Duele Querer

La distancia entre dos silencios

La ciudad amaneció envuelta en neblina. El mar parecía un espejo empañado, y el viento arrastraba el olor de la sal mezclado con la tierra mojada. Lomisa tenía esa forma extraña de cambiar el ánimo de la gente según el clima, y aquella mañana, Valeria sintió el peso del silencio como si lo llevara en los hombros.

No era tristeza. Era algo distinto, más suave, más denso. Como si el alma necesitara hablar, pero no encontrara palabras.

En la universidad, todo parecía igual, pero Elías no estaba en su lugar de siempre. El banco junto al árbol de almendro estaba vacío. Ella miró alrededor, intentando no parecer ansiosa, pero su pecho la traicionaba. Lucía, que venía

detrás, notó la inquietud.

—¿Buscas a alguien? —preguntó con esa voz ligera que parecía reírse del aire.

—A nadie —mintió Valeria.

—Mmm, claro… “a nadie” —repitió Lucía, sonriendo—. Ese “nadie” debe dibujar bonito, ¿verdad?

Valeria no respondió. Solo siguió caminando. Aquel día no llovió, pero el cielo estuvo nublado todo el tiempo, como si la ciudad también esperara algo que no llegaba.

***

Pasaron dos días antes de que lo viera de nuevo. Estaba en el taller, frente a un lienzo grande, con los dedos manchados de carboncillo. Cuando ella entró, él no la vio al principio. Parecía concentrado en algo más grande que él mismo, como si dibujar fuera una forma de respirar.

—Hola —dijo ella, suave.

Él giró, sorprendido, y sonrió.

—Pensé que ya te habías olvidado de mí.

—Imposible —respondió, riendo—. Pero tú sí desapareciste.

Elías dejó el lápiz y se limpió las manos.

—Tenía que entregar unos bocetos. A veces me pierdo en eso.

Valeria lo miró, tratando de entender esa calma suya, esa manera de quedarse quieto incluso cuando todo parecía moverse.

—Eres diferente cuando dibujas —le dijo.

—¿Diferente cómo?

—Como si no te doliera nada.

—Porque cuando dibujo, no pienso. Y cuando no pienso, no duele.

Sus palabras la dejaron callada. Por un instante, el taller se llenó de un silencio espeso, como si el aire también los escuchara. Luego él se acercó y le

mostró el dibujo: era una playa vacía, con un solo paraguas abierto en medio.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí. Pero se siente sola.

—A veces la soledad también tiene forma de descanso —respondió él.

***

Esa noche, Valeria caminó hasta el malecón. El cielo estaba oscuro y el mar rugía con fuerza. Se sentó en el muro donde solían conversar y cerró los ojos. Escuchó el viento, el rumor del agua, y ese eco invisible que siempre la llevaba a él. En su mente, la frase volvió una y otra vez: “A veces la soledad también tiene forma de descanso.” Sintió miedo de entenderlo demasiado bien.

***

Al día siguiente, Lucía la alcanzó a la salida de clase.

—Oye, ¿y el artista? —preguntó con tono juguetón.

—No sé —dijo Valeria.

—Mmm, suena a excusa. O a desinterés, quién sabe.

Lucía la miró de reojo, y Valeria notó algo distinto en esa mirada. No era burla.

Era curiosidad… o algo más.

—Te juro que a veces no sé qué hacer contigo —dijo Lucía sonriendo—. Te enamoras y te escondes.

—No estoy enamorada —mintió.

—Claro, y yo soy astronauta.

Ambas rieron, pero la risa duró poco. Dentro de Valeria algo se movía, una duda pequeña que empezaba a crecer sin permiso.

***

El fin de semana, Elías la invitó a visitar una exposición en el centro cultural de Lomisa. El salón estaba lleno de cuadros con tonos grises y azules, todos pintados por artistas jóvenes. Uno de ellos mostraba una ventana con lluvia cayendo detrás. Ella se detuvo frente a ese. Él la observó desde un paso atrás.

—¿Qué ves? —preguntó él.

—A mí —respondió ella sin pensarlo.

—Entonces el artista logró lo que quería.

—¿Quién lo pintó?

—Yo.

Valeria lo miró con sorpresa.

—¿En serio?

—Sí. Lo llamé “Lo que calla el mar.”

Ella se acercó más al cuadro. El agua pintada parecía moverse con la luz, como si guardara algo dentro.

—¿Qué calla el mar, Elías? —preguntó.

—Todo lo que no nos atrevemos a decir.

El silencio que siguió fue tan profundo que ambos entendieron lo que no se dijo.

***

Después de la exposición, caminaron por el malecón. La brisa nocturna soplaba fuerte, y las luces de la ciudad parpadeaban sobre el agua. Valeria caminaba despacio, como si no quisiera llegar al final.

—A veces me da miedo —dijo ella.

—¿De qué?

—De sentir demasiado.

Elías la miró con ternura.

—El miedo también es una forma de amor, Vale. Solo hay que aprender a escucharlo.

Se detuvieron frente al mar. Él le tomó la mano, y ella sintió ese contacto como un refugio. Durante un instante, el ruido del mundo desapareció. Solo existían ellos, el viento y el vaivén de las olas.

—No prometas nada —dijo ella.

—No lo haré. Solo quiero estar aquí, ahora.

Y el silencio los envolvió, un silencio lleno, cálido, que parecía decir más que cualquier palabra.

***

En los días que siguieron, algo cambió. No hubo discusiones ni distancias, pero sí una calma extraña, como si el alma de ambos presintiera algo que aún no tenía nombre. Valeria escribía cada noche, pero no mostraba lo que escribía. Elías

dibujaba más que nunca, pero ya no le enseñaba los bocetos. Era como si los dos guardaran pedacitos del otro, pero sin querer compartirlos del todo.

***

Una tarde, Valeria fue sola a la cafetería La Campana. Pidió un chocolate, se sentó junto a la ventana y vio cómo el cielo empezaba a nublarse. Sacó su cuaderno y escribió:

“Hay silencios que pesan más que un adiós. Pero también hay silencios que cuidan.”

Afuera, las primeras gotas comenzaron a caer. El sonido de la lluvia golpeando los cristales le devolvió la memoria del primer encuentro. Cerró los ojos y sonrió.

No sabía si todo seguía igual, si él la pensaba, si ese lazo que habían creado seguía intacto. Pero en el fondo, algo le decía que sí. Que, aunque el amor se




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.