Dueño De Mi Silencio

El nombre del muerto

Amelia

No supe si el silencio llegó antes o después de su confesión. Solo recuerdo la sensación:
un vacío brutal que se abrió debajo de mis pies, como si la casa se hubiera inclinado y yo estuviera a punto de caer en un abismo que jamás había imaginado.

Maté por vos.

Las palabras quedaron flotando en el aire, vivas, pesadas, casi palpables. La mujer lo miraba sin pestañear. Ella ya lo sabía todo.
Ella no temblaba. Ella no se quebraba. Yo sí. Me aferré al marco de la puerta.

—Decime el nombre —pedí.

La voz me salió rota, pero firme. Alexander dio un paso hacia mí. La mujer dio uno hacia atrás, como cediendo un escenario que no le pertenecía.

—Amelia —su voz era ese tono suyo, profundo, suave, que podía quebrar mi columna con tres sílabas.

—El nombre —repetí— Si no me lo decís vos, me lo va a decir ella. Así que decímelo vos.

Él apretó la mandíbula. La tensión le marcó la piel.

—No quiero que sufras eso.

—Ya estoy sufriendo.

—No tenés idea.

—Dámela entonces —susurré— La verdad.

Alexander cerró los ojos por un segundo.
Solo uno. Como si necesitara apagar su mundo interior antes de hablar. Cuando los abrió, ya no era el hombre que me había abrazado la noche anterior. Ni el que me había besado contra la pared. Ni el que me había ofrecido su condena como si fuera un regalo.

Era otro. El verdadero. El Alexander que todos temían y nadie conocía.

—El nombre — inhaló, bajando la cabeza un instante.

Y cuando levantó la mirada, lo dijo.

Mateo Rivas.

Mi cuerpo se congeló. El apellido. Mi apellido. Mi sangre. Mi hermano. Mi hermano. Mi hermano. La palabra atravesó mi mente antes de que pudiera frenarla.

—Estás— mi voz se quebró — mintiendo.

Alexander dio un paso más cerca. Yo retrocedí uno.

—No mentiría con algo así.

—Él… él murió en un accidente —dije, intentando tragar el nudo que me ahogaba— Todos lo dijeron. La policía. Mis padres.

—Fue lo que les hice creer —dijo él, con un tono que sentí más frío que el invierno.

Un zumbido comenzó a crecer en mis oídos.
Mis manos temblaron. Mi visión se oscureció en los bordes.

—No… no… —balbuceé, con un hilo de voz.

La mujer habló entonces, con esa calma que me destrozó:

—Es verdad. Yo estuve ahí.

Mi cabeza giró hacia ella con violencia.

—¿Vos qué tenés que ver con—?

—Yo lo ayudé —interrumpió, sin una pizca de culpa— Yo limpié la escena. Yo moví el cuerpo. Yo llamé a la policía. Yo declaré. Para que vos nunca supieras la verdad.

Mi estómago se contrajo. Sentí nauseas.
Sentí rabia. Sentí miedo. Sentí odio. Sentí un dolor tan brutal que no pude sostenerme. Alexander dio un paso. Yo levanté la mano.

—No.
—Amelia—
—No te acerques. Ni un paso. No te acerques, Alexander. No — mi voz se quebró en mil pedazos — por favor.

Él se detuvo. Pero su mirada su mirada ardía.

—Escuchame —rogó, en voz baja—. No fue lo que pensás. No fue un asesinato. Fue...

—¡Mataste a mi hermano! —grité.
Y escuché mi propia voz romperse.

Silencio. Un silencio horrendo.

—Mateo quiso hacerte daño —dijo él finalmente.

La frase no me alcanzó. Nada podía alcanzarme en ese momento.

—No voy a soportar otra mentira —susurré, sintiendo que la garganta se me cerraba— Decime qué pasó.

Él bajó los hombros, como si llevara años cargando eso.

—Tu hermano te vendió, Amelia.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Lágrimas espesas. Dolorosas.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—¡Callate!

—Escuchame.

Su tono cambió. No era frío. No era suave. Era honesto. Y eso me dolió más que todo lo demás.

—Mateo te entregó a un hombre que quería lastimarte —dijo— Y yo llegué antes.

Un espasmo me recorrió los pulmones. Sentí que me faltaba aire. Mis manos se quebraron en puños. Mis uñas se clavaron en la piel.

—Lo agarré del cuello —continuó— Lo arrinconé contra la pared. Le dije que si te tocaba una sola vez lo iba a hacer desaparecer.

Tragué saliva con dificultad.

—Él me dio la razón —dijo Alexander, con los ojos encendidos— Porque ya te había entregado. Porque ya te había vendido.
Porque ya te había traicionado.

—Sos un mentiroso —dije con la voz más débil de mi vida.

—Quisiera serlo —murmuró él— Pero esta vez, no puedo.

Mis piernas cedieron. Me sostuve de la puerta.

—Lo maté —dijo él finalmente— No porque era tu hermano. Sino porque te iba a destruir.
Y yo… —su voz se quebró por primera vez— no iba a permitir que nadie te arrancara de mi mundo.

—¿Con qué derecho decidiste eso? —dije entre lágrimas.

Alexander se acercó un paso. Y sus ojos…
Dios. Eran puro dolor.

—Con el derecho del hombre que te ama de la única forma que sabe. Oscura. Defectuosa. Extrema. Pero real, Amelia. Más real que todo lo que te rodeó antes de conocerme.

Mis lágrimas caían sin detenerse. Él estiró la mano. Yo retrocedí. Y esa distancia le dolió.
Lo vi.

—No quería que lo supieras así —susurró—
Porque sabía que te iba a romper. Y no quería romperte. Nunca quise eso.

La mujer lo miró. Luego a mí. Y dijo, en un tono helado:

Decís que mataste por ella pero todavía no le contaste lo peor.

Alexander giró hacia ella, con una expresión que nunca había visto. Miedo. Dolor. Rabia contenida. Desesperación.

—No te atrevas —le advirtió— Te lo juro que no te atrevas.

Ella dio un paso hacia mí. Y con una voz suave y letal, pronunció:

No fue solo tu hermano, Amelia.
Hubo alguien más.

Mi corazón se detuvo. Mi mundo volvió a quebrarse. Y Alexander cerró los ojos como si estuviera condenado.




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