AMELIA
No escuché la puerta cerrarse. O quizá sí, pero mi mente se negó a aceptarlo. Me quedé en el suelo, de rodillas, como si hubiera implorado algo un perdón, un regreso, un respiro y no hubiera obtenido nada más que un silencio definitivo. Sentía el eco de sus pasos todavía vibrando en mis costillas.
Alexander se fue.
Y la parte enferma de mí que siempre había creído que él jamás se alejaría esa parte murió en el instante en que él decidió hacerlo sin mirar atrás. Me llevé las manos a la cara. No lloré al principio. Fue peor. Un vacío brutal, seco, áspero, me abrió un hueco en el pecho. Uno que no sabía cómo llenar.
Me puse de pie tambaleando, apoyándome contra la pared. El aire era demasiado frío.
Mis manos demasiado torpes. Sin darme cuenta, murmuré algo, desgarrada:
—Perdoname… Alexander… yo no…
Pero la habitación estaba vacía. La casa estaba vacía. Él ya no estaba. Y lo peor yo lo había expulsado con mis dudas. No con mis palabras. Con mis ojos. No pude soportarlo.
Salí corriendo hacia el pasillo. Hacia la escalera. Hacia la puerta que él había atravesado. Abrí la puerta de golpe. El viento helado me cortó la cara. La calle estaba vacía. Ni rastro de él. Ni su sombra. Ni su perfume. Solo el silencio de una noche que parecía reírse de mí.
—Alexander — susurré, pero mi voz se quebró en un sollozo que no pude contener.
Me abracé a mí misma, temblando. Y entendí algo devastador:
No importa cuántas verdades me dijeran.
No importaba quién había dicho qué.
No importaba el pasado.
No importaba el pecado.
No importaba la muerte.
Nada era más grande que él. Nada era más importante que él. Y yo había elegido lo que no debía. Me apoyé contra el marco de la puerta, resbalando hasta quedar sentada en el suelo. Las lágrimas me nublaron la vista.
—Alexander… volvé… —lloré, sin orgullo, sin dignidad— Por favor…
Pero la noche no respondió. Nadie lo hizo. Solo yo y mi miseria. Solo yo y mi culpa. Solo yo y mi amor tarde, estúpido, egoísta por el hombre que acababa de perder.
ALEXANDERNo miré atrás. No podía. Mis pasos golpeaban la vereda con una fuerza que no coincidía con mi pecho. Por dentro estaba en ruinas. Pensé que nada podía dañarme.
Pensé que ya había vivido el peor dolor. Hasta que la vi dudar. Ese segundo exacto en que sus ojos dejaron de buscarme a mí
y fueron hacia ella. Ahí fue. Ahí me quebré.
No necesitaba que me creyera ciegamente.
Nunca pedí eso. Pero sí necesitaba algo. Que me eligiera. Que mi voz valiera más que la del enemigo. Que lo que teníamos pesara más que una acusación. Ella no lo entendió.
Y no la culpo. No ahora. Pero tampoco puedo quedarme. No después de verla retroceder de mí, como si yo fuera un monstruo de su infancia. No después de verla temblar por palabras que no eran mías.
Y no después de escucharla decir me ¿qué hiciste? con esa mezcla de miedo, asco y repulsión. Sentí la frase como una estaca en el corazón. Mientras camino, las manos me tiemblan. Me las guardo en los bolsillos, intentando contener el temblor.
El aire me quema. La garganta también. La amo. Dios, cómo la amo. Pero hay algo que a veces el amor no soporta: la duda. La mínima duda. La que se esconde entre palabras que parecen inocentes. Yo no sabía lo frágil que era ese hilo. Hasta que ella lo rompió. Respiré hondo, pero dolió. Todo dolía.
No sé adónde voy. No importa. Solo sé que mientras más lejos esté, mejor podré seguir respirando sin partirme en mil pedazos. La calle está oscura. Las luces pasan como fantasmas. Mi mente vuelve a ella una y otra vez. Su cara cuando escuchó la verdad. Su voz. Sus ojos cristalizándose. Y después:
esa distancia. Esa distancia fue peor que cualquier golpe que recibí en mi vida.
Hasta ahora, lo único que deseo es que ella esté bien. Aunque no sea conmigo. Aunque me haya soltado sin darse cuenta. Aunque yo me haya ido sin explicarle todo. El amor, a veces, es renunciar.
Y no hay acto más doloroso que renunciar a algo que te sostiene el alma.
AMELIANo sé cuánto tiempo pasó. Minutos. Horas.
Tal vez una eternidad. Pero en algún momento, mis piernas reaccionaron. Mi cuerpo se impulsó hacia adelante. Tenía que encontrarlo. Tenía que decirle que me equivoqué. Tenía que pedir perdón, no con palabras, sino con la verdad completa:
Que lo amaba. Que lo necesitaba. Que lo elegía. Que nada importaba salvo él. Abrí la puerta nuevamente. Salí corriendo a la calle.
—¡Alexander! —grité.
Mi voz se perdió en la noche. Caminé. Corrí.
Miré hacia todos lados. Pero él no estaba. Y la desesperación me atravesó el pecho como un hierro caliente.
—¿Dónde estás…? —susurré— ¿Dónde estás…?
Una lágrima me cayó por la barbilla. Era una respuesta inútil. Pero fue honesta.
—Volvé —dije— Yo te amo. Aunque lo haya entendido tarde yo te amo.
Y entonces, mi voz se quebró del todo. Él no la escuchó. La noche sí. La noche siempre escucha. Pero no responde.
ALEXANDERMe detuve. No sé por qué. Algo dentro de mí, un eco, un susurro, una memoria, me obligó a frenar. No era su voz. No era un llamado.
No era esperanza. Era dolor. El tipo de dolor que no debería doler tanto si el amor no fuera real. Me llevé una mano al estómago, como si pudiera contenerlo. Cerré los ojos.
Y por primera vez en años me permití llorar. Una lágrima. Solo una. Pero ardió como una confesión. Como una despedida. Ella nunca me verá de esta forma. Nunca me vería caído. Nunca me vería roto. Yo no vuelvo a donde no soy elegido. Y ella aunque me ame
(y lo sé) no me eligió cuando importaba.
Respiré hondo. Abrí los ojos. Seguí caminando. Cada paso era una sentencia. Cada paso era un adiós.