Fox, tras semanas de investigación discreta que había conducido en las horas robadas a un sueño cada vez más escaso, encontró en los archivos administrativos del Senado un patrón que confirmaba, con una precisión inquietante, la sospecha que había compartido con Selfia durante aquella cena reveladora. Edrin Marrow, según los registros oficiales que Fox había logrado consultar con la autoridad discreta que sus años de servicio le otorgaban, había aparecido en la escena política de Draxcan apenas dieciocho meses atrás, sin ningún linaje familiar reconocible dentro del Distrito Humano que decía representar, sin ningún historial de servicio militar o civil que justificara su ascenso meteórico hacia una posición de influencia considerable dentro del Senado recién formalizado.
—No existe —le dijo a Yorvenn, durante una reunión convocada con la discreción que la naturaleza sensible de la investigación exigía—. O más precisamente, no existía, hasta hace dieciocho meses. Ningún registro de nacimiento, ningún historial familiar, ninguna huella documental anterior a su primera aparición en los círculos políticos de la capital.
Yorvenn, examinando los documentos que Fox había reunido con la misma meticulosidad que había definido cada investigación exitosa a lo largo de la larga crisis, sintió que un frío familiar le recorría la espalda, el mismo instinto que había aprendido a confiar implícitamente desde los días en que rastreaba la firma energética del fragmento sin nombre.
—Necesito examinarlo directamente —dijo, finalmente—. Si hay algo de naturaleza mágica oculto tras esa fachada política, mi cristal podría detectarlo, aunque necesitaríamos una excusa legítima para justificar el contacto cercano necesario.
El Consejo Privado con Marrow
La oportunidad se presentó tres días después, cuando Tilio, siguiendo el consejo cauteloso de Fox y Yorvenn, convocó a Marrow a una audiencia privada bajo el pretexto de discutir con más profundidad los detalles específicos de la propuesta senatorial sobre los títulos de Rey y Reina, una reunión que permitiría a Yorvenn, presente como consejero mágico habitual del Gran Sabio, examinar al senador con la proximidad necesaria para su investigación.
—Gracias por concedernos este tiempo, senador —dijo Tilio, con la cordialidad calculada que había perfeccionado a lo largo de años de navegar la política delicada entre los cuatro clanes—. Queríamos comprender mejor las implicaciones prácticas de su propuesta antes de presentarla formalmente a Seraphine para una decisión conjunta.
Marrow, sentado frente a Tilio con una compostura que reflejaba una confianza casi excesiva para un senador de rango relativamente reciente, respondió con la misma elocuencia calculada que había caracterizado su presentación original ante el consejo completo.
—Por supuesto, Gran Sabio. El Senado comprende la magnitud de la decisión que les solicitamos considerar, y estamos completamente dispuestos a esclarecer cualquier duda que puedan tener.
Yorvenn, posicionado discretamente cerca de la ventana con el cristal de comunicaciones oculto bajo las mangas de su túnica, activó su percepción con la sutileza que décadas de práctica le habían enseñado a dominar, buscando cualquier eco de energía que pudiera confirmar o refutar la sospecha que había estado cultivando desde la conversación inicial con Fox.
Una Firma Familiar
Lo que Yorvenn sintió, apenas segundos después de iniciar su examen discreto, confirmó cada temor que la investigación de Fox había comenzado a sembrar: bajo la fachada humana perfectamente construida de Edrin Marrow, una firma energética residual, sutil pero innegable, resonaba con una familiaridad que Yorvenn reconoció de inmediato, un eco de la misma naturaleza oscura que había caracterizado cada manifestación previa de Darmir a lo largo de la crisis.
Su expresión debió haber revelado algo de la conmoción que sentía, porque Marrow, con una perceptividad que confirmaba aún más la sospecha de Yorvenn, dirigió su atención hacia el anciano mago con una sonrisa que llevaba consigo, bajo su cortesía superficial, una advertencia apenas velada.
—¿Todo en orden, consejero Yorvenn? —preguntó, su voz manteniendo la misma cordialidad calculada, aunque sus ojos, por un instante fugaz, mostraron algo que trascendía completamente la naturaleza humana que proyectaba.
—Perfectamente —respondió Yorvenn, con el control que años de experiencia diplomática le permitían mantener incluso ante revelaciones tan devastadoras—. Solo consideraba las implicaciones mágicas de una transición de títulos tan significativa.
La Confirmación Posterior
Cuando Marrow finalmente se retiró, dejando a Tilio y Yorvenn solos en la privacidad del despacho, el anciano mago no perdió un instante en compartir lo que había descubierto, con una urgencia que reflejaba la gravedad absoluta de la implicación.
—Es Darmir —dijo, sin rodeos—. O al menos, algo directamente conectado con él. La firma energética que sentí bajo su fachada humana es inconfundible, la misma que rastreamos durante meses tras su fuga original.
Tilio sintió que el suelo mismo de su despacho se volvía inestable bajo esa revelación, el peso de cinco años de calma relativa desmoronándose con una rapidez aterradora.
—¿Cómo es posible que haya operado dentro de nuestro propio Senado durante dieciocho meses sin que nadie lo detectara?