Amelia
Había pasado una semana entera intentando convencerme de que no lo necesitaba. Siete días resistiendo su sombra. Siete noches llorando en silencio. Siete madrugadas soñando con su voz.
Y ahora, al estar frente a él otra vez, comprendí una verdad brutal: Nunca existió opción. Nunca hubo alternativa. Nunca tuve elección. Alexander avanzó un paso hacia mí y mis piernas temblaron sin mi permiso.
No por miedo. Por reconocimiento. Él alzó la mano lentamente, como si tocara un animal salvaje que podría huir. Pero no huí. Sus dedos rozaron mi mejilla. Eso fue todo. Apenas una caricia. Pero sentí que esa simple caricia desbarataba todos los muros que había colocado para sobrevivir a su ausencia.
—Pensé que no vendrías —murmuró.
—Pensé que no vendría —respondí, sincera— Pero no pude más.
Sus ojos dorados brillaron con algo que no supe descifrar. Era orgullo. Era alivio. Era posesión. Era amor retorcido y oscuro.
—No quiero volver a necesitarte —dije.
—Y sin embargo estás aquí —susurró, acariciando mi mandíbula con el pulgar— Eso es lo único que importa.
Su voz era un veneno suave, dulce, inevitable. La habitación estaba casi vacía. Un sofá, una mesa, una pared entera de ventanales. Y él. Solo él. El silencio se tensó entre nosotros, el tipo de silencio que solo existe entre dos personas que han sobrevivido juntas a demasiadas cosas.
—¿Dónde estuviste? —pregunté, aun sin mirarlo directamente.
—Lejos. Cerca. No importa —respondió, dando otro paso hacia mí— Lo importante es dónde estás tú ahora.
—No puedes desaparecer de esa manera —le dije, sintiendo el hilo de mi voz romperse— Me dejaste sola.
—Porque necesitabas saber cómo se siente la ausencia —dijo él, mirándome como si fuera algo sagrado— Solo así reconocerías la verdad cuando regresara.
—¿Qué verdad?
—Que me necesitas más de lo que te odias por necesitarme.
Me quedé sin aire. Porque era verdad. Dolorosa. Cruel. Perfecta.
AlexanderElla estaba distinta. Más fuerte. Más firme.
Más fría. Pero también más vulnerable, más cerca de caer en mis manos sin ninguna resistencia. Supe, con solo mirarla, que la semana había logrado su objetivo:.Ella había intentado vivir sin mí. Y había fallado.
—Amelia —la llamé bajito.
Ella levantó la mirada.
Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba.
—Te dolió que me fuera —dije.
—Sí.
—¿Mucho?
—Mucho.
La forma en que respondió tranquila, honesta, sin orgullo me atravesó más de lo que debería. Me acerqué. Su respiración se volvió temblorosa.
—No vuelvas a hacer eso —susurró ella— No vuelvas a dejarme con ese vacío.
—No lo haré… —mentí sin vergüenza— si vienes conmigo ahora.
—¿A dónde?
—A donde no exista nadie más. Ni tu razón.
Ni tu orgullo. Ni tu vida anterior.
Sus ojos se abrieron apenas.
—Quiero que vengas conmigo porque— mi mano bajó a su cintura, suave, reclamante— porque es donde perteneces.
Ella tragó saliva. Y no negó nada.
Amelia—¿Qué planeas hacer conmigo? —pregunté.
Él sonrió como un lobo elegante.
—Lo que siempre debí hacer —respondió— mantenerte donde no pueda perderte otra vez.
—Eso suena a encierro —susurré.
—Es un encierro dulce —corrigió él, rozando mi labio inferior con su pulgar— Uno que tú elegiste en el instante en que cruzaste esa puerta.
No tuve respuesta. No pude formularla. Porque, en el fondo, era verdad. Yo había elegido venir. Yo había elegido entregarme. Yo había elegido caer otra vez. Él inclinó la cabeza, estudiando mi rostro como si buscara grietas.
—¿Sabes por qué desaparecí? —preguntó.
—Porque amas manipularme.
Sonrió. No lo negó.
—Pero también porque tú necesitabas entender algo —añadió— Tu mente es fuerte, Amelia. Tu voluntad es fuerte. Tu orgullo es fuerte. Pero tu corazón siempre ha sido mío.
Me ardieron los ojos. No por la frase. Por lo que me despertaba.
—No es justo —dije.
—El amor nunca lo es —murmuró él— Y el nuestro, mucho menos.
Sus manos descendieron por mis brazos, lentas, firmes, pero sin violencia. Podía detenerlo. Podía apartarme. Podía decir basta. No lo hice. Nunca lo hacía. Me acerqué un centímetro más..Después otro..Hasta que su frente tocó la mía. El mundo desapareció.
—Dime que no me extrañaste —susurró contra mis labios.
—Lo intenté.
—No pregunté eso. Pregunté si me extrañaste.
Mis ojos se cerraron.
—Sí —confesé— Te extrañé como si me faltara la mitad del cuerpo.
Él sonrió. Pero no con burla. Con peligro.
—Entonces ven conmigo —dijo, tomando mi rostro entre sus manos— Y te prometo que esta vez si me quieres destruir, tendrás que hacerlo desde muy cerca.
Mi respiración se quebró. Yo sabía lo que significaba eso. Sabía que entrar a su mundo otra vez sería perder el mío. Sabía que lo que él llamaba “encierro dulce” era exactamente eso: Un encierro. Y dulce. Demasiado dulce. Pero también sabía que sin él no era nada.
—Dime que no me vas a abandonar de nuevo —susurré.
Su mirada se endureció, intensa, peligrosa.
—No, Amelia. Esta vez soy yo quien te va a atar tan fuerte a mí que aunque quieras huir, no podrás.
Mi corazón dio un latido violento. Alexander entrelazó sus dedos con los míos. Y dijo, con una calma escalofriante:
—Haz las maletas. Nos vamos esta noche.
Y no volverás aquí jamás.
La puerta detrás de mí se cerró sola por el viento. Y comprendí que, sin importar lo que eligiera mi destino ya estaba decidido.