Amelia
Nunca olvidaré la forma en que Alexander cerró los ojos cuando la mujer —ella— pronunció esas palabras.
Hubo alguien más.
Ese instante fue un tajo. Un tajo en él. Un tajo en mí. Pero ahora, al recordarlo, me doy cuenta de algo peor: El verdadero tajo vino después. Cuando abrí la boca para preguntar. Cuando dudé. Cuando, sin darme cuenta, le di más importancia a la voz equivocada. La mujer avanzó un paso hacia mí. Alexander tensó la espalda, como un animal herido listo para atacar.
—Decile la verdad —dijo ella, como quien ordena un golpe de gracia.
Alexander no la miró. Me miró a mí. Sus ojos Dios. Llenos de algo que nunca le había visto: miedo. Pero no miedo por él. Miedo por mí. Por cómo me rompería lo que iba a escuchar. Pero yo, idiotamente, no miré sus ojos. Miré a ella. El error que lo destruyó todo.
—¿Quién más? —pregunté.
Se hizo un silencio horrible. Alexander murmuró:
—Amelia, no escuches a...
—¿Quién más? —repetí. Y esta vez mi voz tembló de rabia.
No contra ella. No contra él. Contra lo que no entendía. La mujer sonrió. Una sonrisa que jamás debí permitir que me afectara.
—Tu padre —dijo.
El mundo se me cayó encima. Mi garganta se cerró. Mi mente gritó:
No. No. No. No.
Pero mis labios pronunciaron:
—¿Qué… hiciste?
Ahí fue. Ese momento. Ese segundo exacto. Ese instante en que dejé de ver a Alexander como mi refugio y empecé a verlo como un criminal. Aunque del otro lado de esa verdad hubiera todo un océano que yo no conocía.
El rostro de Alexander cambió. La mandíbula le vibró. La respiración se le hizo más pesada.
—No voy a hablar de eso —dijo él— No delante de ella.
—¿Ah, no? —la mujer cruzó los brazos— ¿Vas a hacerle lo mismo que a tu madre? ¿Guardar silencio hasta que todo explote?
Ese golpe me atravesó. Pero antes de que yo pudiera reaccionar, Alexander se quebró. No de la forma que yo esperaba. Ni con lágrimas. Ni con culpa. Se quebró de una forma mucho peor: se cansó.
Me miró. Y la expresión que tenía jamás voy a poder olvidarla. No era odio. No era amor.
No era rabia. Era decepción. Pero no de mí.
Sino de lo que yo acababa de demostrar.
—Así que esto es lo que necesitabas —dijo él, en un tono casi suave—. Una sola palabra de cualquiera para olvidarte de todo lo que soy para vos.
Su voz me heló. No por cruel. Por verdadera.
—Alexander, yo....
—No te molestes —me cortó, con una calma insoportablemente helada— Ya entendí todo.
Dio un paso atrás. Su cuerpo se endureció.
Su mirada volvió a ser impenetrable. Ese Alexander ese que no mira, no siente, no tiembla, no pide. Ese Alexander estaba de vuelta.
—No te preocupes más —dijo él— No voy a explicarte nada. No tengo por qué hacerlo.
Si preferís las verdades de otros es tu decisión.
—No es así, por favor.....
Pero él levantó una mano, como si yo fuera un ruido molesto en una habitación donde ya no pertenecía.
—Haz y siente lo que quieras, Amelia. Ya no me importa nada.
Esa frase fue una bala directa al corazón. No gritada. No violenta. Susurrada. Como quien entrega el arma después de haber perdido toda voluntad de pelear. Y entonces se dio vuelta. Y caminó hacia la puerta. Mi respiración se rompió en mil pedazos. Extendí la mano. Pero no me salieron las palabras correctas.
—Alexander… por favor…
Él no se detuvo. No giró. No dudó. Simplemente se fue. La mujer lo vio marcharse con una mezcla de triunfo y desconcierto. Porque, aunque ella quería destruirlo no esperaba que él soltara mi mano así. Ella se acercó un poco más. Yo no pude moverme. Mis rodillas temblaban. Mi pecho ardía.
—Tu padre quiso entregarte —dijo ella, sin suavidad— Él iba a deshacerse de vos por dinero. Alexander lo impidió. No porque fuera un héroe. Sino porque te quería para él.
Quise caer al piso y gritar. Quise arrancarme la piel. Quise correr detrás de él. Quise retroceder en el tiempo y cerrar la boca antes de decir ¿qué hiciste? Antes de mirarlo como si fuera un monstruo. Ella siguió:
—Tu padre no murió por él. Murió por sus propias decisiones. Pero que vos no puedas verlo eso sí que lo mató a Alexander.
Mi pecho dolió tanto que tuve que apoyarme en la pared. La mujer suspiró.
—Ya está hecho —dijo— Elegiste dudar antes que amar. Él lo vio. Y Alexander no vuelve de eso.
Me miró con algo parecido a lástima.
—Espero que algún día entiendas que el amor más peligroso es también el más honesto.
Se dio vuelta. Caminó hacia la salida. Y me dejó ahí. Sola. Rota. Con la garganta hundida en el remordimiento más cruel que conocí.
Alexander ya no estaba. Y lo peor no dejó nada de él para agarrarme. Ni una mirada.
Ni un gesto. Ni una última palabra. Solo un vacío que yo misma había provocado. En la puerta, la mujer se detuvo un segundo y dijo, sin girarse:
—Si querés alcanzarlo, tendrás que convertirte en algo que todavía no sos.
Porque Alexander solo ama cuando hay fuego..Y vos estás hecha de ceniza ahora.
Y se fue. Y yo caí al piso, por fin, consciente de la verdad: No había perdido a Alexander. Yo lo había echado.