Amelia
La llave partida seguía en el suelo. Sus fragmentos estaban aún tibios, brillando bajo la lámpara, como restos de una decisión que ya no podía deshacerse.
Alexander me observaba con un silencio tan profundo que me hacía arder la piel. No se movía. No hablaba. No respiraba como un hombre. Respiraba como un animal que acaba de reclamar territorio. Y yo era ese territorio.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté, incapaz de apartar la vista de sus manos.
—Porque no voy a volver a darte la opción de destruir lo que somos —respondió, su voz baja, grave, cargada de un control que estaba a punto de romperse.
—Eso no es justo —susurré.
—Lo justo nunca tuvo nada que ver con vos y conmigo.
Se acercó. El piso de madera crujió bajo sus pasos, como si la casa misma contuviera la respiración. Cuando llegó frente a mí, levantó una mano. Me tocó la mejilla con la yema de los dedos. Un roce tan suave que dolió más que cualquier brusquedad.
—No te voy a forzar —murmuró— Pero voy a exigirte la verdad.
—¿Cuál?
—La única que te negás a decir en voz alta.
Tragué saliva. Él bajó su mano hasta mi cuello. No apretó. Solo apoyó su pulgar en el punto exacto donde mi pulso latía descontrolado.
—Esto —su voz bajó aún más— no late así por miedo. Late porque estoy acá.
Mis ojos se cerraron involuntariamente.
—Y vos —agregó, acercando su frente a la mía— latés así por mí desde la primera vez que te miré.
Mi respiración se quedó atrapada entre ambos.
—No puedo ser tuya, Alexander —susurré.
—Ya lo sos —respondió, con una certeza tan peligrosa que mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—No quiero perderme —dije.
—Ya te perdiste. Y te encontraste en mí.
Lo odié por eso. Y lo amé por eso. Y me odié a mí por sentir ambas cosas al mismo tiempo.
AlexanderCuando ella aceptó quedarse, algo en mi interior se quebró. No un hueso. No una pared. Algo más profundo. Algo que creí muerto. Esa mujer siempre fue mi punto débil. Ella. No su piel. No su sonrisa. Ella. Por eso me acerqué con cuidado. Por eso la toqué como si fuera una verdad que podía desaparecer de mis manos.
—Mírame —pedí.
Ella abrió los ojos despacio. Su mirada era un incendio.
—Quiero escucharte —dije, tomando su rostro con ambas manos— No para poseerte. Sino para no perderme yo.
Ella tembló. No de miedo. No de frío. De reconocimiento.
—Decilo —susurré, mi boca a centímetros de la suya— Una sola vez. Solo para mí.
Vi la batalla en sus ojos. Vi su orgullo quebrarse. Vi su fortaleza ceder. Y finalmente…
—Te necesito —murmuró con una honestidad devastadora.
Fue un golpe directo a mi alma. La besé.
No con violencia. No con prisa. Con hambre.
Con urgencia contenida. Con desesperación elegante. Mi mano bajó a su cintura. La atraje contra mí como si hubiera pasado años enteró esperando ese segundo. Tal vez era verdad. Ella respondió. Me agarró la camisa. Se apegó a mí como si yo fuera la única cosa real en un mundo hecho de sombras. Y yo lo era.
—Nunca desaparezcas otra vez —susurró contra mis labios.
—Haceme quedarme —respondí.
Ella me miró, respirando agitada.
—¿Cómo se hace eso? —preguntó.
Sonreí apenas.
—Quedándote vos.
La abracé por la espalda. Mi boca bajó a su cuello. Ella se arqueó un milímetro. Un movimiento pequeño. Pero suficiente para encenderme por dentro. No busqué dominarla. No busqué doblegarla. Busqué sentirla. Porque hacía mucho que no sentía nada que no fuera rabia, poder o vacío.
AmeliaMe depositó contra la pared, no con violencia, sino con una intención tan clara que me dejó sin aire. Sus manos estaban en mis caderas. Mi respiración en su boca. El mundo reducido a un punto ardiente entre ambos.
—Decime que querés esto —murmuró.
—Quiero esto —respondí antes de pensarlo.
Sus ojos centellearon con algo oscuro y hermoso.
—Entonces no tengas miedo —dijo.
—Tengo miedo de vos —contesté.
Las comisuras de sus labios se curvaron.
—Bien. Así sé que es real.
Mi corazón golpeó, golpeó, golpeó. Su dedo recorrió mi mejilla, mi cuello, mis clavículas. No era un toque sexual. Era emocional. Era territorial. Era devoto.
—No tenés idea de lo que me hiciste al volver —susurró.
—¿Qué te hice?
—Me devolviste algo que pensaba muerto.
—¿Qué cosa?
Él me sostuvo el rostro entre sus manos.
—La sensación de pertenecerle a alguien de verdad.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. No de tristeza. De exceso. De impacto. De verdad. Entonces me besó otra vez. Y esta vez no hubo suavidad. No hubo contención.
Fue fuego. Fue rabia hermosa. Fue deseo retorcido que se había acumulado por semanas. Fue él. Fue yo. Fue nosotros. Y por primera vez no pensé en escapar. Pensé en quedarme. Pensé en caer.
Pensé en rendirme a esa oscuridad que ya era mía. Pero justo cuando mi cuerpo cedía completamente al suyo justo cuando el mundo se reducía a su boca, su respiración, su piel….Un golpe seco sonó en la puerta principal. Alexander se tensó al instante. Sus manos dejaron de temblar. Su respiración se detuvo. Y su mirada cambió. De posesivo. A letal.
—No esperaba a nadie —dijo con la voz de alguien acostumbrado a enfrentar monstruos.
Y entonces añadió, mirándome como si pudiera perderme en un segundo:
—Quedate detrás de mí, Amelia. No abras la boca. Pase lo que pase no te alejes.
La casa se sumió en un silencio mortal. Y otro golpe resonó. Más fuerte. Más urgente. Más amenazante.Alexander avanzó hacia la entrada. Y yo supe que lo que estaba detrás de esa puerta venía a arrancarnos del único lugar donde habíamos logrado encontrarnos.