Amelia
El amanecer trajo la noticia como un golpe seco: Alexander Varon, bajo su nuevo nombre, había comprado la mayoría de las acciones de mi empresa. Ya no era un fantasma. Era mi socio. Mi enemigo. Mi maldición con traje nuevo. Las pantallas de televisión lo mostraban sonriente, impecable, anunciando su regreso a los negocios internacionales. El mundo celebraba su audacia. Yo veía su advertencia.
El poder solo pertenece a quien puede destruir lo que ama.
Su frase era más que un lema. Era un reto. Esa mañana, la sala de juntas estaba llena. Cámaras. Periodistas. Inversionistas ansiosos por ver el reencuentro que ninguno entendía. Yo me senté al frente, con la espalda recta, las uñas rojas y una sonrisa afilada. Alexander entró segundos después. Traje negro, corbata borgoña, mirada felina. El aire cambió con su presencia. Siempre lo hacía.
—Señores —saludó con calma— Varon Enterprises vuelve a manos de su creador.
Su voz era una sentencia. Y todos lo aplaudieron. Menos yo.
—Disculpe —interrumpí, con tono frío—, pero su creador está muerto.
—Entonces supongo que soy su resurrección —contestó, con esa sonrisa que alguna vez amé.
Las risas incómodas se apagaron rápido. La guerra acababa de comenzar. Durante el almuerzo corporativo, lo enfrenté. Estábamos solos en la terraza, rodeados de cristal y viento.
—¿Qué quieres, Alexander?
—Verte luchar.
—No tengo por qué hacerlo.
—Claro que sí. El poder te queda bien. Pero aún no sabes cómo usarlo.
—No me subestimes.
—No lo hago. Te admiro.
Su tono cambió, bajo, casi íntimo.
—Eres mi mayor obra, Amelia. Mi reflejo más perfecto.
—No soy tu reflejo.
—No. Ahora eres mi sombra.
Mi respiración se entrecortó. Porque su voz no era arrogante. Era honesta. Y eso lo hacía aún más peligroso. Por la noche, revisé los documentos legales. Su compra era legítima. Había usado un entramado de empresas fantasmas para adquirir el control. Cada movimiento había sido calculado meses antes de su regreso. Me di cuenta de algo: no había vuelto por amor. Había vuelto por mí.
Porque sabía que yo no podía ignorarlo.
Porque entendía que no existe poder más absoluto que el de quien domina tus pensamientos. Tres días después, recibí una invitación. Una cena privada.
Lugar: la antigua mansión Varon, restaurada y ahora propiedad de su nueva compañía.
Motivo: negociar términos de liderazgo compartido.
Sabía que era una trampa. Y aun así, fui.
AlexanderElla llegó a las ocho. Negro. Seda. Fuego contenido. Cuando la vi cruzar el umbral, supe que el juego había cambiado. Ya no era mi creación. Era mi rival. Y la deseaba más que nunca.
—No esperaba menos de ti —le dije al verla tomar asiento con elegancia.
—¿Qué es esto, Alexander?
—Una cena.
—¿Y después?
—Una decisión.
Serví el vino. Ella no lo probó. Sus ojos eran armas. Y yo, su blanco favorito.
—Podrías haberlo dejado todo atrás —dijo.
—No puedo dejar atrás lo que me pertenece.
—Ya no soy tuya.
—Entonces ¿por qué viniste?
Silencio. El más sincero de todos. Caminé hacia ella. Cada paso era una confesión sin palabras.
—No busco dominarte, Amelia.
—¿Entonces qué buscas?
—Entender por qué, después de todo, sigo respirando solo cuando te miro.
Su mirada vaciló apenas. Y ese pequeño temblor fue mi victoria.
—Tú no amas —susurró— destruyes.
—A veces son lo mismo.
Nos quedamos frente a frente. El reloj de la mansión marcó la medianoche. La lluvia comenzó a caer. Ella me miró, desafiante.
—¿Y si te destruyo yo primero?
Sonreí.
—Entonces habrás aprendido mi lección mejor que yo.
AmeliaLa cena terminó, pero la guerra apenas comenzaba. Al salir, lo vi observándome desde el ventanal, como un dios exiliado mirando su creación rebelarse. Y supe que algo dentro de mí había cambiado para siempre. Porque ya no temía perderlo. Temía ser él.
Esa noche, los titulares anunciaron la nueva fusión empresarial: Varon-D’Artois Group. Pero solo una persona conocía la verdad: no era una alianza. Era una trampa de amor y poder. Y el próximo movimiento, lo haría ella.