Lomisa olía a sal y a café, como si el mar y las madrugadas hubieran decidido quedarse a vivir en cada esquina. Era de noche, y la ciudad tenía ese brillo mojado que convierte las luces en ríos. La lluvia caía con paciencia, dibujando líneas en los cristales, sacando de las aceras un humo liviano que se mezclaba con los faros, con las bocinas a lo lejos, con la música baja de un colmado que seguía abierto como si el tiempo no tuviera reloj. Valeria caminaba sin apuro, con la mochila pegada al cuerpo y los audífonos apagados, porque esa noche prefería escuchar la lluvia. Se sentía acompañada por ese ruido, por esa manta líquida que le daba permiso para estar en silencio.
No había decidido el rumbo. A veces hacía eso: se dejaba llevar por las calles de Lomisa como quien se monta en una guagua sin mirar el cartel, y al final, donde llegaba, allí estaba bien. Tenía veintiún años y una forma suave de mirar el mundo; no porque no le doliera, sino porque había aprendido a respirar hondo cuando el pecho le apretaba. Ese día, la universidad le había dejado un cansancio raro, como un peso en los hombros hecho de tareas y recuerdos. Quería caminar para soltarlo. Y caminó, cruzando la Avenida Costa Norte, bajando por la San Aurelio hasta que la brisa del malecón le dijo: "oye, quédate un rato aquí".
Se detuvo bajo el toldo de una cafetería de esquina, "La Campana", un sitio con suelo ajedrezado y olor terco a pan recién horneado. Dentro había risas, parejas que se contaban secretos con las manos, estudiantes que discutían proyectos sobre servilletas. Afuera, la lluvia. Valeria miró sus tenis húmedos y sonrió con esa timidez que le salía cuando estaba bien consigo misma. El mozo de la barra le saludó con la barbilla desde adentro; ella levantó la mano, en agradecimiento. No iba a entrar. Le gustaba el borde de las cosas: ni adentro ni afuera, solo ahí, en la línea.
Entonces algo cambió, un detalle mínimo, como si el aire hubiera decidido moverse diferente. La esquina, la misma esquina de siempre, de pronto tenía otro peso, otra gravedad. Esas cosas Valeria las notaba, no porque creyera en el destino, sino porque el corazón, cuando se acostumbra a escuchar, se vuelve fino con los detalles. Fue una sombra primero, una figura acercándose desde la otra cuadra con paso firme, sin paraguas, con la camisa pegada al cuerpo por la lluvia. No corrió. No se escondió. Caminó como si conociera el ritmo de esa agua.
Valeria lo miró sin querer mirarlo. Y, sin embargo, cuando pasó bajo la lámpara del poste, fue imposible no verlo. El rostro tenía una calma rara, como quien aprendió a estar en paz en medio de ruidos. Tenía los ojos oscuros, una mirada que no empujaba ni reclamaba, que no invadía; más bien, invitaba a ver. El cabello, más mojado que lo prudente, le caía hacia la frente; se lo apartó con los dedos y sonrió muy poco, casi nada, como si la lluvia le hubiera contado un chiste bajito.
—Buenas —dijo él, al pasar frente al toldo.
No fue una palabra grande, ni un saludo de película. Fue un "buenas" de barrio, de noche mansa, de gente que se mira a los ojos porque sí. Valeria respondió con un movimiento leve de cabeza, una sonrisa cortita, y solo entonces se dio cuenta de que también había sonreído con los ojos.
—Buenas —contestó, y el eco de su voz sonó más dulce de lo que esperaba.
Él se detuvo un segundo, como si fuera a pedir dirección o fuego, y luego siguió. Fueron tres pasos. Cuatro. Cinco. Se iba. Valeria lo vio de espaldas y pensó que había algo en esa forma de avanzar que dolía un poco, una elegancia triste, como si se llevara con él una historia. Tal vez fue la curiosidad, tal vez el presentimiento, o tal vez que la lluvia tiene maneras raras de juntar a la gente, pero Valeria dio un paso hacia afuera del toldo. Sintió el frío en la nuca. La lluvia le mordió los hombros con cariño. Y entonces él miró hacia atrás.
Es una tontería, pensó ella. Qué voy a decirle. Pero él ya estaba ahí, a dos pasos, con la camisa goteando y las manos limpias de prisa.
—Perdona —dijo él—. ¿Ese colmado "Costa Azul" queda por aquí? Me dijeron que era cerca del malecón y creo que me pasé.
Valeria señaló con la mano, sin dudar.
—Una cuadra más arriba y doblas a la derecha. Vas a ver un mural con una palmera grande, no te lo pierdes. Ahí mismo.
—Gracias, mi amor.
La forma en que dijo "mi amor" no era un coqueteo. Aquí, en Lomisa, la gente llama así a las personas cuando agradece, un cariño heredado de tantas tardes de calor y vecindad. Pero a Valeria, esa palabra le hizo un ruido bonito. Le pasó por la piel como una luz.
—De nada —dijo—. Ten cuidado, que con la lluvia las aceras están resbalosas.
Él asintió. Y pensó en irse. Y pensó en quedarse. Y la duda, esa moneda que gira en el aire antes de caer, tardó un poco más de lo normal en decidirse.
—Soy Elías Navarro —dijo al fin, como quien ofrece una cuerda invisible para cruzar un río.
—Valeria Montes —respondió ella, sosteniendo sin miedo esa cuerda.
El mundo no cambió de color ni sonó música de fondo; la guagua siguió su ruta, el mozo siguió sacando cafés, la ciudad siguió siendo ciudad. Pero para ellos, algo sí se movió, como una puerta que se abre apenas y deja entrar otro aire.
—Gracias otra vez, Valeria —dijo él. Hizo el gesto de irse, pero la mirada le preguntó algo más, sin palabras: ¿te quedas aquí mucho? ¿te gusta la lluvia? ¿qué haces cuando no estás aprendiendo a pronunciar mi nombre?
Valeria entendió sin saber cómo. Había aprendido a leer silencios. Y esa noche estaba lo suficientemente valiente como para no mentirse.
—A veces me quedo —dijo, señalando el borde del toldo—. Me gusta escuchar el agua. Y mirar la ciudad cuando se pone transparente.
—A mí también —dijo Elías—. Yo digo que la lluvia le saca la verdad a las cosas.
No era un piropo. Era una confesión. Valeria bajó la mirada, no por vergüenza, sino para guardar la frase como quien guarda una foto en el bolsillo. La sostuvo un segundo, le dio vuelta por dentro, y supo que le gustaba ese tipo de sinceridad.