Amelia
El penthouse estaba oscuro. Las luces de la ciudad dibujaban sombras en el vidrio, pero ninguna era tan reconocible como la suya. No necesitaba verlo. Lo sentí. Como siempre.
—Sabía que vendrías —dijo su voz, profunda, grave, perfectamente controlada.
Me quedé quieta. Apenas pude respirar.
—Hace semanas que no apareces —respondí sin girarme— Y ahora me ordenas venir.
—No te ordené nada. Te di un lugar. Y tú elegiste venir.
Mi pulso se aceleró. Siempre usaba mis verdades contra mí pero yo había aprendido.
—Tu ausencia no te vuelve dueño de mis pasos, Alexander.
—No.
—Entonces ¿por qué volví?
—Porque siempre vuelves a lo que te marca la piel.
Sentí que mis piernas temblaron. Supe que caminó hacia mí antes de escucharlo. Él siempre era así: silencioso, eficiente, inevitable. Me giré. Ahí estaba. Cabello rubio, un poco más largo. Traje negro, camisa abierta en el cuello. Ojos dorados que quemaban más de lo que miraban. Había vuelto. Y yo estaba perdida otra vez.
—¿Por qué regresaste? —pregunté.
Él sonrió con un dolor elegante.
—Porque tú dejaste de huir.
—No estaba huyendo.
—Siempre huyes de lo que te hace sentir demasiado.
Dio un paso. Yo retrocedí uno. Su mirada descendió a mis labios.
—¿Vas a correr ahora también? — susurró.
—No.
—Bien. Porque yo tampoco pienso huir.
Su mano rozó mi mejilla. Apenas un contacto. Pero suficiente para romperme. Todo lo que había construido sin él toda mi fuerza, toda mi frialdad se estremeció bajo ese toque.
—No esperaba que volvieras —admití.
—Lo sé.
—No quería.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué vuelvo a necesitarte?
—Porque yo soy el pecado que elegiste. Y los pecados elegidos no se olvidan, Amelia.
Su voz bajó. Casi una caricia.
—Tu vida siguió sin mí —dijo— Pero tu corazón no.
No pude negarlo.
AlexanderElla estaba más fuerte. Lo veía en su postura, en la forma en que levantaba el mentón, en cómo sostenía mi mirada sin romperse. Pero también veía otra cosa. Algo nuevo. Algo que me quitó el aire: Dolor. Mi dolor en ella. Su dolor en mí.
—Has cambiado —dije.
—Tú no —respondió.
—Oh, Amelia… claro que cambié —sonreí sin alegría— Te perdiste la parte en que intenté olvidarte.
—¿Lo lograste?
—No. Y tampoco lo intenté demasiado.
Su respiración tembló. La mía también, aunque jamás lo admitiría.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó.
La verdad se deslizó antes de que pudiera disfrazarla:
—Lo que siempre fue mío.
Sus ojos se abrieron con un sobresalto. No por miedo. Por reconocimiento.
—No soy una posesión, Alexander.
—Entonces déjame preguntarlo de otra manera —dije, dando un paso que borró la distancia entre nosotros— ¿De quién eres cuando te miro así?
La forma en que tragó saliva me dio la respuesta. Ella lo sabía. Yo lo sabía. El mundo entero lo sabía.
AmeliaLo odiaba. Lo odiaba por la calma, por la seguridad, por saber exactamente cómo tocar cada parte rota de mí. Lo odiaba porque me conocía más de lo que cualquiera debería conocer a otra persona. Y, sobre todo, lo odiaba porque lo amaba. Ese amor había destruido mis cimientos. Me había vuelto mujer. Y también me había vuelto peligrosa.
—No puedes volver y esperar que todo sea igual —dije.
—No lo espero —contestó, acercando sus labios a mi oído— Pero sí espero que lo quieras.
Un escalofrío me recorrió.
—No vuelvas a desaparecer, Alexander.
—Entonces no me obligues.
—No te obligué jamás.
—Claro que lo hiciste. Cuando dejaste de pertenecerme sin avisar.
Sus palabras quemaron. No por lo que significaban. Sino por cuánta verdad contenían.
—¿Y ahora qué? —susurré.
—Ahora —su mano subió a mi cuello, sin presión, sin violencia, solo presencia— empieza la guerra final.
—¿Guerra entre quiénes?
—Entre tu miedo y tu deseo.
—¿Y tú qué papel juegas?
—Yo soy el deseo, Amelia.
—¿Y si ya no quiero desearte?
—Mientes.
Su frente rosó la mía. Mi mundo cayó.
AlexanderPodía sentirlo. El pulso en su garganta. La tensión en su espalda. El temblor leve en sus labios. Ella me quería lejos. Pero me necesitaba cerca. Esa contradicción era la razón por la que regresé.
—Amelia —mi voz salió grave, rota— No vine a pedir perdón.
—Nunca lo haces.
—Porque no lo merezco.
—Y aun así vuelvo.
—Siempre volverás.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque nadie puede huir del fuego que la marcó primero.
Sus ojos se cerraron un segundo. Solo uno..Fue suficiente. La tomé por la cintura.
Ella no huyó. No esta vez.
—Podría destruirte —susurró.
—Hazlo.
—Y podría salvarme de ti.
—Inténtalo.
—¿Y si lo consigo?
—Entonces muero.
—¿Y si no lo consigo?
—Entonces vives conmigo.
Herida. Hermosa. Mía sin serlo. Libre sin querer serlo. Y yo perdido en ella.
AmeliaLo empujé. No con fuerza. Con rabia. Con desesperación.
—No puedes entrar a mi vida, arrasarlo todo y después pretender que me quede quieta.
Él arqueó una ceja.
—Nunca te pedí que te quedaras quieta.
Siempre quise verte arder.
No pude respirar.
—Te voy a destruir, Alexander.
—Ya lo hiciste una vez.
—Esta vez será peor.
—Lo sé.
—Esta vez no volverás.
—Lo sé.
Dio un paso hacia atrás. El primero desde que lo conocí.
—Pero primero —sus ojos se oscurecieron— tienes que alcanzarme.
Alexander abrió la puerta del penthouse.
La tormenta afuera rugía.
Antes de salir, dijo:
—Te daré una semana. Si no vienes a buscarme desapareceré para siempre.
Se giró apenas, con una sonrisa rota:
—Pero si vienes, Amelia esta vez no habrá escapatoria para ninguno de los dos.