El amanecer llegó con una calma tibia sobre Lomisa. La lluvia había quedado atrás, pero el cielo conservaba ese tono gris perlado que parecía no querer soltar del todo la nostalgia.
Valeria despertó antes de que el reloj sonara. Se quedó unos segundos mirando el techo, escuchando el murmullo lejano de la ciudad, ese sonido que se mezclaba con su propio pensamiento: “Parece que el cielo cumple promesas.”
Recordó el roce de su mano con la de Elías, el peso de la lluvia cayendo sobre ellos, y esa sensación de que todo en el mundo se había detenido por un instante.
No era amor todavía. Era algo más silencioso, más delicado. Como una flor que brota sin pedir permiso.
Se levantó despacio, se vistió y salió rumbo a la universidad. La calle aún olía a agua, y las hojas de los almendros goteaban sobre la acera. En la esquina, una señora barría con su escoba vieja, y el aire tenía el sabor a pan recién hecho de cada mañana. Todo parecía igual, pero no lo era.
Cuando llegó al portón, Elías ya estaba allí. Apoyado en su bicicleta, esperándola con una sonrisa que parecía contener todo lo que no se atrevía a decir.
—Pensé que hoy no ibas a venir —dijo ella.
—No sé quedarme quieto —respondió él—. Menos cuando sé que puedo verte.
Valeria sintió el corazón apretarse, y por un segundo evitó su mirada.
—¿Y si un día no me encuentras?
—Entonces te busco en la lluvia.
Caminaron juntos hasta el aula. Nadie los miraba con atención, pero el aire alrededor de ellos parecía distinto. Entre las conversaciones ajenas, entre los ruidos del campus, había una burbuja invisible que solo los dos compartían.
***
En los días que siguieron, la rutina se volvió más suya. Él la esperaba con un café; ella le llevaba galletas caseras que su madre preparaba los domingos. Se quedaban en los pasillos después de clase, sin decir mucho, pero llenando los silencios de miradas y risas suaves. No necesitaban grandes gestos: bastaba con estar.
Una tarde, Valeria se quedó mirando sus manos sobre la mesa del comedor universitario.
—Tienes las manos manchadas de grafito otra vez —le dijo.
—Eso pasa cuando uno dibuja sin detenerse.
—¿Y qué dibujas tanto?
—A ti —respondió, sin levantar la vista.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Y por qué a mí?
—Porque no sé explicarte de otra forma lo que me pasa cuando estás cerca.
Valeria no dijo nada. No podía. El silencio fue su respuesta más sincera. Él levantó la vista, y en ese instante, sin tocarla, la tocó todo.
***
Los fines de semana se convirtieron en ritual. A veces caminaban por Maralta, buscando el mismo mirador donde habían hablado del mar. Otras, se refugiaban en la Playa Encendida, una franja de arena escondida entre palmeras. Allí el viento olía a sal y libertad, y el sol se reflejaba en el agua como un recuerdo vivo.
—¿Te has fijado en lo que guarda el mar? —preguntó Elías una tarde.
—Guarda los secretos de la gente —respondió ella.
—Y también sus promesas.
Valeria se quitó los zapatos, hundió los pies en la arena húmeda.
—Si el mar guarda promesas, entonces no debe confiar en nadie.
—O quizá las guarda para que no se pierdan —dijo él, mirando el horizonte—. Como hace con nosotros.
Esa última frase flotó en el aire. Ella la sintió en la piel, en el pecho, en el alma.
***
Esa noche, cuando regresó a su casa, Valeria no pudo dormir. La lluvia fina golpeaba los cristales, y ella recordó la risa de Elías, su manera de decir las cosas como si fueran verdades antiguas. Abrió su cuaderno y escribió:
“Hay personas que no llegan con ruido, pero se quedan como un eco.”
Luego cerró el cuaderno y dejó que la noche siguiera su curso.
***
Días después, Lucía la invitó a estudiar juntas. Elías estaba en el taller de arquitectura y no vería a Valeria hasta la tarde. Lucía parecía distraída, aunque sonreía como siempre.
—Te veo distinta, Vale.
—¿Distinta cómo?
—Más… tranquila. Como si algo dentro de ti se hubiera ordenado.
Valeria se encogió de hombros.
—Tal vez sí.
—Debe ser lindo —dijo Lucía, sin mirarla—. Tener a alguien que te mire así.
Valeria quiso preguntarle qué quería decir, pero Lucía cambió de tema con rapidez. Pasaron el resto de la mañana riendo y recordando cosas de la infancia, pero la frase quedó flotando entre ambas.
***
Una tarde cualquiera, Elías la llevó a Villa Brisa, un barrio viejo donde vivía su tía Maribel.
—Ella me crió cuando mis padres se separaron —le explicó.
—¿Y ella sabe de mí?
—No. Pero quiere conocerte.
Maribel los recibió con un abrazo cálido y olor a arroz con coco.
—Así que tú eres la muchacha de la lluvia —dijo riendo—. Elías me ha hablado tanto que ya casi te conozco.
Valeria se sonrojó. Comieron juntos en el patio, bajo un árbol de mango.
Maribel era una mujer alegre, con una voz dulce que llenaba el espacio. Mientras servía jugo de tamarindo, le dijo a Valeria:
—Este muchacho ha pasado años sin sonreír así. Si tú eres la razón, dale gracias a Dios.
Elías bajó la cabeza, pero sus ojos decían todo. Valeria no supo qué responder.
Solo tomó su mano bajo la mesa y la apretó suave.
***
Esa noche, al despedirse, Elías la acompañó hasta la esquina. El cielo estaba cubierto de nubes rosadas, y el viento traía olor a mango maduro.
—Mi tía te quiere —dijo él.
—Yo también la quiero ya —respondió ella riendo.
—Dice que, si sigo así, me enamoro.
—¿Y si ya lo estás?
Él la miró. Sus ojos tenían el brillo de quien está a punto de confesar algo grande, pero prefirió el silencio. En cambio, se acercó despacio y le besó la
frente. Fue un beso leve, casi un suspiro.
—Hasta mañana, Valeria.
Ella lo vio alejarse, sintiendo que algo dentro de ella se abría sin dolor, como una ventana nueva.