Dueño De Mi Silencio

El Juego

Amelia

La puerta se cerró tras de mí con un sonido seco, como un sello. No había vuelta atrás. El aire olía a madera, a lluvia, a él.

Las luces se encendieron poco a poco, revelando lo imposible: una habitación idéntica a la oficina superior. Cada detalle, cada cuadro, cada libro….Un reflejo perfecto del lugar donde todo había empezado. Y en el centro, de pie, Alexander. Sin el traje, sin la máscara de ejecutivo. Solo él. El hombre detrás del imperio, del monstruo, del mito.

—Sabía que vendrías —dijo.

—No me dejaste otra opción.

—Siempre hay opción. Solo que tú nunca elegiste huir.

Su voz era baja, contenida, pero cargada de electricidad. Yo podía sentirla en la piel.

—¿Qué es este lugar?

—Nuestro tablero —respondió con calma—
El mismo en el que alguna vez te enseñé a jugar.

—¿Y cuál es la partida esta vez?

—La misma de siempre. Quién domina a quién.

Caminé hasta él. El tacón resonó contra el mármol, cada paso una amenaza.

—¿Y si ya gané? —pregunté.

—Entonces ¿por qué estás temblando?

Su sonrisa no era cruel. Era sabia. La sonrisa de quien conoce el poder que tiene sobre ti y no lo necesita demostrar. Me detuve frente a él. Su respiración rozaba la mía. Y por un instante, el tiempo volvió a ser solo un rumor.

—No volveré a ser tu creación —dije con firmeza.

—No lo eres.

—¿Entonces qué soy?

—Mi consecuencia.

El silencio se volvió una presencia viva entre ambos. Cada mirada, cada movimiento, cada palabra no dicha, era una provocación. Él extendió la mano hacia el reloj dorado en mi muñeca. Lo tocó con los dedos.

—Sigue funcionando —murmuró— Creí que lo habrías destruido.

—Intenté hacerlo.

—¿Y?

—No pude.

Sonrió apenas.

—Por eso sabía que volverías.

Aparté mi mano, furiosa.

—No me busques más.

—No te busco. Te espero.

—¿Por qué?

—Porque eres la única que puede matarme sin tocarme.

La habitación parecía respirar con nosotros.
Las luces bajaron, el aire se tornó más espeso. Alexander caminó hasta el ventanal subterráneo donde solo se reflejaba nuestra imagen.

—¿Recuerdas lo que te dije la primera vez que entraste en mi vida? —preguntó sin mirarme.

El poder se gana en silencio.

—Y lo aprendiste bien.

Giró hacia mí.

—Pero hay algo que aún no comprendes.

—¿Qué cosa?

—El silencio también puede gritar.

Se acercó. Su sombra cubrió la mía. Y por primera vez, vi miedo en sus ojos.

—¿Qué hiciste, Alexander?

—Te di todo lo que soy. Y ahora no sé quién de los dos está usando al otro.

No pude responder. Porque en el fondo tenía razón. Yo también había aprendido a jugar. A controlar.. A mentir. Quizás la inocencia no muere de golpe; muere de hambre. Y Alexander había sido mi hambre y mi alimento. Di un paso más cerca. Nuestras miradas chocaron como cuchillas.

—Entonces terminemos el juego —dije.

—Como quieras.

Extendió la mano.

—Tócala, Amelia.

—¿Por qué?

—Porque después de hoy, nada volverá a ser igual.

Tomé su mano. Y el mundo se detuvo.

Alexander

No la toqué. No aún. Solo dejé que mi piel sintiera el temblor de la suya, el pulso que no podía mentir. Ella creía haber ganado, pero no entendía que el poder no se mide en control sino en entrega. Y yo, Alexander Varon, me estaba entregando.

—Tienes miedo —dije.

—No.

—Sí. Pero no de mí.

—¿Entonces de qué?

—De ti misma.

Sus ojos se endurecieron.

—Ya no soy la chica que conociste.

—Lo sé. Por eso volví.

Sonreí apenas.

—Siempre amé ver cómo se rompe la perfección. Y tú, Amelia, estás aprendiendo a hacerlo con una elegancia que asusta.

Ella soltó mi mano. Retrocedió un paso.

—¿Cuál es tu objetivo, Alexander?

—Recordarte quién eras antes de convertirme en tu espejo.

—Ya no necesito espejos.

—Entonces mírame sin ellos.

Me acerqué despacio. Su respiración se volvió más rápida. La mía, más contenida. Podía sentir su rabia y su deseo mezclándose.nDos fuegos enfrentados..El amor convertido en un campo minado.

—¿Qué harás conmigo? —susurró.

—Nada que no quieras.

—No me provoques.

—No lo hago. Te conozco.

—No sabes nada.

—Lo sé todo. Incluso lo que no admites.

La miré fijo, sin parpadear.

—Sabes que podrías matarme ahora mismo. Pero no lo harás.

—¿Y por qué no?

—Porque aún me amas.

Amelia

No lo negué. Mentirle sería mentirme. Mi amor por él no era luz. Era un incendio. Una ruina hermosa. Y quizá por eso no podía apagarlo.

—Si es un juego, Alexander —dije con un hilo de voz— ¿cuándo termina?

—Cuando uno de los dos deje de fingir que no está perdido.

Lo miré a los ojos. Los dorados, los que alguna vez creí divinos. Y supe que el juego acababa de empezar.

Al día siguiente, los medios anunciaron que Evan D’Artois, el nuevo inversionista, había comprado el 51% de Varon Enterprises. Y bajo la noticia, una cita suya recorrió todos los titulares:

El poder solo pertenece a quien puede destruir lo que ama.




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