El eco de la voz de aquel hombre aún me estremecía.
A cuál de los dos monstruos quieres salvar.
Esa frase retumbaba en mi mente, como una sentencia escrita antes de que tuviera oportunidad de elegir..El hermano de Alexander me observaba con una calma que no pertenecía a los vivos. Su presencia era tan sofocante como familiar.
—¿Dónde está él? —pregunté, apenas conteniendo el temblor.
—Eso depende de ti —respondió.
Dio un paso hacia la luz. El parecido era escalofriante: misma mirada dorada, mismo porte. Pero en su rostro había algo que en Alexander no existía: vacío. Un hueco donde debía haber humanidad.
—¿Quién es usted?
—Adrian Varon —dijo con una sonrisa sin calidez— Y lo que soy… es la versión que él intentó enterrar.
—¿Qué le hizo a Alexander?
—Nada que él no hubiera hecho antes a otros.
—Miente.
—Oh, no. Él es mi hermano, y como todo hermano, me traicionó antes de traicionarse a sí mismo.
Sus palabras eran un veneno lento. Intenté apartarme, pero él alzó una mano, deteniendo mi movimiento sin tocarme.
—No vine a hacerte daño, Amelia. Vine a darte contexto.
—¿Qué contexto?
—El legado Varon no se hereda. Se sobrevive. Y tú acabas de convertirte en la pieza más valiosa del juego.
El corazón me latía tan fuerte que podía oírlo.
—¿Por qué yo?
—Porque eres lo único que él no pudo destruir… y lo único que puede destruirlo.
Su voz era suave, casi hipnótica.
—Alexander te ocultó muchas cosas. Cosas que te pertenecen por derecho.
Sacó de su abrigo un sobre sellado con cera negra.
—Toma esto. Llévalo contigo. Pero prométeme que no lo abrirás hasta que vuelvas a verlo.
—¿Volverlo a ver?
—Sí. Mi hermano está vivo.
—¿Dónde?
—Donde la verdad se esconde.
Antes de que pudiera reaccionar, el ruido de motores se escuchó afuera. Luces cegadoras atravesaron los ventanales del edificio abandonado. Adrian sonrió.
—Llegaron antes de lo esperado. Cuídate, pequeña herencia. Nos volveremos a ver.
Cuando las luces me cegaron, él ya no estaba. Corrí entre pasillos hasta salir al exterior. Dos autos negros bloqueaban la calle. Hombres con trajes y auriculares revisaban el lugar. No supe si eran policías, socios de Alexander o enemigos, y no quise averiguarlo.
Me escondí detrás de un muro derrumbado, respirando con dificultad. Dentro del sobre, el sello de cera brillaba como una herida fresca. Sabía que debía esperar… pero la curiosidad me consumía. Lo abrí. Dentro había una llave plateada y una carta.
Si encuentras esto, Amelia, es porque no pude protegerte del todo. No creas en nadie que lleve mi apellido, incluido yo. Si deseas la verdad, busca el sótano de la mansión Varon. Y recuerda: el amor y la culpa usan el mismo rostro.
El papel olía a su perfume. A ese aroma de poder y tormenta que me había marcado desde la primera vez que lo vi.
Esa noche tomé un tren hacia el norte. La mansión Varon se encontraba en las afueras de la ciudad, un lugar envuelto en niebla y rumores. Al llegar, el portón oxidado se abrió con un chirrido. Era como entrar a otro siglo. Las paredes estaban cubiertas de retratos familiares. En todos, los hombres compartían el mismo rostro. El linaje de un imperio construido con secretos. Seguí las indicaciones de la carta. Bajé las escaleras de piedra, hasta una puerta con un emblema tallado: dos serpientes entrelazadas. La llave encajó con un sonido seco. Dentro, una luz débil parpadeaba. Y una figura me esperaba.
—Te dije que no me buscaras.
La voz era inconfundible. Alexander. Estaba herido. La camisa abierta, manchas de sangre secas en los brazos. Sus ojos dorados más oscuros que nunca.
—Alexander, estás vivo.
—No deberías haber venido.
—Tu hermano me encontró.
—Lo sé. Lo envió alguien más.
—¿Quién?
—Un fantasma de nuestro pasado.
Se acercó tambaleante, hasta que su frente casi rozó la mía.
—No me mires así, Amelia. No busques redención donde no la hay.
—No puedo dejarte.
—No tienes elección — Su respiración tembló.—Adrian quiere que te odie, que crea que eres mi ruina. Pero eres lo único que me mantiene cuerdo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Entonces déjame ayudarte.
—Si te quedas, te destruiré.
—Ya lo hiciste.
Alexander cerró los ojos, un segundo de rendición. Y entonces, el sonido de pasos en el pasillo lo devolvió a la realidad.
—Nos encontraron — Se giró hacia mí. —Corre, Amelia.
—No sin ti.
—Corre —repitió, su tono volviéndose un rugido contenido— ¡Hazlo!
No tuve tiempo de responder. La puerta explotó hacia adentro..Sombras armadas irrumpieron en la habitación.
Disparos. Gritos. Alexander me cubrió con su cuerpo y ambos caímos al suelo. El mundo se volvió ruido, polvo y oscuridad. Cuando desperté, la mansión ardía. El humo lo cubría todo. Llamé su nombre una y otra vez, pero no hubo respuesta. Solo el eco distante de un disparo final. Corrí hasta la salida, con el fuego mordiéndome los talones. En la entrada, una figura me observaba a contraluz de las llamas. Era Adrian, ileso, sonriendo con una calma inhumana.
—Te dije que elegirías —susurró.
—¿Dónde está Alexander?
—Donde siempre debió estar. Con los muertos.
Dio media vuelta y desapareció entre la neblina. Caí de rodillas, respirando ceniza. Y entonces lo vi: entre las ruinas, una pluma dorada, la suya. A un lado, otra nota, medio quemada:
Si sobrevivo, te buscaré. Si no, encuéntrame en el fuego.
La lluvia comenzó a caer sobre los restos de la mansión.
Y supe que la historia no había terminado. Porque en el corazón de todo amor oscuro… siempre queda una chispa dispuesta a arder otra vez. Esa noche juré encontrarlo, vivo o muerto. Pero al amanecer, alguien deslizó bajo mi puerta una foto reciente. En ella, Alexander Varon sonreía. Y detrás de él, en un reflejo de cristal, su hermano también.