Dueño De Mi Silencio

Una semana

Amelia

El primer día fue fácil. Me repetí que su partida era lo mejor. Que mi vida volvería a alinearse. Que al fin podría respirar sin ese nombre quemándome debajo de la piel.

Me lo repetí tanto que casi lo creí. Pero al despertar, la cama estaba fría. Y mis manos buscaban un cuerpo que ni siquiera debería extrañar.

Alexander.
Alexander.
Alexander.

El nombre era una herida abierta. Me duché.
Me vestí. Fui a la oficina. Durante las primeras horas logré mantener la compostura. Café, reuniones, documentos. La rutina era un edificio inmenso que me protegía del derrumbe. Hasta que abrí la puerta de la sala de juntas.

Y lo vi. Su silla. Vacía. Con la chaqueta que había dejado colgada la noche antes de desaparecer por primera vez. No mía. No para mí. Simplemente él. Me quedé mirando la tela como si fuera un fantasma. Su perfume estaba ahí. Leve. Apenas un rastro. Pero suficiente para romperme.

—¿Señorita Rivas? —preguntó alguien detrás de mí.

No respondí. No podía. Esa silla era un recordatorio brutal: él gobernaba ese lugar. Y aunque yo había intentado convertirme en su reemplazo no existía tal cosa. No hay reemplazos en un infierno hecho a medida.

Día 2

Desperté con una sensación incómoda.
Como si faltara un latido. Tomé un café tan fuerte que me dolió el estómago. Intenté trabajar. Fallé. Me forcé a almorzar. No pude.

Me descubrí revisando el celular cada diez minutos. No buscaba un mensaje. Buscaba una contradicción. Una señal. Un error. Algo que dijera que él aún estaba ahí.

Nada.

Su silencio pesaba como un cadáver. Por la noche, sin querer, llamé al ascensor del penthouse. Subí. Entré. El lugar permanecía igual que cuando lo dejó. Como si el tiempo hubiera quedado atrapado en sus sombras. Recorrí la cocina. La sala. La habitación. Todo estaba intacto. El único cambio era yo. Y esa certeza me aterrorizó.

Día 3

Intenté distraerme reuniéndome con el equipo legal. No lograba concentrarme. Cada frase que escuchaba tenía un subtexto oculto.

¿Dónde está él? ¿Por qué te dejó sola? ¿No piensas ir por él? ¿No te das cuenta de que te está probando?

Mi mente jugaba conmigo. O tal vez era él jugando con mi mente. Alexander siempre había sido capaz de eso. Al llegar a mi auto, encontré un sobre pegado al parabrisas. Su letra. Exacta. Precisa. Oscura. Mi nombre. Solo eso. Busqué alrededor. No había nadie. Nadie. Abrí el sobre. Dentro no había una carta. Había un simple papel, doblado una vez. Una frase escrita a mano:

Si me buscas antes del séptimo día, sabré que me sigues perteneciendo.

El papel tembló entre mis dedos. Me apoyé en el auto. Respiré profundo. Quise romperlo. Quemarlo. Desaparecerlo. No lo hice. Incapaz. Ese hombre me estaba desmoronando incluso desde la distancia.

Día 4

No dormí. Apenas cerré los ojos. La ausencia comenzó a sentirse física. Un vacío frío y expandiéndose dentro de mi pecho. Mi reflejo en el espejo tenía ojeras, la boca tensa, y esa mirada que había prometido no volver a tener. La mirada de alguien que extraña demasiado a quien no debería extrañar. Traté de ignorarlo trabajando. Me enterré en expedientes. Documentos. Planillas. Hasta que escuché a dos empleados hablar al pasar:

—¿Supiste que el director general ya no está?

—Dicen que viajó.

—Dicen que renunció.

—Dicen que dejó algo pendiente.

—Dicen que volverá por ella.

Se me heló la sangre.

Ella.

Sabía que hablaban de mí. Lo sabían todos.
Todos. Ese era su poder: convertirme en leyenda mientras me destruía.

Día 5

El llanto llegó. No fuerte. No desesperado. Silencioso. Preciso. Elegante. Como él. Lloré en mi oficina. Sin motivo. Sin explicación. Era dolor mental, no físico. Dolor emocional, no sentimental. Era extrañarlo más de lo que se puede extrañar a alguien. Era necesitarlo más de lo que se necesita aire. Y odiarme por eso. Cada pensamiento terminaba en él. Cada recuerdo también. Me descubrí diciendo su nombre en voz alta.

—Alexander…

Me senté en el piso. Abracé mis rodillas. Me maldije por rendirme. Pero fue demasiado tarde. Ya estaba rota.

Día 6

Lo sentí. No sé cómo explicarlo. Era una presión en el ambiente. Como cuando él estaba cerca. Pero no era él. Era la sombra de él. Su influencia. Su dominio. Su marca en mi cuerpo y mi mente. Todo lo que había construido sin él comenzó a tambalear. Y por primera vez…

Me di cuenta de que me había estado mintiendo. Nunca fui libre. Nunca estuve recuperándome. Nunca lo dejé atrás. Solo estaba esperando. Esperándolo. Ese reconocimiento me golpeó como un trueno.

Yo. La mujer que juró destruirlo. La mujer que pensó haberlo superado. Yo seguía siendo suya. Y él lo sabía.

Día 7 — Medianoche

No soporté más. Me vestí. Tomé el ascensor. Bajé. Salí. La ciudad estaba en silencio. La lluvia fina caía como cristales líquidos. Caminé sin pensarlo. Mis pasos me guiaron solos. Un edificio oscuro. Un lobby vacío. Un pasillo largo. Una puerta al fondo. El número brillando como un latido:

73.

Mi mano tembló en el picaporte. Respiré.

—No volverás a abandonarme —susurré, aunque él no estaba allí para oírme— No lo voy a permitir.

Empujé la puerta. Y lo vi. De espaldas. Esperando. Como si supiera que vendría. Como si supiera la hora exacta. Como si supiera que no tenía escapatoria. Se giró. Su sonrisa fue la herida más hermosa y dolorosa que jamás me hizo.

—Tardaste —dijo suavemente.

Alexander dio un paso hacia mí. No dudé. No retrocedí. Y él pronunció las palabras que marcarían el destino de ambos:

—Ahora que viniste a buscarme, Amelia no volverás a salir de mi vida. Jamás.




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