Amelia
El eco del golpe todavía vibraba en las paredes.
Yo seguía contra la pared, con los labios hinchados por el beso, la respiración desordenada y el corazón golpeando como si quisiera avisarme que estaba a punto de perder algo irremplazable. Alexander avanzó hacia la entrada sin mirar atrás. No necesitaba hacerlo. Sabía que yo lo seguiría. Y yo lo sabía también. En la puerta, él se detuvo. Sus hombros parecían hechos de piedra. No de tensión. De determinación.
—No digas una palabra —me repitió, sin girarse— Y pase lo que pase, no me toques.
Ese detalle, no me toques, me heló la sangre. Porque Alexander siempre reaccionaba a mis manos en él. Siempre. El hecho de que ahora me prohibiera hacerlo significaba que lo que estaba del otro lado era peligroso. Muy peligroso. Otro golpe. Más violento.
—¿Quién demonios…? —murmuré, casi sin voz.
Alexander giró apenas el rostro, lo suficiente para que viera la sombra en su expresión. No miedo. No sorpresa. Algo más oscuro. Conocimiento. Como si ya supiera quién había venido.
—Entrá en la habitación de al lado —ordenó él, apenas audible— No discutas.
—No voy a dejarte—
—No tengo tiempo para pelear con vos ahora.
Su tono quebró el aire. Y me hizo temblar. Antes de que pudiera responder, la puerta vibró bajo un tercer golpe, esta vez acompañado por una voz:
—Alexander. Abrime. Ahora.
Mi cuerpo entero se tensó. La voz no era agresiva. Era lo opuesto.
Tranquila.
Segura.
Propietaria.
Una voz que solo usaba alguien que conoce profundamente al hombre al que llama. Una voz femenina. Mi estómago se apretó. Alexander cerró los ojos un segundo. Solo uno. Y cuando los abrió yo ya sabía que algo en nuestra noche estaba a punto de romperse.
—Amelia.
—¿Qué…?
—Ahora. Adentro.
Me empujó suavemente hacia un cuarto contiguo. Una biblioteca pequeña, puertas dobles, vidrios translúcidos. Podía ver siluetas, pero no detalles. Él me cerró adentro. Y en ese acto rápido, seco, decidido entendí algo que no debería haber dolido pero dolió: Alexander estaba protegiéndome de alguien que tenía acceso directo a su vida.
Alguien que no debería estar ahí. Alguien que él no esperaba. Alguien que podía destruir lo que estábamos construyendo. Mi corazón ardió. Pero no de celos. De intuición. Algo importante estaba a punto de revelarse.
AlexanderLa puerta vibraba bajo la mano que golpeaba con una paciencia que irritaba. Abrí finalmente. La mujer que estaba del otro lado lo llenó todo. Alta. Cabello oscuro sujetado en un moño perfecto. Un abrigo caro. Ojos fríos, calculadores. Belleza impecable. Y una mirada que me examinó como si yo fuera propiedad suya.
—Llegaste tarde —dije, secamente.
—Llegué cuando debía —respondió ella, entrando sin pedir permiso.
Ella caminó como si conociera la casa. Como si la hubiese construido conmigo.
Como si fuera, de alguna manera, parte de mi vida. Que lo había sido. En otro tiempo.vUn tiempo que yo había quemado con mis propias manos.
—¿Qué hacés acá? —pregunté.
—Lo mismo que vos hacías cuando desaparecías por semanas —contestó con una sonrisa sin calor— Venir a buscar lo que todavía es mío.
Mis manos se crisparon.
—Nada acá es tuyo.
—¿No? —preguntó, girándose lentamente hacia mí.
Sus ojos bajaron a mi camisa desordenada.
A mi respiración agitada. A mis manos aún tensas.
—Pensé que eras más prudente, Alexander —dijo, con un tono casi irónico— ¿Trajiste a alguien más acá?
Mi cuerpo entero se tensó. Ella lo notó. Por supuesto que lo notó.
—Ah —sonrió— Entiendo. La encontraste.
Sentí sangre rugir en mis oídos.
—Esa no es tu preocupación.
—Oh, claro que lo es.
Avanzó hacia mí con pasos elegantes.
—Porque vos, Alexander, no hacés esto —sus dedos tocaron la mesa, los sillones, las paredes— por cualquiera. Vos no traés a nadie acá. Nunca lo hiciste.
La habitación se volvió demasiado pequeña. Ella continuó:
—Y si la trajiste a esta casa entonces ella es un problema. Para vos. Y para mí.
AmeliaLa oía. No claramente. Pero sí lo suficiente. Mi nombre no lo escuché. Pero escuché la palabra problema.
Y supe que hablaban de mí. Mi cuerpo quería salir de la habitación. Mis manos querían empujar la puerta. Mi voz quería arruinar el silencio. Pero Alexander me había pedido que no hablara. Mi corazón golpeaba demasiado rápido.
¿Quién era ella? ¿Una socia? ¿Una amante pasada? ¿Una amenaza? ¿O algo más? Apoyé la oreja contra la puerta. Y entonces escuché su voz con perfecta claridad:
—Decime la verdad, Alexander. ¿Ella sabe lo que hiciste?
Un hielo me bajó por la columna. Él respondió con un tono grave, seco, cortante:
—No es tu asunto.
—Al contrario —contestó ella— Es exactamente mi asunto. Porque si ella está acá, entonces estás por repetir un error. El más grande de tu vida.
Mi respiración se cortó. La mujer bajó la voz, pero pude escucharla igual:
—¿Se lo vas a decir vos o se lo digo yo?
Silencio. Silencio absoluto. Y luego, la frase que detonó mi mundo:
—Hay cosas que ella no va a poder perdonarte, Alexander. Y vos lo sabés.
Mis piernas se aflojaron. Intenté respirar. No pude. Algo del otro lado de la puerta estaba a punto de destruirme. Y él lo sabía. La mujer se acercó tanto a Alexander que pude ver sus sombras fusionarse desde el vidrio opaco. Y con una voz dulce, venenosa, inevitable, dijo:
—Decís que ella te pertenece pero no sabés si seguirá queriéndote cuando descubra a quién mataste por ella.
Mis dedos resbalaron del picaporte. Mi mundo, entero, se quebró.