Duele Querer

Bajo el mismo cielo

La mañana en Lomisa nació con un olor nuevo. No era solo la tierra mojada de la lluvia anterior; era algo más suave, un aire de comienzo.

El sol salía tímido, y los reflejos en los charcos parecían espejos donde la ciudad se miraba para reconocerse.

Valeria caminaba rumbo a la universidad con paso lento. Tenía los audífonos puestos, pero sin música. El ruido de la calle le bastaba: el pregón de la doña que vendía yaniqueques, el motor de una guagua escolar, las risas dispersas de los estudiantes. Todo se mezclaba con un pensamiento que no la soltaba: “Si vuelve a llover…” No era solo una frase. Era una promesa invisible.

Cuando pasó frente a La Campana, la cafetería donde se habían refugiado se detuvo sin querer. El vapor del café se escapaba por la puerta abierta y el mismo olor del día anterior la envolvió. Miró dentro. No estaba él. Solo un par de clientes y el barista que limpiaba la barra. Sonrió, un poco decepcionada, un poco esperanzada.

—Oye, Vale —gritó una voz detrás—, ¿vas a entrar o vas a mirar el aire?. Era Lucía Ortega, su amiga de toda la vida, siempre risueña, siempre con algo que decir. Vestía suéter rojo y mochila cruzada. Tenía ese tipo de energía que llenaba cualquier silencio.

—Nada, estaba recordando algo —respondió Valeria.

—¿A alguien, será? —Lucía arqueó las cejas—.

Esa cara tuya no la pone nadie por un examen.

Valeria soltó una risa corta.

—Ni que fuera tan fácil adivinarme.

—Conozco tus silencios, mi amor. Y ese no es de tarea atrasada.

Caminaron juntas. El pavimento todavía brillaba, y el sol empezaba a calentar lo que la lluvia había enfriado. Valeria no quiso seguir la conversación, pero Lucía, como siempre, insistió.

—¿Quién es él?

—No hay “él”. Solo fue alguien bajo la lluvia.

—Ah, caramba, qué romántico suena eso.

“Alguien bajo la lluvia.” ¿Y el nombre? —Elías.

—¿Y lo vas a ver otra vez?

—Dijo que, si llovía, sí.

—Entonces reza por un aguacero, mija.

Ambas rieron, y el tema quedó flotando en el aire, como una canción sin terminar.

***

Las clases pasaron lentas. El reloj del aula parecía tener sueño. Valeria escribía notas distraídas, pero cada palabra le recordaba su conversación en la cafetería.

Al salir, decidió caminar por el malecón. El mar estaba manso, y las olas se deslizaban con el mismo ritmo con que los pensamientos regresaban a ella.

En la barandilla había un chico sentado, dibujando. Desde lejos reconoció la postura. Elías. El viento le movía el cabello, y tenía la mirada clavada en el horizonte.

Ella dudó un instante antes de acercarse. Su corazón la delató, golpeando sin permiso.

—¿Otra vez tú?

—dijo, intentando sonar casual.

Él levantó la vista.

—Yo podría decir lo mismo.

—Parece que no hacía falta que lloviera.

—Quizá todavía queda un poco de lluvia en el aire.

Se sonrieron. No necesitaban más explicación. Caminaron juntos por la orilla, hablando de todo y de nada: de la universidad, de los sueños que aún no se animaban a contar, de los lugares de Lomisa donde uno podía esconderse del ruido del mundo. Cada palabra parecía un paso más hacia algo que ninguno quería nombrar todavía.

Cuando el sol comenzó a caer, se sentaron en un muro. Elías abrió su libreta y le mostró un dibujo. Era la cafetería La Campana, con dos figuras borrosas bajo el alero. Ella lo miró con una mezcla de sorpresa y ternura.

—¿Nos dibujaste?

—Dibujé el momento.

—¿Y si alguien lo ve?

—Nadie entendería que eres tú.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque yo sí te vi.

Valeria bajó la mirada, con una sonrisa que no podía esconder. El viento le trajo olor a sal y pan de coco. Elías guardó la libreta, y por unos segundos no hubo más palabras. Solo el mar, el sonido de las gaviotas y dos corazones latiendo con el mismo ritmo.

***

Esa noche, en su cuarto, Valeria escribió en su cuaderno: “A veces uno se encuentra sin buscar. Y cuando pasa, el miedo es la prueba de que vale la pena.” Cerró el cuaderno y apagó la luz. En el techo, el reflejo de la luna se movía como agua. Por primera vez en mucho tiempo, durmió sin pensar en el pasado.

***

Los días siguientes trajeron un ritmo nuevo. Elías la esperaba algunas tardes en el portón de la universidad, y caminaban juntos hasta Los Almendros. A veces se sentaban en el parque a hablar de libros; otras, simplemente se quedaban en silencio mirando el cielo cambiar de color. Lomisa parecía más viva cuando estaban juntos.

Lucía lo notó enseguida.

—Te brillan los ojos, Vale. Eso no lo provoca el café.

—No es nada

—intentó evadir.

—Claro que sí. Y mientras sigas diciendo que no, más obvio se hace.

Lucía reía, pero había una sombra leve en su mirada. No sabía por qué aquel muchacho la inquietaba tanto. Quizás era la calma con la que miraba a Valeria, como si el mundo entero se redujera a ella.

***

Un sábado por la tarde, fueron al barrio Maralta, donde el mar golpeaba más fuerte. Elías le enseñó un mirador escondido entre rocas. Desde allí, la ciudad se veía distinta: los techos brillaban como espejos y las olas rompían con un sonido que parecía respiración.

—Cuando era niño venía aquí con mi tía Maribel —dijo Elías—. Ella decía que el mar guarda todo lo que uno no puede decir.

—Entonces el mar debe estar lleno de secretos.

—Y de nombres.

Valeria lo miró.

—¿Has dejado el tuyo aquí?

—No. Todavía no.

El viento sopló más fuerte, y ella entendió que esas palabras eran una promesa.

***

Al anochecer, se despidieron en el parque. Elías le rozó la mano al entregarle un papel doblado.

—Léelo cuando llegues —dijo.

Al llegar a casa, Valeria lo abrió. Había un dibujo: una ventana abierta y la frase “Bajo el mismo cielo.” Nada más. Y, sin embargo, sintió que todo estaba dicho.




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