No dormí esa noche. La nota sobre mi almohada seguía brillando bajo la luz de la lámpara, escrita en tinta dorada, como si Alexander la hubiese firmado con la última chispa de su alma.
No me busques. Pero si lo haces, prepárate para conocer quién soy en realidad.
El sonido de la tormenta se mezclaba con mis pensamientos. Su voz aún vivía en mi cabeza, entre promesas rotas y confesiones a medias. Desaparecido. Esa palabra me perseguía. Pero yo no podía quedarme quieta. No después de todo lo que había descubierto. A la mañana siguiente, subí al piso cuarenta con el corazón en la garganta. El edificio estaba más silencioso que nunca. En recepción, las miradas esquivas decían más que cualquier noticia.
—La policía vino temprano —susurró una secretaria— Dijeron que fue un accidente… pero nadie cree eso.
—¿Accidente?
—El auto del señor Varon estaba vacío. Pero encontraron sangre en el asiento.
El aire me abandonó. Quise hablar, pero las palabras no salieron. Solo logré murmurar:
—¿Sangre? ¿Está…?
—Desaparecido —repitió ella, con un temblor en la voz—. Y si es lista, señorita Rivas, se irá antes de que alguien empiece a hacerle preguntas.
No respondí. Solo caminé hasta su despacho, ignorando el miedo, las advertencias y el frío que se filtraba por las paredes. Su oficina seguía igual: el reloj marcando el mismo minuto, su abrigo colgado en el respaldo, el perfume todavía suspendido en el aire. Pero había algo distinto. Sobre su escritorio, una carpeta nueva. Dentro, recortes de periódicos. Artículos sobre una empresa fantasma, LUXOR HOLDINGS, vinculada a Varon Enterprises. Y en uno de los márgenes, escrito a mano:
Todo comienza y termina con ellos.
Pasé el resto del día buscando información. Cada pista llevaba a un muro. Hasta que encontré un número telefónico anotado en el reverso de un documento. Lo marqué sin pensarlo.
—¿Quién es? —preguntó una voz grave.
—Busco a Alexander Varon.
—Entonces ya está en peligro.
El silencio se alargó.
—¿Quién habla?
—Un amigo suyo. O algo parecido. Mi nombre es Elias Moreau. Si realmente quiere encontrarlo, deje el edificio. Ahora.
—¿Por qué?
—Porque el legado que él mencionó… no era metafórico. Usted acaba de heredar enemigos.
El teléfono se cortó. Salí de la empresa con el corazón acelerado. La lluvia volvía a caer. Una sensación de déjà vu me atravesó, como si repitiera un destino escrito por otros. En la acera opuesta, un auto negro esperaba..Las ventanillas tintadas. El mismo modelo que él usaba. Me acerqué con cautela. La puerta se abrió sola, impulsada desde adentro. Sobre el asiento del copiloto había una carpeta sellada. Mi nombre escrito en dorado. La abrí. Dentro, una foto: Alexander y yo, tomada desde la distancia, en su oficina. Y una tarjeta con una dirección: Calle Aurora 17.
El edificio en cuestión estaba abandonado. Una fábrica vieja, de ladrillos húmedos y ventanas rotas. El viento silbaba entre las estructuras oxidadas. Aun así, algo me obligó a entrar. El pasillo olía a polvo y secretos. Mis pasos resonaban como si no fueran míos. En el fondo, una puerta metálica entreabierta. Al cruzarla, una habitación llena de documentos, mapas, fotografías. Y en el centro, un proyector encendido. En la pantalla, un video en pausa. Reconocí su voz antes de verlo.
Si estás viendo esto, Amelia, significa que el pasado volvió a alcanzarme. Y que ya no puedo protegerte de lo que viene.
Mi corazón latía desbocado.
Todo lo que te dije fue cierto… excepto una cosa. Yo no soy el hombre que crees. Soy el hijo del monstruo que arruinó tu vida.
La imagen mostró un retrato antiguo: un hombre idéntico a Alexander, pero mayor, con la misma mirada dorada.
Él destruyó a tu familia. Y yo llevo su sangre.
El proyector se apagó. Solo quedó la oscuridad. Una sombra se movió detrás de mí. Me giré bruscamente. Un hombre alto, de traje oscuro, observaba desde el marco de la puerta. No era Alexander. Pero sus ojos eran iguales.
—Te estábamos esperando, Amelia —dijo con voz helada— Mi hermano te habló de mí, ¿verdad?
Di un paso atrás.
—¿Hermano?
Su sonrisa fue un reflejo cruel de la de Alexander.
—Él no es el único heredero del legado Varon.
El aire se volvió denso.
—¿Qué quiere de mí?
—Lo mismo que él. Verte elegir.
—¿Elegir qué?
—A cuál de los dos monstruos quieres salvar.
En ese instante comprendí que Alexander no había desaparecido: había sido traicionado. Y la sangre que lo unía a su hermano… ahora también me unía a mí. Porque en el espejo roto del destino, los monstruos siempre regresan.