La foto sobre mi mesa me observaba como una herida abierta. Alexander estaba de pie frente a un ventanal, con la misma postura altiva, el cabello rubio perfectamente arreglado, la sonrisa apenas insinuada. Solo que no estaba muerto. Y detrás de él, en el reflejo del vidrio, se veía otra silueta: Adrian.
Ambos vivos. Ambos juntos. Era imposible, o peor: lógico. No dormí. El amanecer llegó gris, opaco, arrastrando ese tipo de silencio que solo presagia catástrofes. Fui a la policía, pero me miraron como si estuviera loca. Nadie con el apellido Varon figuraba en ningún registro reciente. Ni Alexander. Ni Adrian. Cuando salí de la comisaría, un sobre negro me esperaba en el asiento del auto. Sin remitente. Solo una frase escrita en dorado:
Los muertos también saben guardar secretos.
Dentro, una dirección. Hotel Mirrortown. Habitación 913.
No pensé, simplemente fui. El hotel estaba en la zona más vieja de la ciudad, un edificio de mármol gris y alfombras rojas gastadas. El recepcionista no levantó la vista cuando mencioné el número.
—Llave ya pagada, señorita Rivas.
Mi nombre. Ellos sabían que iría. El ascensor subió lento, como si disfrutara mi miedo. El pasillo olía a humo y perfume caro. La puerta 913 se abrió sin resistencia. Adentro, la habitación estaba vacía. O casi. Sobre la cama, una chaqueta. La suya. Y junto a ella, un espejo de cuerpo entero cubierto por una tela negra. Di un paso..El aire olía a él. Ese aroma entre madera y tormenta. Me acerqué al espejo y retiré la tela. El reflejo no era mío. Era él. Alexander.
—Sabía que vendrías —dijo su voz, grave, saliendo del vidrio como si el cristal respirara.
—¿Qué… qué es esto?
—Una forma de hablarte sin exponerte.
—Estás vivo.
—Por ahora.
Su rostro estaba más demacrado, las ojeras profundas, la mandíbula tensa.
—¿Por qué fingir tu muerte?
—Porque hay cosas que solo se revelan cuando uno deja de existir.
—Tu hermano.
—No lo nombres.
Su tono fue una orden, seca, peligrosa.
—Él me encontró —insistí— Me dijo que te traicionó.
—Él no me traicionó. Me reemplazó.
Un silencio espeso llenó la habitación.
—¿Qué significa eso?
—Que ya no soy el hombre que conociste.
Su mirada se suavizó.
—Y aún así… sigues buscándome.
—No puedo hacer otra cosa.
—Eso es lo que me aterra.
El espejo tembló. Su imagen parpadeó.
—Tienen rastreada esta señal —susurró—. Escúchame, Amelia. Si vuelven por ti, ve al edificio Aurora. Piso treinta y tres. Habrá alguien esperándote. Confía en él.
—¿Quién?
—Un fantasma mío.
El reflejo se desvaneció. Y en el cristal apareció una grieta, fina, perfecta, atravesando su rostro congelado. Corrí del hotel con el corazón desbocado. Afuera llovía, otra vez. Como si el cielo repitiera el mismo día una y otra vez. Tomé un taxi, di la dirección. Aurora 33. El edificio era una torre de oficinas abandonadas. Luces parpadeantes, olor a humedad y óxido. Subí los escalones hasta el último piso. Allí, una oficina vacía. Solo una mesa. Un sobre. Y un reloj dorado. Lo reconocí. Era de Alexander. Dentro del sobre, una nota:
Si estás aquí, él ya te encontró. No creas en los reflejos.
Ellos mienten mejor que nosotros.
El reloj marcaba las 12:00 exactas. Y entonces lo escuché. Ese mismo tono de voz, ese mismo susurro que me quemaba la piel.
—Llegaste tarde, Amelia.
Me giré. Alexander estaba allí. Real, tangible, más vivo que nunca. Traje negro, ojos dorados, una herida reciente cruzándole la ceja.
—¿Cómo…?
—Tenía que asegurarme de que me buscaras sola.
—¿Por qué?
—Porque si alguien más supiera que estoy vivo… tú ya estarías muerta.
Se acercó, lento, sin apartar la mirada.
—No sabes lo que tuve que hacer para mantenerte con vida.
—¿Qué hiciste, Alexander?
—Elegí convertirme en el monstruo que mi hermano siempre quiso ser.
Sus palabras me helaron.
—No entiendo.
—No necesitas entender. Solo recordar que todo lo que soy ahora… lo soy por ti.
Su mano rozó mi rostro. La herida en su ceja sangró una gota que cayó sobre mi mejilla.
—Y ahora, Amelia —susurró, con una voz que era promesa y amenaza a la vez — necesito que hagas algo por mí.
—¿Qué?
Su sonrisa fue lenta, peligrosa.
—Destruye a mi hermano.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué yo?
—Porque él confía en ti. Y porque tú eres mi única debilidad.
El silencio fue absoluto. El reloj siguió marcando el tiempo, tic… tac… tic… tac….Hasta que él añadió, casi al oído:
—Hazlo, y prometo liberarte.
—¿Liberarme de qué?
—De mí.
Esa noche, mientras regresaba bajo la lluvia con el reloj dorado en la mano, comprendí algo que nunca quise aceptar: Alexander Varon no me salvó del monstruo.
Él me estaba enseñando a convertirme en uno.