Draxcan: El Legado del Reino

Capítulo I: El Peso de los Nombres Nuevos

Cinco años habían pasado desde que Draxcan enterró a Marcus bajo una losa de granito gris tallada con el emblema de las brigadas humanas, y en ese tiempo la capital había aprendido, con la lentitud paciente de quien reconstruye sobre cenizas, a respirar de nuevo sin que cada aliento llevara consigo el peso constante del miedo. No era paz, exactamente —Tilio nunca hubiera empleado esa palabra con la ligereza que algunos cortesanos usaban ahora en los pasillos del castillo—, sino algo más parecido a una tregua tácita, un silencio que se extendía sobre el reino como la niebla que cubría las Tierras Altas del norte en las mañanas de otoño: denso, hermoso desde la distancia, y siempre, siempre, ocultando algo que ningún ojo humano podía anticipar completamente.

El Fuerte Marcus se alzaba ahora sobre la colina que dominaba el camino sur, sus murallas de piedra oscura reforzadas con las técnicas que Cedrick y Bramwell habían perfeccionado durante los años de preparación acelerada, su nombre grabado en letras que ningún viento ni ninguna lluvia lograrían borrar jamás. Tilio lo visitaba cada mes, cabalgando solo —o tan solo como el Gran Sabio de Draxcan podía permitirse estar, con Elroan insistiendo siempre en una escolta mínima que él aceptaba más por respeto a la preocupación genuina de su General Supremo que por necesidad real—, deteniéndose frente a la placa de bronce que honraba el sacrificio del hombre que había muerto protegiendo a su hija.

—Cada piedra de este fuerte lleva tu nombre, viejo amigo —murmuró, esa mañana particular, con la mano izquierda apoyada contra la superficie fría del muro, el brazo derecho ausente ya una parte tan integrada de su identidad que rara vez pensaba conscientemente en la ausencia—. Espero que apruebes lo que hemos construido con tu memoria como cimiento.

El Castillo, Cinco Años Después

De vuelta en el castillo, el patio interior que antaño había sido escenario de entrenamientos militares y consejos de guerra convocados con la urgencia de la supervivencia inmediata, ahora resonaba con un tipo distinto de caos: el de cuatro niños pequeños, cada uno mostrando ya, con una claridad que sorprendía incluso a quienes habían anticipado su naturaleza mixta, los primeros indicios de un poder que trascendía cualquier expectativa razonable para su edad.

Shaissa, ya con seis años cumplidos, corría por el jardín cercano al ciruelo de Elyra —el árbol que continuaba floreciendo cada primavera con una constancia que Seraphine consideraba una bendición silenciosa— con una luminiscencia sutil que emanaba de sus manos cada vez que su entusiasmo superaba su control consciente, pequeñas motas de luz dorada que se dispersaban en el aire como polvo de estrellas capturado en un frasco imposible.

—¡Mira, mamá! —gritó, alzando las manos hacia el cielo mientras la luz se intensificaba, un gesto que había repetido cientos de veces en los últimos meses, cada demostración un poco más controlada que la anterior, un poco más deliberada.

Seraphine, sentada en un banco de piedra cercano con Celtia acurrucada contra su pecho —la más pequeña y tranquila de los trillizos, aunque su tranquilidad ocultaba, como Yselle había advertido repetidamente, una tormenta de viento contenida que se manifestaba con más fuerza cada mes que pasaba—, observó a su hija mayor con el mismo orgullo maternal que nunca dejaba de sorprenderla en su intensidad.

—Es hermoso, cariño. Pero recuerda lo que Aelindel nos enseñó: el control viene antes que la exhibición.

Ronald y Arkis, Fuego y Sombra

En el otro extremo del jardín, bajo la vigilancia constante de dos niñeras que Vorn había asignado específicamente por su experiencia con manifestaciones elementales tempranas, Ronald y Arkis, los hermanos trillizos de Celtia, jugaban con la intensidad competitiva que había definido su relación desde que apenas podían caminar.

Ronald, de cabello cobrizo que parecía capturar la luz del sol como si fuera él mismo una pequeña llama, extendió su mano hacia un montón de hojas secas, y una chispa diminuta, apenas perceptible pero innegablemente real, saltó de sus dedos, prendiendo fuego a las hojas con una facilidad que hizo que ambas niñeras se lanzaran de inmediato a extinguirlo con los cubos de agua que mantenían permanentemente cerca por precaución.

—¡Ronald! —exclamó una de ellas, una mujer humana llamada Perrin que había servido en el cuerpo de bomberos del Distrito Humano antes de ser reclutada específicamente para esta tarea singular—. Ya hablamos sobre esto. El fuego no es un juguete.

—Solo quería ver si podía —respondió el niño, con la expresión contrita que había perfeccionado a lo largo de innumerables incidentes similares, aunque el brillo travieso en sus ojos sugería que la contrición era, en el mejor de los casos, parcial.

Arkis, en contraste, observaba la escena desde la sombra de un árbol cercano, su presencia casi imperceptible de una forma que inquietaba sutilmente incluso a quienes lo conocían bien, las sombras a su alrededor pareciendo más densas, más definidas, como si respondieran a su estado de ánimo con una sensibilidad que ningún otro elemento manifestaba tan directamente.

—Deberías tener más cuidado —le dijo a su hermano, con una voz que, pese a su corta edad, llevaba consigo una gravedad inusual—. Papá dice que el descontrol atrae atención que no queremos.

Yorvenn y una Preocupación Renovada

Yorvenn, cuya barba había adquirido, en los últimos años, la blancura completa que reflejaba la elección deliberada de proyectar la sabiduría de la edad —aunque su propia naturaleza mágica, aunque distinta a la regeneración Elemens, le permitía mantener una vitalidad considerable—, observaba el desarrollo de los cuatro hermanos con una mezcla de fascinación académica y una inquietud que compartía regularmente con Ophelia durante sus sesiones de investigación continuada.



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En el texto hay: romance, intriga y misterio, fantacia epica

Editado: 06.08.2026

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