Amelia
El ascensor descendía con un zumbido lento, constante. Las luces de emergencia teñían todo de rojo. Mi reflejo en el metal me devolvía una mujer que ya no conocía: ojos vacíos, labios tensos, alma fracturada. Sabía que él me esperaba abajo. Alexander nunca hacía nada sin motivo. Si me había traído a ese punto, era porque el siguiente movimiento del juego sería brutal.
Las puertas se abrieron. Y allí estaba él. De pie en medio del vestíbulo oscuro, con la calma de quien controla incluso el caos. Su sombra parecía más alta, más real que su cuerpo. Y su voz, cuando habló, sonó como una sentencia:
—Sabía que vendrías.
—Nunca aprendiste a no provocarme —respondí.
—Y tú nunca aprendiste a resistirte.
Caminé hacia él. El suelo brillaba con el reflejo del reloj dorado que llevaba en la muñeca. Era idéntico al mío, pero el suyo marcaba otra hora.
—¿Qué hora crees que es? —preguntó.
—Medianoche —respondí sin dudar.
Él sonrió, esa sonrisa que quemaba y destruía.
—Para ti. Para mí, es la hora de volver a empezar.
Me observó con una mezcla de orgullo y tristeza.
—Mírate, Amelia. Ya no tiemblas. Ya no dudas. Eres la reina que siempre quise.
—No digas eso —susurré— No me hagas parecer tu obra maestra.
—No lo eres —respondió— Eres mi reemplazo.
Sus palabras me atravesaron. Y por un instante, sentí miedo. La habitación en la que estábamos era una réplica exacta de su antigua oficina, pero con un detalle diferente: en el centro, había un trono. Negro. De hierro y cristal. Vacío.
—Siéntate —ordenó.
—No voy a hacerlo.
—No te estoy pidiendo permiso.
—Ya no obedeco tus órdenes.
—Entonces obedece a tu curiosidad.
Lo odiaba por conocerme tanto. Y aún más, por tener razón. Me senté. El metal estaba frío, pero se sentía correcto. Como si el trono hubiese estado esperándome desde siempre. Él se acercó lentamente, hasta quedar frente a mí.
—¿Sabes lo que significa, Amelia? —preguntó—Sentarte ahí.
—Sí.
—Entonces dilo.
Lo miré a los ojos.
—Significa que el monstruo ya no eres tú.
Alexander sonrió apenas.
—Bienvenida al poder.
Pasaron minutos o siglos. No lo sé. El tiempo dejó de tener sentido cuando entendí su plan. Todo ese juego, toda esa guerra… había sido para esto. No buscaba destruirme. Buscaba convertirme.
—No quiero tu trono —le dije.
—Demasiado tarde. Ya lo tomaste.
—¿Y qué pasa contigo?
—Yo ya no tengo lugar en este mundo.
Sus ojos dorados tenían un brillo extraño.
Una calma que me asustaba.
—¿Qué hiciste, Alexander? —pregunté.
—Lo que tenía que hacer. Dejé de existir en los papeles. Todo lo que fui ahora te pertenece.
Mi corazón se detuvo.
—¿Me estás… cediendo el imperio?
—Sí. A cambio de una sola cosa.
—¿Cuál?
—Tu promesa.
—¿Qué promesa?
—Que cuando llegue el momento, no intentarás salvarme.
No entendía. Hasta que el sonido de las alarmas me despertó del estupor. El sistema de seguridad empezó a fallar. Las cámaras, los sensores, todo. Corrí hacia los monitores. Imágenes caóticas: explosiones en las plantas inferiores, fuego en los servidores, humo en los pasillos.
—¿Qué hiciste? —grité.
—Liberé a la empresa de mí —dijo con serenidad.
—¡Te volviste loco!
—No, Amelia. Me volví libre.
Intenté acercarme, pero él dio un paso atrás.
Sus ojos se suavizaron.
—Tú no entiendes… todo esto era una jaula. La construí para controlarlo todo, incluso a ti. Pero ahora quiero que seas tú quien decida el final.
—¡Detén esto!
—No puedo. Ya empezó.
El humo se filtraba por las rendijas del techo.
Las luces parpadeaban. Y, aun así, él parecía en paz.
—¿Por qué haces esto? —susurré.
—Porque me enamoré de lo único que no podía controlar.
—¿Y eso justifica destruirlo todo?
—Sí. Porque de las ruinas nacen las cosas reales.
Quise golpearlo. Quise odiarlo. Pero lo único que pude hacer fue llorar.
Él se acercó. Me tomó el rostro entre las manos. Su tacto era cálido, familiar, devastador.
—No llores, Amelia. El poder se hereda, pero el silencio el silencio se conquista.
Su voz se quebró..Por primera vez, el monstruo parecía humano. El fuego se acercaba. Las paredes temblaban. El sistema principal colapsó. Alexander me empujó hacia el ascensor de emergencia.
—Vete.
—No.
—¡Vete!
—No sin ti.
—Prometiste no salvarme.
—No te di mi palabra todavía.
Él sonrió, esa sonrisa final que jamás olvidaré.
—Entonces hazlo ahora.
Las puertas del ascensor se cerraron. Golpeé el vidrio, grité su nombre, pero el mecanismo ya había sido sellado. A través del humo, lo vi caminar hacia el trono. Y sentarse.
El fuego lo envolvió..Y aun así, no se movió..Su silueta era un monumento de luz y destrucción. El monstruo muriendo en su propio reino.
Horas despuésDesperté en el hospital..La prensa hablaba del colapso misterioso de Varon-D’Artois Group.
Explosión eléctrica, dijeron..Falla estructural.
Nadie sabía la verdad. Yo sí. Y cuando el inspector me entregó el único objeto recuperado del incendio, comprendí el mensaje final de Alexander. Era su reloj. Congelado en el tiempo. 00:00. Medianoche. El punto exacto donde todo comenzó. El punto exacto donde todo terminó.
Semanas más tarde, regresé a las ruinas. Entre el humo y el polvo, se alzaba el esqueleto del edificio. Y en el centro, una sola pared seguía en pie. Sobre ella, pintado con tinta quemada, un mensaje.
La reina sin corona no gobierna reinos.
Gobierna corazones.
Lo leí una y otra vez, hasta que el viento se llevó el polvo. Y por primera vez, entendí:
Alexander no me había destruido. Me había liberado.
Pero su sombra seguía allí. En mi mente. En mis decisiones. En cada respiro. Y aunque el mundo creyó que había muerto yo no podía creerlo. Porque el reloj, cada noche, volvía a moverse. Solo a medianoche. Solo cuando soñaba con él.