Amelia
La palabra brillaba en la pantalla como una maldición:
Medianoche. Penthouse. — A.
No era una invitación. Era un comando. El ascensor privado ascendió sin música. Solo el rumor del cable, el latido del metal, mi respiración contenida. Al cruzar las puertas, el penthouse me devolvió la ciudad entera: vidrio, lluvia, luces que parpadeaban como secretos mal guardados.
Lo supe antes de verlo. Estaba allí.
—Pensé que no vendrías —dijo su voz desde la penumbra.
Di dos pasos.
—Pensaste mal.
El olor a tormenta me alcanzó primero; luego, la silueta. Traje oscuro. Cabello rubio más corto. Herida cicatrizada en la ceja..Los ojos dorados, intactos.
Alexander.
—¿Eres tú… o tu máscara nueva? —pregunté.
—Ambos —sonrió con cansancio— Evan muere al amanecer. Alexander vuelve a medianoche.
No me acerqué..Él tampoco. Entre nosotros, la mesa de mármol. Encima, dos sobres negros, una llave dorada y un reloj idéntico al mío.
—¿Qué es esto?
—El final de un lenguaje que escribimos con silencio.
—Habla claro.
—A medianoche, siempre fuiste más valiente —murmuró— Está bien. Sobres: Veritas y Pacto. Llave: abrirá lo que te debo. Reloj: decidirá si continúo siendo tu monstruo… o tu herencia.
—Dijiste que moriste.
—Y lo hice. A mi manera.
Tomé el primer sobre: Veritas. Dentro, documentos. Informes con mi nombre, fechas antiguas, tablas. Proyecto Rivas. Mi pulso se aceleró. Eran iguales a los que Adrian me mostró… salvo por un detalle: anexos notariales, peritajes de tinta, cadenas de custodia, grafólogos.
—¿Falsificados? —susurré, sin aire.
—Manipulados —corrigió— Adrian colecciona espejos que deforman. Y yo te dejé frente a ellos.
—¿Por qué?
—Porque el amor sin duda es idolatría, y yo no quería que me idolatraras. Te necesitaba libre para decidir si me destruías con verdad o con versiones.
El piso pareció moverse.
—¿Fui tu experimento?
—Fuiste mi error… más humano —bajó la voz— Te protegí, sí. Te busqué, también. Pero no te fabriqué, Amelia. No soy Dios. Por desgracia, solo soy yo.
—Adrian dijo…
—Adrian siempre dice lo que alguien necesita creer.
Quise creerle. No pude. No aún. Abrí el segundo sobre: Pacto..Un contrato. Breve. Preciso. Letra de Alexander.
Co-dominio: Amelia Rivas será la única decisora final de todas las operaciones. Evan D’Artois cede el 51% irrevocable a nombre de Amelia Rivas.
Firmas: la suya. Faltaba la mía.
—¿Ahora me das lo que quemaste?
—Te lo doy sin jaula —dijo—. El poder no sirve si te asesina desde adentro.
—¿Y cuál es el precio?
—Tu verdad. No conmigo. Contigo.
La llave dorada tintineó entre nosotros.
—¿Qué abre? —pregunté.
—La única puerta que nunca abrimos —dijo— La de mi culpa.
No llegué a tomarla..La sombra se separó del cristal del ventanal, como un segundo reflejo que decide vivir.
—Lo sabía —dije, helada— Estaba aquí.
El hombre de la sombra aplaudió una vez, despacio. El eco fue una risa sin sonido.
Adrian.
—No espoilees, querida —su voz fue seda y veneno— D’Artois, Varon, Rivas qué familia tan devota.
Alexander no se movió. Yo tampoco.
—¿Viniste a matar lo que queda de nosotros? —pregunté.
—No soy burdo —dijo Adrian— Vine a ofrecerte algo que él no puede: un mundo donde no cargues con su culpa.
Se acercó a la mesa. No tocó nada. Solo inclinó la cabeza, estudiando mi rostro.
—¿Sabes por qué te eligió, Amelia? Porque eras la única capaz de no idolatrarlo. ¿Sabes por qué te quiero yo? Porque puedes mirarme y ver que no necesito excusas para ser monstruo.
—Qué honesto —dije, amarga — Qué cómodo.
Se rió sin ganas.
—La comodidad es para los vivos.
Giró hacia Alexander con una ternura perversa.
—Hermano, tu tragedia favorita siempre fue confundir culpa con amor.
—Y la tuya, confundir poder con existencia —replicó Alexander.
Los dos me miraron. El mismo oro en los ojos; distinta temperatura en la mirada. Uno ardía. El otro congelaba.
—Elige —dijo Adrian—. Pero elige de verdad.
—¿Entre qué? —pregunté.
—Entre Veritas y Pacto —dijo Alexander, sin quitarme la vista—. Entre creer en la versión que duele y la que te da futuro. Entre salvarme o salvarte.
—No te atrevas —susurró Adrian, con una sonrisa helada— Ella no es tu confesionario. Es tu sentencia.
El reloj marcó 00:00. Las luces bajaron como si la medianoche fuera un telón.
—Te enseñé a escuchar el silencio —dijo Alexander— Ahora escúchate a ti.
—Escúchame a mí —susurró Adrian, acercándose apenas— Tú naciste cuando él te miró. Yo nací cuando dejé de hacerlo.
—Basta —dije— Ninguno decide sobre mi origen.
Tomé aire como quien toma impulso en la orilla de un abismo..Agarré la llave..Alexander no sonrió: cerró los ojos, como si se preparara para un veredicto. El cuarto oculto estaba detrás del panel de madera, donde la ciudad se hacía espejo. La cerradura era antigua. La llave entró con un clic perfecto, casi íntimo.
Adentro: una caja fuerte. La clave no era un número. Era mi nombre. Como en la Fundación, como en la caja de Adrian, como en todo. La abrí. Y el mundo cambió de eje. No había expedientes ni grabaciones. Había cartas. A mano. Año tras año. Firmadas por mi madre. Mi garganta se cerró. Leí la primera, apenas pude:
Amelia, si lees esto es porque él cumplió su promesa. No la que te haría daño: la otra. La de no reclamarte como algo suyo.
Otra carta, otro año:
No es un santo. Es un vértigo. Pero te salvó de mi error, y sé que no te dirá nunca cómo. El precio de protegerte fue odiarse.
Y una más, deshilachada en los bordes: