Amelia
El mensaje temblaba en la pantalla como un pulso ajeno.
Última jugada: Verdadero o Consecuencia.
Y un audio adjunto: mi voz. Una frase que no recordaba haber pronunciado jamás. Durante un largo minuto solo lo miré. El café a medio terminar, la madrugada atravesándome los huesos, la ciudad respirando sin mí. Había vuelto a empezar.
Siempre volvía a empezar. Presioné play.
Mi voz rota, jadeante, como después de un incendio emocional dijo:
Prometo que si vuelves a desaparecer te seguiré hasta donde el silencio me mate.
Solté el teléfono. El mundo se hundió en un latido seco.
—No… no dije eso… —murmuré.
Excepto que sonaba exactamente como yo.
Mi respiración. Mi tono..Mi forma de quebrarme cuando se trataba de él. No era un montaje. Era yo. En algún momento que no recordaba. O que no quería recordar. Me levanté tan rápido que la silla cayó. El barista me miró. No le di tiempo a hablar. Salí. La calle estaba vacía. Demasiado vacía. Y entonces vibró otra vez.
Remitente desconocido:
Aurora 33. Nivel -2. Ven sola.
La tarjeta negra. El sobre. El mensaje. Todo era parte de una obra escrita por un solo autor. O dos, si contaba a Adrian. Era una trampa, sí. Pero yo también era una trampa.
Y Alexander lo sabía. Tomé un auto. El conductor no habló. Yo tampoco. Aurora 33 era un edificio antiguo, industrial, restaurado a medias. Ventanas negras. Puertas sin letreros. Un monstruo dormido bajo la lluvia.
El nivel -2 no estaba indicado. El ascensor era manual. Tipo jaula. Crujía como si guardara secretos en los dientes. Cuando las puertas chirriaron hasta cerrarse, supe que no estaba sola. Un perfume familiar. Y un reloj marcando una hora que no correspondía. Medianoche. Siempre medianoche. La jaula bajó. El aire se enfrió.
Las luces fallaron. Y entonces, al abrirse, la oscuridad tomó forma.
Alexander.
Vestido sencillo, negro. Sin corbata. Sin máscara. Y con la mirada de alguien que ha renunciado a todo menos a ti.
—Llegaste —susurró.
—Tenías dudas.
—Nunca.
Me acerqué. Pero antes de tocarlo, una luz suave se encendió detrás de él. Lo entendí al instante: la habitación no era una base secreta. Era un escenario. Una cámara. Un reflector tenue. Y en el centro, una mesa con tres objetos: una grabadora, una caja pequeña, un contrato doblado.
—¿Qué es esto, Alexander?
—La conclusión inevitable —respondió— Nuestro Verdadero o Consecuencia.
—¿Y quién escribió las reglas?
—Tú.
Me quedé helada. Él señaló la grabadora.
—Ese audio que escuchaste lo dijiste hace cuatro meses. Justo después de la muerte de Adrian.
—Adrian no está muerto. Lo vimos.
—Lo viste hace poco, sí. Pero cuatro meses atrás era otro Adrian. Uno que te salvó de mí. Y que casi te mata en el proceso.
Me mareé. Las piezas se movían solas.
Ninguna encajaba.
—¿Qué hiciste?
—Nada de lo que no hayas pedido.
—¡Déjate de acertijos!
Entonces lo dijo. Con voz baja. Cansada.
Aterrizantemente real.
—Perdiste la memoria de tres días. Y yo fui el único testigo.
El aire desapareció. Literalmente desapareció. Me apoyé en la mesa. Él no se acercó. Como si tocarme fuera romper un vidrio demasiado fino.
—No estás aquí para amarme —continuó— Estás aquí para recordar qué hiciste tú.
—¿Qué hice?
Él tomó la caja. La abrió lento..Y dentro un objeto metálico, doblado, con mi nombre grabado. Una llave. La misma que yo usé para abrir el cuarto oculto en su penthouse.
Pero esta estaba rota. Como si yo misma la hubiera partido contra el suelo.
—Intentaste destruir todo lo que te vinculaba conmigo —dijo— Pero antes me obligaste a prometer algo.
—¿Qué cosa?
—Que si alguna vez olvidabas lo que somos me encargaría de devolverte la verdad. Aunque te hiriera. Aunque me destruyeras.
Me temblaron las manos.
—Y yo acepté —añadió él— Porque soy tu consecuencia. No tu dueño.
Empujó el contrato hacia mí.
—Esto es el Verdadero.
Lo abrí. Una frase, escrita a mano.
Yo, Amelia Rivas, elijo recordar.
Y otro renglón, vacío, esperando mi firma. La grabadora era la Prueba.
Y la llave rota, la Consecuencia.
—¿Cuál elijo? —pregunté, con un hilo de voz.
—No elijas nada aún —respondió él— Primero mira quién más está jugando.
Apagó la única luz. Un segundo foco se encendió en la esquina opuesta. Allí. Apoyado en la pared. Sonriendo como quien observa un incendio que ayudó a encender.
Adrian.
—Nunca aprende, hermano —dijo— Tú la arrastras al pasado y ella intenta renacer.
Pero siempre vuelve aquí. A nosotros.
Mi corazón golpeó costillas que ya no podían protegerme.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—¿No lo entiendes todavía? —dijo con suavidad venenosa— No vine a elegir por ti.
Vine a impedir que te engañes a ti misma.
Alexander tensó la mandíbula. Adrian dio un paso adelante. Dos sombras. Un mismo origen. Una misma guerra. Y yo en medio.
—Elige, Amelia —susurró Adrian— Elige qué parte tuya merece sobrevivir.
La grabadora. La llave rota. El contrato vacío. Tres destinos. Tres pasados. Tres futuros. Y a medianoche, siempre medianoche uno de los tres tendría que morir.
Respiré hondo. La ciudad me sostuvo desde arriba, como un testigo silencioso. Tomé una decisión.bY cuando levanté la mirada vi cómo ambos hombres palidecían.
—No, Amelia —murmuró Alexander.
—No te atrevas —dijo Adrian.
Pero ya era tarde. Había elegido. Elegí el objeto que ninguno esperaba. No la llave. No el contrato. Elegí la grabadora. Y cuando presioné REC, mi voz dijo algo que ninguno de los dos conocía…