Dueño De Mi Silencio

La Jaula Dorada

El reloj dorado pesaba más que una vida..Cada tic-tac sonaba como un recordatorio de mi destino: destruir a Adrian Varon, el hombre que compartía la sangre de quien amaba y odiaba por igual. Caminaba entre las luces de la ciudad con la sensación de que el tiempo se burlaba de mí. La lluvia lo envolvía todo, borrando fronteras entre el pasado y el presente, entre el monstruo y la víctima.

Alexander me había pedido algo imposible. Pero en su voz había habido una grieta, un temblor que no le pertenecía al hombre que yo había conocido, sino al que había perdido el control. Pasé la noche leyendo y releyendo la nota que me había dejado. Cada palabra era una orden disfrazada de súplica.

Destrúyelo. O te destruirá a ti.

Pero ¿y si ambos lo harían igual? ¿Y si su guerra era solo una excusa para arrastrarme con ellos? A las tres de la madrugada mi teléfono vibró. Número desconocido. Contesté.

—Amelia —la voz de Adrian sonó clara, calculada, casi amable— Te vi con mi hermano.

El corazón se me heló.

—No sé de qué habla.

—Oh, sí lo sabes. No te culpo. Tiene un talento especial para arrastrar a la gente hacia su oscuridad. Pero tú... tú puedes detenerlo.

—¿Detenerlo?

—Sí. Si realmente quieres salvarlo, destrúyelo.

El silencio entre ambos fue tan denso que parecía tener forma. Adrian respiró hondo.

—Te enviaré una dirección. Si de verdad quieres entender lo que está pasando, ven mañana a medianoche. Pero ven sola.

La línea se cortó. El reloj marcó las cuatro cuando por fin cerré los ojos, sabiendo que la decisión que tomara al amanecer sellaría mi destino. El edificio de la dirección que me envió era una galería de arte cerrada hacía años. El cartel oxidado decía:

Varon Foundation — Donde la belleza y el poder convergen.

Empujé la puerta, que cedió con un crujido. Dentro, las paredes estaban cubiertas de retratos antiguos. Todos con el mismo rostro: Alexander. Una figura se movió entre las sombras. Adrian. Vestía de negro, elegante, impecable, como si el caos no pudiera tocarlo.

—Gracias por venir —dijo, con una sonrisa helada—. Sabía que la curiosidad te ganaría.

—No tengo curiosidad. Tengo miedo.

—Es lo mismo —respondió—. El miedo solo es una forma más intensa de atención.

Se acercó lentamente, sin invadir mi espacio pero dejando su presencia envolverme.

—¿Quieres saber por qué te eligió? —preguntó.

—No me eligió. Me encontró.

—No. Te buscó. Durante años. Porque eras la única pieza que faltaba.

—¿Pieza de qué?

—De su redención. Y de su condena.

Su voz bajó hasta un susurro.

—¿Sabes qué diferencia a Alexander de mí? Él todavía cree que el amor puede purificar. Yo, en cambio, sé que solo puede corromper.

Lo miré fijamente.

—¿Qué quieres de mí?

—La verdad. Y tú también la quieres.

Me tomó de la mano, sin brusquedad, y me guió hacia una puerta lateral. Dentro había una caja fuerte empotrada en la pared.

—Tu nombre es la combinación —dijo.

Teclé las letras, sin comprender cómo podía ser posible, y la cerradura se abrió..Dentro había carpetas, documentos, fotografías y una sola frase escrita en tinta dorada sobre un expediente:

Proyecto Rivas.

Mis rodillas temblaron.

—¿Qué es esto?

—Tu origen —respondió Adrian con frialdad—. Mi hermano no te salvó. Te creó.

—Miente.

—¿En serio? Míralo bien. Fecha de nacimiento: tres años antes de tu supuesta edad. Código genético: V-A-R-01. ¿Te suena familiar?

No. No podía ser verdad. Pero las pruebas estaban frente a mí. Fotografías de un laboratorio, informes médicos, una firma: Alexander Varon. Adrian se acercó, su voz era un veneno suave.

—Tú no fuiste el milagro que él encontró. Fuiste el experimento que él quiso redimir.

—¡Cállate! —grité.

—Duele, ¿verdad? —murmuró, acercando su rostro al mío— Duele descubrir que el amor que creías puro nació de una mentira.

Retrocedí, mareada. Pero él no me siguió.

—Aun así —añadió— sigues siendo su debilidad. Y la mía.

Se dio media vuelta y caminó hacia la salida.

—Nos veremos pronto, Amelia. El legado todavía no termina.

Esa noche, destruí el expediente. Cada hoja, cada prueba, cada mentira. Pero la verdad ya se había grabado en mi piel. Si lo que Adrian decía era cierto, yo no era la víctima de Alexander. Era su creación. Su obra imperfecta. Su culpa encarnada. La idea me desgarraba. Y aun así, una parte de mí la más oscura quería verlo. Quería exigirle una verdad que me destruyera, si eso significaba volver a oír su voz. A medianoche, la lluvia volvió. Y con ella, una figura se detuvo frente a mi puerta. Golpeó una sola vez. Al abrir, lo vi. Empapado, exhausto, más humano que nunca. Alexander. Sus ojos dorados buscaron los míos.

—Sabía que lo sabrías —susurró.

—¿Es cierto?

—Sí.

Mi garganta se cerró.

—¿Por qué?

—Porque el amor no me bastó. Quise crear algo que no pudiera abandonarme.

—¿Y qué soy, entonces?

—Mi redención. O mi castigo. Todavía no lo sé.

Dio un paso hacia mí.

—Pero te juro algo, Amelia: si alguna vez intento usar ese amor para poseerte otra vez, mátame.

Y se quedó en silencio. Solo su respiración, la mía y el sonido del reloj dorado en la mesa.

Tic-tac.
Tic-tac.
Tic-tac.

Esa noche comprendí que el verdadero monstruo no era Alexander ni Adrian era el amor que me unía a ambos. Y ya no sabía a cuál de los dos iba a destruir primero.




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