Dueño De Mi Silencio

La Casa del Lobo

Amelia

No sé en qué momento acepté. No recuerdo si asentí, si murmuré un sí tembloroso o si simplemente dejé de resistir. Lo único que recuerdo es esto: Alexander tomó mi mano.
Y no la solté.

—Cinco minutos —me dijo— Llévate lo indispensable.

No pregunté nada. No cuestioné nada. No negocié nada. Subí a mi departamento con pasos que no eran míos. El corazón golpeaba como si quisiera huir del cuerpo, pero no huía. Empaqué casi sin pensar:
una muda de ropa, mi pasaporte, mi teléfono, una chaqueta.

Y mientras cerraba la valija, lo entendí: Esta vez yo estaba caminando hacia él por voluntad propia. Sin manipulación. Sin excusas. Sin condicionamientos. Solo yo. Y mi desastre emocional.

Bajé.

Alexander me esperaba apoyado en su auto negro, impecable, como si hubiese sido creado para la noche. Cuando me vio salir, su expresión cambió. No era una sonrisa.

Tampoco era satisfacción. Era algo más oscuro, más intenso, más profundo: Reclamo.

—Lista —dije apenas.

No dijo nada. Simplemente abrió la puerta del copiloto. Y yo entré.

El viaje

La ciudad retrocedió. Las luces quedaron atrás. Las calles se transformaron en autopista. Y luego en bosque. Yo no hablaba.
Él tampoco. Pero el silencio entre nosotros era una cuerda tirante. Cada tanto sentía su mirada en mi perfil. Caliente. Atenta.
Demasiado conocedora.

—¿Pensás huir? —preguntó finalmente, sin apartar la vista del camino.

—No lo sé.

—No es una opción —respondió él con un tono tan suave que dolía— La decidís ahora o no la decidís nunca más.

Tragué saliva.

—No quiero que esto sea un secuestro, Alexander.

—No lo es —murmuró.

—Entonces ¿qué es?

Él dio una leve sonrisa oscura.

—Una rendición voluntaria.

Mi pulso se aceleró. No por miedo. Por verdad. Porque eso era, exactamente, lo que estaba haciendo.

Llegada

El auto se detuvo después de casi una hora. Frente a nosotros había una casa inmensa, rodeada de bosque, piedra oscura, ventanales altos, luces cálidas dentro. Era hermosa. Era inquietante. Era él.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

—En casa —respondió.

—¿Es tuya?

—Ahora es nuestra.

Mi corazón se apretó con una fuerza insoportable. Alexander abrió la puerta, rodeó el auto y me ofreció la mano. No tenía obligación de aceptar. Pero lo hice. Cuando mis dedos tocaron los suyos, supe que ya era demasiado tarde para retroceder.

Entramos.

La casa era silenciosa, elegante, peligrosa.
Paredes de piedra negra. Pisos de madera oscura. Aromas cálidos. Un piano en una esquina. Una chimenea encendida aunque no hubiera frío. Todo era belleza. Todo era dominación.

—¿Cuánto tiempo planeas quedarte aquí? —pregunté.

Alexander me observó con seriedad absoluta.

—El tiempo que tardes en dejar de luchar contra lo que sentís.

Mi pecho ardió.

—¿Y si no dejo de luchar?

Se acercó. Demasiado.

—Entonces lucharé con vos —susurró— Pero no te voy a soltar.

Alexander

Ella caminaba por la casa como si explorara una jaula hecha de terciopelo. Linda, tensa, curiosa, peligrosa.

—¿Preparaste todo esto para mí? —preguntó en un momento, mirándome sobre el hombro.

—No —respondí.

Ella abrió un poco los ojos.

—Lo preparé para nosotros.

Sus labios se entreabrieron. El silencio quedó suspendido un instante.

—Alexander esto es demasiado.

—Lo sé.
—Es demasiado rápido.
—Lo sé.
—Es demasiado intenso.
—Lo sé.

Ella frunció el ceño.

—Entonces ¿por qué lo haces?

Mi respuesta fue simple.

—Porque no sé amar de otra forma.

Ella inhaló bruscamente. Y bajó la mirada. Caminé hacia ella, despacio, dándole la oportunidad de alejarse. No lo hizo.

—Te traje aquí —dije, bajando la voz— porque quiero que entiendas algo que no puedo decírtelo con palabras.

—¿Qué cosa? —susurró.

—Que te elijo..A pesar de tu miedo. A pesar del mío. A pesar de lo que soy. A pesar de lo que vos creés que merecés.

Sus manos temblaron.

—Yo no sé si puedo darte lo que querés —dijo.

Me acerqué más. La tomé de la barbilla. La obligué a mirarme.

—No quiero lo que me podés dar —susurré, mi voz como un filo suave— Quiero lo que me quitaste cuando me fuiste arrebatada.

Ella tragó saliva.

—¿Qué te quité?

Me incliné hasta su oído.

—A vos.

Amelia

No pude respirar. Sus palabras me atravesaron, me partieron, me reconstruyeron en un segundo.

—Alexander…

—No quiero un pedazo —susurró— No quiero una versión parcial, ni la que usás para protegerte, ni la que usás para huir. Quiero a la mujer que tiembla cuando digo su nombre. Quiero a la mujer que se quiebra cuando me alejo. Quiero a la mujer que vino esta noche sabiendo que perdería todo.

Mi voz se quebró.

—¿Y vos qué me das a cambio?

Él sonrió. Una sonrisa oscura, dolorosa, hermosa.

—Mi condena —respondió— Y mi devoción.

Me temblaron las piernas. Él lo notó. Siempre lo notaba.

—Esta casa —murmuré— ¿qué significa?

Alexander se acercó aún más, borrando cualquier distancia.

—Significa que ya no vas a huir —dijo con una calma que helaba y quemaba—
Significa que si me volvés a dejar, voy a venir por vos. Significa que este es el lugar donde tus miedos van a morir y tus verdades van a nacer.

Golpeó mi corazón. Literalmente. Golpeó como si quisiera escapar. Pero no escapó.

—¿Y si tengo miedo? —pregunté.

—Entonces te lo sostengo —respondió— No para que dejes de sentirlo, sino para que no te destruya.

Sus dedos se deslizaron por mi mejilla.
Luego por mi cuello.

—Amelia —susurró con una intensidad que no sabía que existía— Esta casa no es una prisión. Es tu rendición.

Alexander tomó mi mano. Me guió hacia una puerta al final del pasillo. Una puerta pesada.
Oscura. Imponente.




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