La lluvia había cesado, pero el cielo seguía gris.
Konoha dormía la ciudad entera parecía haber olvidado que existíamos, como si el mundo se hubiera cansado de nuestras guerras privadas. Yo no. Alexander había desaparecido. No quedaba rastro, solo el eco de su voz en mi mente, su perfume entre las ruinas, su reloj sobre mi muñeca.
El reloj dorado..El mismo que marcó cada paso hacia mi perdición. El mismo que ahora marcaba mi poder. Un mes después, el edificio principal de Varon Enterprises volvió a abrir sus puertas. Yo caminé por el pasillo de mármol con tacones firmes, sin detenerme ante las miradas curiosas de los empleados. Ya no era la asistente tímida. Era la mujer que había sobrevivido a los dos herederos de una maldición.
Los medios me llamaban la viuda del imperio, aunque nunca hubo un matrimonio. La prensa buscaba una historia que pudiera entender. Pero lo que Alexander y yo habíamos tenido no podía explicarse. Era un pacto sin palabras. Una unión sellada con cicatrices.
Cuando entré a su oficina ahora mía el aire seguía oliendo a él. Dejé la cartera sobre el escritorio y encendí la lámpara. El brillo dorado iluminó un retrato colgado detrás del cristal: Alexander Varon, de pie, observando la ciudad con esa mirada que podía incendiarla o salvarla.
—¿Esto es lo que querías? —susurré, sin esperar respuesta.
A veces creía escuchar su voz respondiendo entre los ecos del silencio:
Esto es lo que eras desde el principio, Amelia. Yo solo te mostré el reflejo.
Cerré los ojos.bEl reflejo. Esa palabra me perseguía.
Pasaron los días, y cada reunión se volvió una guerra.
Directivos que no confiaban en mí, inversionistas que me miraban con duda o con deseo. Aprendí a reconocerlos a todos. Aprendí a usar su miedo como moneda. El poder tiene un lenguaje, y ahora lo hablaba con fluidez.
Pero cada noche, al volver al penthouse vacío, el silencio me devoraba. El reloj seguía marcando la hora exacta en la que Alexander desapareció. 00:00. Medianoche. El límite entre lo que fui y lo que ahora era. Una vez, mientras revisaba archivos, encontré un documento olvidado. Sin firma, sin fecha. Solo una frase:
Cuando creas haberme superado, mírate al espejo. Si ves algo más que mi sombra, habrás ganado.
Esa noche soñé con él. Lo vi de pie, en la lluvia, con la camisa empapada y los ojos dorados brillando entre la oscuridad.
—¿Por qué volviste? —le pregunté.
—Nunca me fui.
Desperté sobresaltada, con la sensación de que alguien me observaba. Corrí a la ventana. En el edificio de enfrente, entre las luces del amanecer, una silueta rubia desapareció detrás del vidrio. No podía ser. No podía…
A la mañana siguiente, un ramo de rosas negras esperaba sobre mi escritorio. Sin tarjeta. Solo una cinta dorada atada en el tallo central. Mi asistente lo notó.
—¿Quiere que lo tire, señorita Rivas?
—No —respondí— Déjelo.
Las flores olían a tormenta. A Alexander. Y debajo del jarrón, encontré una nota escrita a mano.
El poder no te cambió. Solo te reveló.
— A.
Mis dedos temblaron. Esa letra era suya. Lo sentí en cada sílaba. En cada trazo. Vivo. O peor: cerca. Esa noche, un correo electrónico llegó a mi cuenta privada. Sin asunto. Sin remitente. Solo un archivo adjunto:
VaronLegacy.mp4
Lo abrí. La pantalla mostró a Alexander, de pie en una habitación oscura. Su voz era la misma, pero sus ojos… tenían algo nuevo. Una calma inquietante.
Sabía que llegarías hasta aquí. Creí poder destruir mi legado, pero no entendí que tú eras parte de él. Amelia, no busques redención. No hay pureza en el poder, ni consuelo en el amor. Si decides seguir adelante, destruye mi apellido.
Si decides buscarme, perderás lo que te queda de luz.
El video se cortó. Y por primera vez en mucho tiempo, lloré. No por él.nSino por la certeza de que no podría dejar de buscarlo. Los días siguientes fueron una repetición de sus sombras. Una llamada que se cortaba cuando decía mi nombre..Un reflejo en el ascensor.nUna nota en la chaqueta. Todo indicaba que él estaba allí, vigilándome. Y cuando por fin decidí enfrentar la posibilidad, lo supe: Alexander Varon no había muerto. Solo estaba esperando el momento exacto para volver a reclamar lo que siempre creyó suyo..A mí.
Esa noche, mientras apagaba las luces del edificio, mi reflejo en el cristal me devolvió una mirada que no era la mía. Y una voz familiar susurró detrás de mí:
Te dije que el silencio también tenía dueño.