te llevaré conmigo y te mostraré lo bonito que es el mundo allí afuera.




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