Dueño De Mi Silencio

Lo que Alexander hizo en mi nombre

Amelia

Mi nombre no salió de sus bocas. Pero sabía que hablaban de mí. Sólo una frase bastó para dejarme paralizada detrás de la puerta:

¿Se lo vas a decir vos o se lo digo yo?

Sentí el cuerpo volverse liviano, como si ya no me perteneciera. Como si la sangre retrocediera para protegerme del golpe que venía. La mujer del otro lado respiraba como alguien acostumbrada a mandar. A entrar en un lugar sin pedir permiso. A hablarle a Alexander como si tuviera derecho a hacerlo.

Y lo tenía. Ese era el problema. Me obligué a no llorar. No aún. Primero quería escuchar.
Necesitaba escuchar. La voz de ella volvió a atravesar la madera, nítida, suave, peligrosamente calma:

—Te estás engañando, Alexander. Lo que hiciste fue demasiado grande. Y contárselo la va a destrozar.

Él respondió con un filo helado:

—Cuidá tus palabras.

—¿Cuidar mis palabras? —ella soltó una risa breve, sin alegría— Vos deberías cuidar tus actos. ¿O ya te olvidaste de lo que dejaste atrás?
¿De a quién enterraste por ella?

El mundo se me cayó encima. Un frío subió por mi espalda. No pude respirar.

Enterrar.
Enterrar.
Enterrar.

La palabra me perforó la piel. Me llevé la mano al pecho intentando contener un temblor que ya no podía controlar. Alexander no habló. Ese silencio suyo ese silencio pesado, tenso, casi animal fue peor que cualquier confesión.

—No te atrevas a mencionarlo —dijo finalmente, su voz tan baja que tuve que acercar más la oreja a la puerta para oírlo.

—Ah, cierto —continuó ella— Prefiero que lo digas vos. Para que, cuando ella te mire a los ojos, entiendas lo que significa perder lo único que te importa.

Quise abrir la puerta. Quise entrar y gritar que estaba ahí. Que lo había escuchado todo. Pero las piernas no me respondieron.

Ni el corazón. Ni la garganta. Solo mis dudas. Solo mi miedo. Y un presentimiento que me estaba desgarrando la piel desde dentro.

Alexander

No esperaba verla. No en esta casa. No en este momento. Y mucho menos después de haber conseguido que Amelia se quedara. Pero ella estaba ahí, parada en medio de mi refugio, como un fantasma que arrastraba el pasado con las uñas.

—Tenés que irte —le dije, sin rodeos.

—No —respondió, cruzándose de brazos— No hasta que lo arregles. No hasta que le digas lo que hiciste.

—No tengo que explicarte nada.

—A mí no —ella sonrió con crueldad— A ella, sí.

Esa mujer era la única capaz de hacerme perder la calma. Y lo sabía.

—Ella no tiene que enterarse —dije.

—Claro que tiene que enterarse. ¿O pensás seguir jugando a este cuento perfecto que creés que construiste?

Se acercó un paso. Los ojos me ardieron de rabia contenida.

—Vos la protegiste —dijo ella— Sí. Pero también la manchaste con tus decisiones.
Y la mentira más grande es creer que podés mantenerla al margen.

Mi mandíbula crujió. Odiaba cuánto me conocía. Odiaba cómo usaba el pasado para apuñalarme. Y, sin embargo, no podía echarla. Aún no. Ella me atravesó con la mirada.

—Te lo vuelvo a preguntar, Alexander. Y quiero que me mires cuando respondas.
¿Ella sabe que vos mataste por ella?

Sentí el aire escaparse de mi pecho.

Amelia

Mi espalda resbaló contra la pared. Mis manos buscaron algo que no existía. Un punto firme. Un ancla. Una mentira amable.

No había nada. Todo se me nubló. Matar.
¿Él…? ¿Alexander…? Sentí un espasmo en las costillas. La adrenalina me nubló la vista por un segundo. Pero aun así, mis pies me llevaron hacia la puerta. La abrí apenas. Ni Alexander ni la mujer me vieron.

Ella estaba frente a él. Demasiado cerca.
Demasiado segura de que él no la tocaría.

—Fue por ella —insistió ella— Por protegerla.
Pero matar es matar, Alexander. Y cuando ella lo sepa…

Él la interrumpió, exhalando un susurro cargado de dolor:

—No va a saberlo. Nunca.

—¿Y si se entera ahora mismo?

Mi corazón explotó en un golpe. Él levantó la mirada. Por un segundo, pensé que me había visto. Pero su expresión era otra. Una que jamás había visto en él. Era miedo. No por él.
Por mí.

—No hagas esto —dijo él— No la metas en algo que yo elegí cargar.

Ella lo miró con una mezcla de lástima y desprecio.

—Vos no elegiste cargar nada, Alexander. Elegiste matar.

Mi fuerza me abandonó. Ahí. Ese fue el golpe. Ese. No el grito de ella. No su juicio moral. No la acusación.

La palabra que él no negó. Matar. Por mí. O por alguien relacionado a mí. Pero matar. Me cubrí la boca. No respiré. No viví por unos segundos eternos. Él….él había cruzado esa línea. Por mí. O por lo que yo representaba en su vida. Y ahora entendía por qué su amor era oscuro. Por qué su obsesión tenía filo. Por qué él me rodeaba con ese aire de hombre que ha quemado y destruido más de lo que cualquier corazón humano podría resistir.

Alexander no era peligroso porque podía herir. Era peligroso porque podía proteger. Incluso matando. El piso me falló. La mujer lo notó primero.

—Alexander —dijo con tono tenso— creo que…

Él giró. Y sus ojos finalmente me encontraron. Yo estaba ahí. Temblando. Respirando a medias. Con lágrimas silenciosas que todavía no entendía. Y él….él se quedó helado. Dijo mi nombre. Apenas un susurro:

—Amelia…

Dio un paso hacia mí. Solo uno. No pude moverme. No pude huir. No pude acercarme. Y entonces, con la voz más rota que le había oído en mi vida, Alexander confesó:

No quería que lo supieras así pero sí. Maté por vos. Y lo volvería a hacer.

Mi mundo se quebró en un silencio que dolió más que cualquier grito. Y supe que nada sería igual después de esa frase.




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