Amelia
No recuerdo cuánto tiempo permanecí frente a él. Solo el silencio. Solo su mirada dorada que, por primera vez, parecía vacía. Alexander había confesado lo impensable: Yo no era una coincidencia. Era su creación. Una idea convertida en carne. Y, sin embargo, lo amaba. Era un amor que dolía en el pecho, como un latido que sangra. El amor que nace del abismo y se alimenta del miedo. Él dio un paso hacia mí. El aire se volvió denso, pesado, casi tangible.
—Te prometí que te protegería —murmuró—, pero nunca te dije de quién.
—¿De quién?
—De mí mismo.
Su voz sonó rota..Y por un instante, el hombre detrás del monstruo se asomó: cansado, arrepentido, humano. Pero el instante duró poco.
—No llores, Amelia. No sabes lo que haces cuando lloras.
—¿Qué hago?
—Me obligas a sentir.
Su frase me atravesó. Porque esa era la esencia de todo: él podía controlar el mundo, pero no sus emociones cuando yo estaba cerca.
—Ya no soy la misma —le dije—. Me enseñaste demasiado sobre el poder, sobre el miedo, sobre el silencio.
—No quería que aprendieras eso.
—Y sin embargo, lo hice.
Dio otro paso.
—¿Qué harás ahora?
—Dejar de ser tu creación.
Sus labios se curvaron apenas.
—Entonces deberás destruirme.
Esa noche no dormí. El reloj dorado seguía sobre la mesa, marcando un tiempo que ya no me pertenecía. Cada tic-tac era un eco de su voz. Y en mi mente, las palabras de Adrian:
Él no te salvó. Te creó.
¿Era posible amar a quien te había inventado? ¿O el amor solo era otra forma de obediencia? Al amanecer, decidí que no podía seguir siendo su víctima. Ni su redención. Me miré al espejo y no reconocí a la chica de hace meses. La inocencia había muerto con mi nombre. Solo quedaba la voluntad. Alexander me enseñó el miedo. Ahora yo aprendería el control.
AlexanderNo pude dormir. Su rostro me perseguía, incluso con los ojos abiertos. Amelia. Mi mayor logro. Mi error más perfecto. Había creado un alma y la había condenado a vivir en mi sombra. Y ahora esa sombra caminaba sola.
La amaba con un amor enfermo, imposible de redimir.
Pero también sabía que debía alejarme, o ella terminaría como todos los que me siguieron: arruinada. Caminé por el sótano de la mansión abandonada. Las paredes olían a ceniza, a pasado, a culpa. Adrian había estado allí. Lo sabía. En el escritorio, una sola frase escrita con su letra:
El monstruo se enamoró de su creación. Y eso lo hará débil.
Apreté los puños hasta que la sangre tiñó mis dedos.
—No —susurré— No débil. Humano.
Salí al amanecer. La lluvia caía con la calma de un castigo. Sabía que Amelia no esperaría. Que iría tras la verdad, aunque eso significara hundirse en la oscuridad. Ella ya no era mi ángel. Era mi espejo. Y lo peor de todo…..Es que ese reflejo me estaba ganando.
AmeliaTres días después, recibí un mensaje. Solo una palabra.
Adrian. Una dirección..Un laboratorio..El mismo donde todo había comenzado. Lo encontré esperándome entre frascos, luces parpadeantes y olor a químicos.
—Sabía que vendrías —dijo con su sonrisa impecable.
—No por ti. Por mí.
—Eres diferente.
—Él me cambió.
—No. Te completó.
Su tono era tan calmado que dolía.
—Te diré algo que Alexander nunca quiso admitir —susurró—. Tú no fuiste su redención, Amelia. Fuiste su castigo.
—¿Qué significa eso?
—Que el hombre que creías amar no te creó para salvarte. Te creó para destruirse.
Me quedé muda. El aire era irrespirable.
—Y ahora, dime —añadió Adrian—, ¿a cuál de nosotros vas a elegir?
—A ninguno.
—Imposible.
—No. Es la única elección que me queda.
Lo dejé allí, entre las sombras. Afuera, la lluvia volvía a caer. Sabía lo que debía hacer. Terminar con el legado Varon..Con ellos. Conmigo si era necesario.
AlexanderEsa misma noche supe que había tomado su decisión. Amelia no era mi creación. Era mi heredera. Ella poseía lo que yo había perdido: la voluntad de actuar..Y si decidía destruirnos, yo lo aceptaría. Porque solo así sería libre. La amaba, sí. Pero el amor no era suficiente para salvarnos.
AmeliaVolví a la mansión. El fuego la había reducido a ruinas. En el centro del salón, una sombra me esperaba. Alexander. Vivo. Solo, entre cenizas.
—Sabía que regresarías —dijo.
—Y yo sabía que no habías muerto.
Nos quedamos en silencio. El reloj dorado marcó la medianoche.
—¿Viniste a matarme? —preguntó con una calma aterradora.
—No lo sé.
—Entonces elige.
Di un paso hacia él. El fuego del pasado aún ardía entre nosotros. Y lo entendí: no éramos enemigos, ni amantes, ni verdugo y víctima. Éramos lo mismo. Dos mitades del mismo pecado. Lo miré a los ojos y susurré:
—La creación siempre supera al creador.
Sus labios se curvaron, derrotados y enamorados a la vez.
—Entonces cumple tu destino, Amelia.
Cerré los ojos. El reloj marcó el último tic-tac. Y todo se volvió silencio. Cuando abrí los ojos, ya no había fuego.
Solo el reflejo de mi propio rostro en el cristal roto. Alexander Varon había desaparecido.
Pero dentro de mí su voz seguía viva.