Dueño De Mi Silencio

El regreso del silencio

Amelia

Han pasado seis semanas desde la última nota. El reloj dorado volvió a detenerse en medianoche, como si el tiempo se negara a seguir sin él. Y sin embargo, cada rincón del edificio me grita su nombre.

A veces lo huelo entre las sombras, su perfume inconfundible: madera, lluvia y tormenta. Otras veces lo escucho respirar cuando cierro los ojos. No estoy loca. Él está aquí. Esta mañana, un correo anónimo llegó a la cuenta interna de la empresa. Sin remitente. Sin firma. Solo una frase en el asunto:

Nuevo inversionista confirmado.

El nombre adjunto me hizo perder el aire.
Evan D’Artois. Un apellido que no existía hace un mes. Un rostro que aún no había visto. Pero la letra del informe era suya.

Alexander.

La reunión era a las ocho. Entré a la sala antes que nadie, fingiendo calma, aunque el corazón me martillaba el pecho. Los demás ejecutivos charlaban sin sospechar nada. Y entonces la puerta se abrió. La sala enmudeció. Entró él. El cabello ligeramente más corto, la barba descuidada, los ojos ocultos tras gafas oscuras.. Traje negro, corbata gris, presencia intacta.

—Señores —dijo con voz grave— es un placer conocerlos.

El mundo se detuvo. Yo también. Sus palabras, su postura, su sonrisa apenas insinuada.. Era él. Alexander. .Vivo. Cambiado, pero innegable.

—¿Se encuentra bien, señorita Rivas? —preguntó uno de los directivos.

Asentí con un esfuerzo que dolió.

—Perfectamente.

Él me miró solo un instante, apenas lo suficiente para que nuestras miradas se encontraran. Y en ese instante, todo volvió.

El miedo.
El deseo.
El caos.

—¿Nos conocemos? —preguntó, fingiendo cortesía.

—No lo creo —respondí con la misma máscara.

Mentimos los dos. Los dos sabíamos quién era el otro. Los dos estábamos actuando. La reunión continuó, pero las palabras eran ruido. Solo podía pensar en lo que significaba su regreso. ¿Por qué volver?
¿Por qué así? Cuando terminó, todos salieron. Todos menos él. Yo también debía irme, pero algo me detuvo. Su voz.

—Amelia.

Mi nombre en su boca. Lo pronunciaba como si fuera propiedad suya. Me giré lentamente. Él se quitó las gafas. Los ojos dorados, intactos.

—Sabía que me reconocerías —dijo con una calma que dolía.

—No deberías estar aquí.

—Y sin embargo, vine.

—¿Por qué?

—Porque no supe vivir fuera de tu silencio.

Sus palabras me temblaron en la piel.

—Me hiciste creer que estabas muerto.

—Y lo estuve. Hasta ahora.

Alexander

La vi antes de entrar. Su postura, su mirada fría, el modo en que sujetaba la pluma como un arma. Ya no era la misma. Era mejor. Más peligrosa. Mi creación perfecta. Y mi ruina. Sabía que no debía volver. Pero las sombras no pueden quedarse quietas cuando la luz las nombra. Y ella era mi luz más oscura.

Nos quedamos frente a frente, solos. Su perfume era distinto, más fuerte, más caro. El de una mujer que había aprendido a mandar.

—¿Qué quieres de mí, Alexander? —preguntó.

—Lo mismo de siempre. Verte elegir.

—Entre qué.

—Entre el amor y el poder.

Ella rió, sin humor.

—Ya elegí.

—¿Y cuál ganará cuando me mires otra vez como antes?

Su silencio fue mi respuesta. Y en ese silencio, supe que todavía me pertenecía. No por voluntad. Sino por destino.

Amelia

No lo detuve cuando se acercó. No lo empujé cuando su mano rozó el borde de mi escritorio.

—¿Qué buscas, Alexander?

—Redención.

—No la encontrarás aquí.

—Lo sé. Pero tú estás aquí.

Me incliné hacia adelante.

—Te destruí una vez. Puedo hacerlo de nuevo.

—Hazlo —susurró con esa sonrisa que quemaba— Pero recuerda que cuando destruyes al monstruo, una parte de ti muere con él.

Su voz fue un veneno dulce. Y antes de irse, dejó sobre la mesa una llave dorada.

—Ábrelo cuando estés lista —dijo.

—¿Qué es?

—Mi silencio.

Y salió sin mirar atrás..Pasé toda la tarde observando esa llave. Brillaba como un recuerdo. Como una tentación. A medianoche, la llevé al ascensor privado. El panel reconoció el código grabado en el metal. -1. Nivel restringido.

Las puertas se cerraron. El ascensor descendió. El aire se volvió más frío. Cuando las puertas se abrieron, vi la habitación. Oscura, intacta, perfumada de pasado. El refugio que él había construido años atrás. Y en el centro, una nota sobre el suelo.

Bienvenida de nuevo, Amelia. Si estás aquí, el juego volvió a comenzar.

Detrás de mí, la puerta se cerró sola. Las luces se apagaron. Y su voz, inconfundible, susurró desde la oscuridad:

Esta vez, no vine a perderte.

El ascensor subió vacío a la superficie. En el registro digital, solo un nombre quedó grabado en el último acceso:
A. Varon.




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