Dueño De Mi Silencio

La Reina y el Monstruo

Amelia

El nombre Varon-D’Artois Group recorría las portadas como un incendio. La fusión más ambiciosa del año, decían. La unión de dos mentes brillantes, susurraban. La reaparición del monstruo, pensaba yo.

Alexander se movía como una sombra en la prensa: elegante, inalcanzable, carismático. Y yo, en cada entrevista, sonreía con el mismo control con que se empuña un arma. No había vuelta atrás. El tablero estaba armado. Y por primera vez, el monstruo no era solo él.

Durante la gala de inauguración, el salón relucía con cristales y luces doradas. La élite de la ciudad se reunía para celebrar el nuevo imperio. Yo llevaba un vestido negro que parecía beber la luz. Él, un traje a juego. Dos piezas del mismo pecado. Nos saludaron como pareja perfecta. Sonreí. Porque el infierno también sabe disfrazarse de amor. Alexander se acercó con una copa de vino y una mirada que lo decía todo.

—A los que no saben perder —brindó.

—A los que aprenden a fingir que ganaron —contesté.

Su sonrisa fue lenta, peligrosa.

—Ya sabes que nunca fingo.

—Entonces deberías empezar.

Me giré para saludar a un inversionista, pero él se inclinó hasta rozarme el oído.

—¿Estás jugando conmigo, Amelia?

—No. Te estoy devolviendo la partida.

Durante la cena, cada palabra era una guerra silenciosa. Cada gesto, una amenaza envuelta en elegancia. Él hablaba de negocios, yo de futuro. Pero en el fondo, ambos hablábamos de lo mismo: quién dominaría al otro primero. Hasta que, de repente, mencionó algo que no debía saber.

—El informe de Zurich. —Lo dijo con calma, como quien deja caer una bomba en medio del silencio.— Interesante que movieras fondos a nombre de la fundación Rivas.

Me tensé.

—No sabes de qué hablas.

—Oh, sí sé. Lo supe antes que tú lo hicieras.

Sonrió.

—Creí que te gustaba el juego limpio.

—Nunca jugamos limpio, Alexander.

—Por eso te amo.

Sus palabras me helaron. No porque fueran dulces, sino porque eran verdad. Cuando la gala terminó, lo encontré en el balcón. Solo. Mirando la ciudad como un rey cansado.

—¿Por qué sigues haciéndolo? —le pregunté.

—¿El qué?

—Provocarme.

—Porque solo reaccionas cuando sangras.

Me quedé muda.

—¿Tú crees que esto es amor? —dije al fin.

—No —susurró—.Es necesidad. Y la necesidad es más duradera que el amor.

Alexander

Ella estaba más hermosa que nunca.
No por el vestido, ni por el poder que había conquistado. Sino por la oscuridad que ahora llevaba dentro.

Esa oscuridad tenía mi nombre. La observé alejarse entre la multitud, saludando, sonriendo, reinando. Y comprendí lo inevitable: Amelia ya no era mi creación. Era mi castigo. Horas después, mientras el mundo dormía, supe que algo estaba mal. Un mensaje anónimo en mi teléfono: Revisa tus cuentas.

Lo hice. Y mi sangre se heló. Amelia había vaciado una de mis filiales. Un movimiento quirúrgico, perfecto, irreprochable. Mi propio truco usado contra mí. Sonreí en la oscuridad. Era brillante. Cruel. Irresistible.

Amelia

El ruido del éxito no deja dormir. Tampoco el del miedo.

Sabía que Alexander descubriría mi jugada. De hecho, lo deseaba. Cada paso mío estaba pensado para provocarlo. Él me enseñó que el control se gana a través del desequilibrio. Y ahora, él era quien estaba cayendo. O al menos, eso creía. Dos noches después, una caja apareció frente a mi puerta. Sin remitente. Solo mi nombre escrito con tinta dorada. Dentro, un reloj. Idéntico al suyo. Y una nota:

Cada reina necesita un monstruo. Pero nunca olvides que el monstruo siempre se despierta primero.

Esa madrugada, el sistema de seguridad de la torre se reinició solo. Las luces parpadearon.
El ascensor bajó sin que yo lo llamara. Y cuando las puertas se abrieron, su voz emergió de la oscuridad:

¿Pensaste que podrías vencerme con mis propias armas?

Mi corazón se detuvo. La figura que avanzaba entre las sombras tenía la calma del peligro. Alexander. De regreso al tablero. De regreso a mí.

La puerta del ascensor se cerró lentamente detrás de él. Y por primera vez, entendí que el monstruo nunca había huido.
Solo había estado esperándome para enseñarme a rugir.




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