Dueño De Mi Silencio

La Habitación Prohibida

Amelia

El aire dentro de la habitación era distinto.
Más frío, más denso cargado de una electricidad silenciosa que parecía arrastrar mis pulsos hacia un abismo desconocido.

La luz era baja. Una lámpara antigua colgaba del techo, derramando un resplandor dorado sobre muebles oscuros y paredes forradas en tela. No era una habitación común. No era un lugar de descanso ni de trabajo. Era un santuario. Un altar. Una declaración. Y estaba dedicada a mí. Lo supe antes de ver mi propio nombre. Alexander cerró la puerta detrás de nosotros. El sonido del cerrojo me atravesó como una sentencia.

—No tengas miedo —dijo, no como consuelo sino como advertencia.

Era su forma de decir no huyas, sin pronunciarlo. Mis ojos recorrieron el lugar, lentamente. Un escritorio de madera negra, con una carpeta abierta. Y dentro fotos mías.

Fotos que no recordaba que alguien pudiera haber tomado. Yo leyendo en una cafetería. Yo caminando bajo la lluvia, con el abrigo cerrado hasta el cuello. Yo entrando a mi edificio con el cabello mojado. Yo durmiendo entre sábanas grises. Me quedé helada.

—¿Qué es esto?

Alexander no respondió enseguida. No se excusó. No se justificó. Solo me observó. Ese tipo de observación que duele más que cualquier golpe. La observación que desnuda.

—Es la verdad —dijo por fin.

—¿Cuál verdad?

Se acercó. Despacio. Sin apuro. Con esa seguridad que siempre me intimidaba.

—Que siempre te tuve cerca… incluso cuando no estaba a tu lado.

Mis dedos temblaron alrededor de una de las fotografías.

—¿Me estabas siguiendo?

—Te estaba cuidando.

—¿Sin que yo lo supiera?

—Si lo hubieras sabido, no te hubiera servido.

Me giré hacia él, sintiendo algo arder debajo de mi esternón.

—¿Y con qué derecho haces esto?

Alexander apoyó su mano en mi cintura. Firme. Cálida. Irrefutable.

—Con el derecho que me diste la primera vez que dijiste mi nombre sin miedo.

Mi respiración se quedó atrapada en mis pulmones.

—Yo nunca — intenté replicar.

—A mí no me mientas —susurró, rozando mi clavícula con los dedos— No estamos aquí para fingir que te soy indiferente.

Sus manos me rodearon la cintura. No era una prisión. Era una invitación a caer.

—Quisiste alejarte —dijo— Lo entiendo.
—No lo entiendes.
—Lo entiendo mejor que vos.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que entendés?
—Que no escapabas de mí. Escapabas de lo que yo desperté en vos.

No pude sostener su mirada. Porque tenía razón. Era eso. Siempre había sido eso.

Alexander

Cuando ella tomó la foto en sus manos, algo se quebró. Un miedo que nunca admitía. Una vulnerabilidad que jamás mostraba. Y eso me enfureció. No con ella. Conmigo.

Yo había permitido que se alejara. Había permitido que creyera que podía rehacer su vida sin mí. Había permitido que pensara que yo era reemplazable. Esa semana lejos de ella fue una tortura calculada. Y ella también sufrió. Lo vi. Lo sentí. Cada día que resistió me dolió más de lo que debiera doler algo así. A veces el amor no es un refugio. Es un filo. Y yo soy un hombre que no sabe amar sin lastimar.

—No traje estas fotos para asustarte —le dije, acariciando su brazo con los nudillos— Las traje para que entiendas lo que pasa cuando intentás desaparecer de mi vida.

Ella levantó la vista con una mezcla de rabia y deseo que me incendiaba.

—¿Y qué pasa? —preguntó.

Me incliné hacia ella.

—Pasa esto: que te busco, que te encuentro,
que te reclamo, y que te traigo de vuelta aunque no quieras admitir que es lo que necesitás.

Sus labios se separaron ligeramente.

—No soy tuya, Alexander.

—No —acepté—. Pero tampoco sos de nadie más.

Eso la encendió por dentro. Lo vi. Lo sentí. Y me acerqué. No para besarla. Sino para observarla de cerca. Para ver cómo respiraba. Cómo temblaba. Cómo luchaba contra sí misma.

—No trajes estas fotos para intimidarte —continué— Las traje porque quiero que veas algo más.

Tomé una fotografía en particular. Una de ella sonriendo a medias mientras miraba un libro en la ventana de una librería. Una sonrisa que nunca me había mostrado a mí. Se la tendí.

—Esta sos vos cuando no tenés miedo —susurré.

Amelia la observó sin poder sostenerla.

—Y esta — alcé su rostro entre mis dedos— es la mujer que soy capaz de destruir si no soy cuidadoso.

Ella cerró los ojos. Ahí estaba. La verdad. La tensión. El peligro. La entrega. Todo mezclado en un solo instante.

Amelia

Él me sostuvo el rostro con esa delicadeza que me desarma más que cualquier fuerza.

—No voy a lastimarte —dijo.

Y supe que era mentira. No porque quisiera dañarme. Sino porque amar a Alexander siempre dolía. Era parte de su naturaleza. De la mía. De lo nuestro.

—¿Por qué me mostrás esto? —pregunté.

Él acercó sus labios a mi oído.

—Porque quiero que veas quién sos para mí.

El sonido de su voz me recorrió la columna como si fuera un secreto prohibido.

—¿Y qué soy? —susurré.

Él no respondió con palabras al principio.
Respondió con su respiración golpeando mi cuello. Con su mano apretando mi cadera.
Con el silencio que nos envolvió. Y entonces habló.

—La grieta en mi control —susurró— Y el único lugar donde soy real.

Se me aflojaron las piernas. Tuve que apoyarme en su pecho para no caer. Él no me sostuvo por obligación. Me sostuvo como si hubiera estado esperando ese movimiento durante semanas.

—Si querés irte —murmuró— podés hacerlo.

Mentía.

Pero también decía la verdad.

—¿Y si no quiero? —pregunté, casi sin voz.

Su sonrisa fue lenta, peligrosa, inevitable.

—Entonces bienvenida a la parte de tu historia que siempre intentaste negar.

Se inclinó. Sus labios rozaron mi mandíbula.

—No vuelvas a desaparecer.
—No lo haré.
—Más te vale.
—¿Por qué?
—Porque si lo hacés… te busco.
— ¿Para qué?
—Para recordar a quién pertenecés.




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