Amelia
No dormí. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, la habitación prohibida volvía a mí como un latido ajeno. Las fotos. Su voz. Mi nombre en su boca. El modo en que me sostuvo como si yo fuera la única grieta real en su mundo perfecto y oscuro.
Amaneció sin que yo lo notara. O tal vez amanecí yo dentro de algo que no tenía forma hasta ahora. Cuando bajé a la planta baja, él estaba en la cocina. Una taza de café sobre el mármol. La camisa negra arremangada a mitad de brazo. El reloj de metal brillando bajo la luz. Parecía un dios creado para gobernar la noche. Y yo un error a punto de convertirse en destino.
—Dormiste poco —murmuró sin girarse.
—Tampoco vos —respondí.
—Yo nunca duermo mucho —dijo, finalmente mirándome— El control no descansa.
Sentí un escalofrío. Su control. Sobre él.
Sobre mí. Sobre todo.
—Hoy vamos a hablar de las reglas —anunció, dejando la taza a un lado.
—¿Reglas?
—Sí. Esta casa funciona bajo un orden. Y vos tenés que elegir si lo aceptás o no.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué clase de reglas?
Alexander caminó hacia mí. Cada paso parecía arrastrar el aire consigo.
—Reglas simples —susurró— Pero no por eso fáciles.
Se detuvo tan cerca que pude sentir el calor de su respiración en mi cuello.
—Primera regla: no desaparecés de mí. Nunca más.
—Alexander…
—No terminé.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Mi espalda se enderezó. Mis manos temblaron.
—Segunda regla —continuó— si te sentís perdida, me lo decís. No voy a volver a adivinarte desde lejos.
—No soy tu responsabilidad —dije, intentando sostener la poca firmeza que me quedaba.
—No sos mi responsabilidad —corrigió— Sos mi consecuencia. Y yo soy la tuya.
Su voz era un golpe suave. Un golpe que dolía más por lo que despertaba que por lo que decía.
—¿Y la tercera regla? —pregunté, aunque ya sabía que la respuesta no me iba a gustar.
Él sonrió. Oscura. Lenta. Peligrosa.
—La tercera regla no se dice. Se aprende.
Tragué saliva.
—¿Qué significa?
—Que tu cuerpo y tu mente responden a verdades que todavía no aceptás.
Mi pecho se apretó. Sentí su mano rozar mi cabello, bajando lentamente hasta mi hombro.
—¿Y si no acepto estas reglas?
Alexander acercó su boca a mi oído.
—Las vas a aceptar.
—No podés estar tan seguro…
—Estoy seguro de vos, no de mí.
Mi corazón se estrelló contra mis costillas.
Él siguió:
—Podés pelearme todo lo que quieras, Amelia. Podés discutir. Negar. Fingir.
Pero hay algo que no podés ocultar.
Sus dedos bajaron por mi brazo, lentos, firmes.
—Cuando te miro así — su voz se volvió un susurro profundo— no querés irte.
Y era verdad. Dios mío, era verdad.
AlexanderElla es mi punto débil. Y mi arma. Y mi caída.
Y mi resurrección. He destruido negocios por menos de lo que siento cuando me mira así. He dejado ciudades enteras sin nombre. Pero ella…
Ella es la única capaz de desarmar mi voluntad. Por eso debo mantenerla cerca. Por eso debo controlarla. Por eso debo protegerla del mundo y de mí.
—Hoy vas a volver a esa habitación —dije.
Ella tensó los hombros.
—No sé si puedo.
—Podés.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—No quiero que me duela.
—No voy a herirte.
—Sí vas a hacerlo.
La forma en que lo dijo suave, trémula, verdadera me golpeó de una forma que ni siquiera sabía que era posible.
—Amelia —murmuré, inclinándome hacia ella— A veces el miedo es la única forma de saber que no estás soñando.
Ella cerró los ojos. Y allí, justo ahí supe que estaba cayendo otra vez.
La habitación, nuevamenteCuando cruzamos el umbral, algo en mí se encogió. Pero algo más grande se despertó.
—Quiero mostrarte algo —dijo Alexander.
Tomó una llave. No la de la habitación. Otra.
Más pesada. Más antigua. La colocó sobre una mesa pequeña.
—¿Qué es eso?
—Tu libertad.
Mi cuerpo entero se detuvo.
—No entiendo.
Él la tocó apenas con la punta de sus dedos.
—Si la tomás, te vas. Sin preguntas. Sin reclamos. Sin cadenas.
—¿Y si no la tomo?
—Entonces te quedás conmigo. Con todo lo que eso implica.
Mi mente gritó. Mi pecho ardió. Mi respiración se volvió irregular. Alexander se acercó por detrás. Su voz, baja, grave, capaz de romperme.
—No quiero obligarte, Amelia.
—Pero sí querés que me quede.
—Sí.
—Aunque duela.
—Aunque duela. Aunque queme. Aunque nos destruya.
Sus manos se posaron en mis caderas. Mi cuerpo reaccionó sin permiso.
—Decidí —susurró— Y decidí ahora.
AmeliaLa llave me miraba como un corazón ajeno.
Mi libertad. Mi historia sin él. Mi vida sin esta intensidad que me enloquecía. Podía tomarla. Podía escapar. Podía huir antes de perderme por completo. Pero cuando él apoyó su frente en mi hombro cuando inhaló mi perfume como si necesitara recordar quién era cuando sus manos temblaron apenas…
Algo se quebró. Algo que ya sabía que no iba a poder recuperar. Respiré hondo. Toqué la llave. La levanté un segundo. Y después la solté. Cayó al suelo con un sonido seco. Final. Irreversible. Alexander se quedó inmóvil. Tan inmóvil que me asustó.
—Amelia — susurró, como si no pudiera creerlo.
Me giré hacia él. Mi voz salió firme, aunque me ardía la garganta:
—Me quedo.
Su mirada se oscureció tanto que sentí que el aire se volvió más pesado.
—Sabía que ibas a decir eso —dijo.
Pero su voz no sonaba triunfal. Sonaba herida. Sonaba viva. Sonaba mía. Alexander levantó la llave del suelo. La observó unos segundos. Y, sin apartar los ojos de mí, hizo algo que me heló la sangre: La partió en dos con las manos. Los trozos metálicos cayeron a sus pies.
—Ya no hay salida —dijo— Ahora empezamos de verdad.