El silencio del piso cuarenta era distinto esa mañana. No era el silencio habitual del poder ni el de la rutina. Era un vacío que olía a ausencia.
La puerta del despacho estaba entreabierta.
Una ráfaga de aire frío me erizó la piel.
Adentro, las luces estaban apagadas y el contrato sobre el escritorio brillaba bajo un solo rayo de sol..Me acerqué con cautela. En la esquina inferior había una frase escrita a mano con la misma caligrafía elegante de siempre:
En caso de ausencia, la señorita Rivas asumirá todas mis funciones. Incluido mi legado.
El corazón me dio un vuelco..No había sello, ni firma adicional, ni explicación. Solo ese mensaje que sonaba más a sentencia que a instrucción. Pasaron los minutos, y nadie parecía saber dónde estaba Alexander. Pregunté discretamente a la secretaria principal; solo me respondió con una mirada cargada de nerviosismo.
—El señor Varon no ha llegado. Ni ha llamado —dijo, bajando la voz— Pero dejó órdenes: todo sigue igual, hasta nuevo aviso.
Hasta nuevo aviso..Era la clase de frase que podía significar todo o nada. Decidí entrar de nuevo a su oficina. Cada objeto tenía un orden tan preciso que parecía un altar: su reloj de oro, la pluma con la que firmaba los contratos, los informes perfectamente alineados..Solo había algo fuera de lugar: una caja de madera oscura sobre el escritorio.
La abrí. Dentro había un llavero con mis iniciales: A.R. Y una carta.
Si lees esto, es porque no confío en nadie más. Hay cosas que desconoces sobre mí… y sobre ti. En el cajón inferior encontrarás una llave. Abre la puerta que nadie abre.
—A.V.
Tragué saliva. El cajón inferior estaba cerrado con doble cerrojo. Pero la llave estaba allí, envuelta en un paño de terciopelo negro. La puerta al fondo del despacho era casi invisible, oculta tras una estantería de vidrio.
Al girar la cerradura, un clic suave resonó como un suspiro contenido. Adentro, el aire era más frío. Un estudio privado, iluminado apenas por una lámpara ámbar. Sobre el escritorio secundario, pilas de documentos y fotografías. Fotografías mías. No recientes, sino antiguas. De cuando estaba en el internado, de cuando tenía dieciséis, de cuando aún no sabía quién era él. Mi nombre escrito en el margen de cada una. La tinta: dorada. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Detrás de mí, una voz rompió el silencio:
—Ahora entiendes por qué nunca pude dejarte ir.
Me giré con un sobresalto.. Alexander estaba allí..La lluvia empapaba su cabello rubio, y su camisa blanca se pegaba a la piel.
Parecía un hombre que había caminado a través de un infierno.
—¿Dónde estuvo? —pregunté, la voz temblorosa.
—Cerca. Observando lo que harías.
—¿Esto era una prueba? ¿Todo esto?
—No. Era una advertencia.
Se acercó despacio, los ojos dorados brillando con un cansancio que no le conocía.
—No debiste entrar aquí.
—Usted me lo pidió.
—No pensé que obedecería.
—Siempre obedezco, ¿no?
—Hasta hoy.
Su tono era bajo, pero había algo roto en él.
Algo que me asustó más que su ira: su vulnerabilidad.
—¿Por qué tiene fotos mías, Alexander? —pregunté.
—Porque necesitaba recordar.
—¿Recordar qué?
—Lo que era tener una razón para seguir vivo.
El silencio cayó como una losa.
—¿Me conocía desde antes? —susurré.
Él asintió.
—Hace cinco años. Te encontré en un lugar donde nadie debía estar. Tenías frío, hambre y miedo. Te dejé ir porque creí que era lo correcto.
—Y me buscó desde entonces.
—No. Me castigaba por haberte perdido.
Se acercó un paso más.
—Y cuando volviste a aparecer, supe que el destino me daba una segunda oportunidad.
—¿Para qué?
—Para hacer las cosas bien. Pero el problema es que no sé hacerlo.
Su voz se quebró apenas.
—Todo lo que toco se rompe, Amelia. Y tú eres lo único que no quiero destruir.
Me quedé mirándolo, sin saber si compadecerlo o temerlo más..Su dolor era real. Pero también lo era su obsesión.
—No puede vivir así, controlándolo todo —le dije.
—No sé vivir de otra forma.
—Entonces aprenda.
—Contigo.
Sus dedos rozaron mi rostro, apenas un instante, como si temiera quemarse.
—¿Por qué no huyes? —preguntó.
—Porque algo me dice que si lo hiciera, usted me seguiría.
—Tienes razón.
Sus labios se curvaron en una sonrisa triste.
—Eres mi error más hermoso, Amelia. Y también mi condena.
El sonido de un teléfono interrumpió el momento. Alexander lo tomó con un gesto brusco.
—¿Qué?
Su expresión cambió. La calma desapareció.
—¿Cuándo? ¿Dónde?
Colgó sin mirarme.
—Tiene que irse de inmediato —ordenó.
—¿Qué sucede?
—Alguien ha estado investigándome. Y ahora te han visto conmigo.
—¿Quién?
—No importa. No salgas sola. No confíes en nadie.
—¿Ni siquiera en usted?
—Especialmente en mí.
Me empujó suavemente hacia la puerta.
—Si mañana no vuelvo, destruye todo lo que hay en este despacho.
—Alexander, espere.
—Promételo.
Asentí. Su mirada se suavizó, y por un segundo, el monstruo desapareció. Solo quedaba el hombre.
—Vive, Amelia — susurró — Aunque yo no lo logre.
Y se fue. Las horas siguientes fueron eternas. El edificio se vació, y la tormenta rugía afuera como un presagio..Miré la caja de madera sobre su escritorio, esa que contenía la llave y la carta, y entonces lo vi: un doble fondo. Dentro, un sobre sellado con el emblema de Varon Enterprises y una sola palabra escrita en el reverso: Verdad.
Lo abrí con manos temblorosas. Había un documento antiguo, con dos nombres:
Alexander Varon — Tutor legal.
Amelia Rivas — Beneficiaria.