La lluvia de finales de otoño llegó a Draxcan con la puntualidad melancólica que Theron siempre había señalado como característica de la estación, un manto gris que cubrió la capital durante días enteros y que, según los magos del Distrito Mágico, complicaba considerablemente cualquier trabajo de detección elemental sutil que Ophelia todavía necesitaba realizar ocasionalmente entre los siete portadores ahora identificados. Pero fue precisamente durante uno de estos días grises, cuando el entrenamiento programado de los cuatro niños se había trasladado hacia el salón cubierto que Selfia había dispuesto específicamente para tales ocasiones climáticas, que ocurrió el primer incidente que confirmó, con una claridad aterradora, la magnitud de lo que estaba genuinamente en juego con el desarrollo de sus poderes.
—Concéntrate, Ronald —instruía Ophelia, sentada frente al niño de seis años con la paciencia profesional que había desarrollado durante meses de trabajo cuidadoso con cada uno de los cuatro hermanos—. No se trata de dejar que el fuego escape, sino de sentir exactamente dónde quieres que exista, y mantenerlo ahí con tu voluntad.
Ronald, cuya frustración con el ritmo deliberadamente lento del entrenamiento se había intensificado considerablemente en las últimas semanas, extendió su mano hacia la pequeña llama que Ophelia había encendido como ejercicio, intentando, con la determinación testaruda que definía cada aspecto de su personalidad, hacerla crecer según sus propios deseos en lugar de seguir el patrón cuidadoso que su instructora le había enseñado.
El Incidente
Lo que ocurrió a continuación tomó por sorpresa incluso a Ophelia, cuya experiencia acumulada con manifestaciones elementales infantiles normalmente le permitía anticipar y contener cualquier descontrol menor antes de que representara un peligro genuino: la pequeña llama, en lugar de responder al control frustrado de Ronald, se expandió con una velocidad que superó considerablemente cualquier manifestación anterior del niño, saltando desde el punto de origen hacia las cortinas cercanas con una hambre que parecía trascender completamente la voluntad consciente de su joven portador.
—¡Ronald! —gritó Ophelia, lanzándose de inmediato hacia un hechizo de contención que había preparado precisamente para este tipo de eventualidad, pero encontrando, con un terror creciente, que su propia magia luchaba por contener una intensidad considerablemente mayor de lo que cualquier niño de seis años debería poder generar.
Selfia, alertada por los gritos, corrió hacia el salón con la velocidad que años de vigilancia constante habían perfeccionado en ella, encontrando una escena que confirmó de inmediato la gravedad de la situación: las llamas ya habían consumido buena parte de las cortinas, extendiéndose hacia el mobiliario cercano con una voracidad que ningún fuego infantil debería genuinamente poseer, mientras Ronald, paralizado por el terror ante su propia creación descontrolada, observaba con lágrimas corriendo por su rostro sin poder detener lo que había comenzado.
La Contención de Yorvenn
—¡Yorvenn! —gritó Selfia, su voz resonando por los pasillos con una urgencia que alertó de inmediato a cada persona dentro del alcance auditivo del castillo, mientras ella misma se lanzaba hacia Ronald, apartándolo del peligro inmediato con la fuerza élfica que su entrenamiento le había proporcionado, pese al riesgo evidente para su propia seguridad.
El anciano mago llegó en cuestión de segundos, evaluando la escena con la misma velocidad de análisis que décadas de experiencia enfrentando crisis mágicas le habían enseñado a aplicar instintivamente, y comenzó de inmediato a canalizar un contrahechizo considerablemente más poderoso que el que Ophelia había intentado inicialmente, combinando su propia energía con la de ella en un esfuerzo coordinado que finalmente logró someter las llamas descontroladas.
—¿Está herido? —preguntó, una vez que el peligro inmediato había sido neutralizado, dirigiéndose hacia Selfia mientras esta sostenía a Ronald, todavía temblando violentamente por el shock de lo que acababa de presenciar sobre su propia capacidad destructiva.
—Físicamente ileso —confirmó Selfia, aunque su propia voz llevaba consigo el peso evidente del terror que acababa de experimentar—. Pero necesita comprensión, no solo contención mágica.
Tilio y Seraphine Llegan
Alertados de inmediato por los mensajeros que Elroan había desplegado para exactamente este tipo de emergencia, Tilio y Seraphine llegaron al salón afectado apenas minutos después, encontrando a su hijo mayor todavía envuelto en el abrazo protector de Selfia, su rostro pálido por el terror residual de lo que había desatado sin siquiera comprender completamente cómo o por qué.
—Mi bebé —murmuró Seraphine, tomando a Ronald en sus propios brazos con una ternura que no disminuía en absoluto la preocupación genuina que sentía ante la magnitud del incidente—. ¿Qué pasó?
—No quería que pasara eso —sollozó Ronald, su cuerpo pequeño sacudiéndose con la intensidad de su angustia—. Solo quería que el fuego fuera más grande, como cuando practico solo, pero se sintió... diferente. Como si algo más lo estuviera empujando también.
Tilio, sintiendo que un frío considerablemente distinto al terror inmediato del incendio se asentaba sobre él ante esa confesión específica, intercambió una mirada cargada de significado con Yorvenn, ambos comprendiendo simultáneamente la implicación potencialmente aterradora de las palabras del niño.