Alexander
No recuerdo bien cómo llegué.Solo sé que la luz roja del cartel parpadeaba, como un corazón enfermo palpando las paredes de la noche.
Babel, decía. Un lugar que prometía exactamente lo que yo buscaba:
Nada.
Olvido.
Ruido.
Oscuridad.
Un hueco donde esconder la parte de mí que Amelia había dejado temblando.Apenas entré, el olor a alcohol y perfume barato me envolvió.
La música retumbaba en el pecho como si quisiera partirlo en dos. La gente se movía como si no existiera mañana. Perfecto. Justo lo que necesitaba. Pedí un whisky doble. Después otro. Y otro. Quería quemarme la garganta hasta no sentir nada. El vaso tembló en mi mano.No por el alcohol. Por su nombre.
Amelia.
La pronuncié en silencio, como un rezo roto.
—Mirá quién volvió al pecado —escuché a mi izquierda.
Volteé. Y ahí estaba ella.
Lara.
Rubia, boca roja, ojos oscuros como un abismo que no prometía nada más que placer momentáneo y vacío eterno. Había sido mi refugio antes de Amelia. Uno de esos refugios que te hunden más de lo que te protegen. Lara sonrió, apoyándose en la barra con esa elegancia sucia que siempre la caracterizaba.
—Pensé que te habías jubilado —dijo—. Mirá vos todavía sangrás por dentro.
No respondí. Ella tomó mi vaso sin permiso, bebió un sorbo y lo dejó donde estaba. Después, sin pedir permiso tampoco, deslizó un dedo por mi mandíbula.
—Extrañé esto —susurró—. Extrañé tu forma de romperme cuando estabas roto.
Cerré los ojos un segundo. No quería Amelia en mi mente. Pero Amelia estaba en mi mente.
Su rostro.
Su voz.
Su mirada cuando me dijo ¿qué hiciste?.
La duda en sus ojos. La que yo no soporté. El dolor ardió como una marca caliente en el pecho. Lara no esperaba ternura. Nunca la quiso. Nunca la pedía. Quería destrucción. Y yo estaba lleno de ella. La dejé acercarse. No porque la deseara. Sino porque quería castigarmi por seguir siendo el tipo de hombre que ama demasiado. Mi respiración se volvió pesada cuando sus labios rozaron mi cuello. Pero mi mente…
Mi mente hizo algo peor. Me la mostró a ella.
A Amelia. Lara me tomó del mentón.
—¿Pensás en alguien? —preguntó con una sonrisa torcida.
No respondí.
—Perfecto —susurró— Más oscuro todavía.
Ella se apretó contra mí. Sus manos subieron por mi pecho. Me habló al oído con esa voz que sabía usar como un arma. Pero yo no estaba ahí. Yo estaba viendo los ojos de Amelia. La forma en que se quebraron. La forma en que dudó. La forma en que yo di la vuelta y me fui. Lara deslizó su boca sobre la mía. Solo un roce. Una invitación sucia.
Y mi cuerpo reaccionó. Pero no por ella. Por la ausencia de Amelia. Por el agujero que me dejó. Me aferré a Lara casi con violencia, como si así pudiera callar el dolor. Ella se rió, disfrutando del golpe emocional que sabía que yo estaba viviendo.
—Eso, Alexander… —susurró—. Vos no sabés querer. Vos sabés destruir.
La empujé contra la pared detrás de la barra, con el alcohol y el ruido girando a nuestro alrededor. Ella gemía de anticipación, no de amor. Nunca de amor. Mi mano quedó apoyada junto a su cabeza. Mi respiración en su cuello. Ella se arqueó contra mí. Y entonces el infierno: El rostro que mi mente dibujó no fue el suyo.
Fue Amelia.
Su piel. Su perfume. Sus labios temblorosos.
Sus ojos heridos. Un latigazo me atravesó el estómago. Mi cuerpo se tensó en seco. Cerré los ojos con fuerza, intentando borrarla. No pude. Nunca pude. Nunca voy a poder.
—Alexander — Lara susurró, deslizando las uñas por mi espalda— Duele más así, ¿no?
La aparté. Ni suave. Ni brusco. Solo necesitado. Necesitado de aire. De silencio. De cualquier cosa que no fuera este tormento. Pero Lara era una experta en hombres destruidos. Me tomó del rostro con ambas manos.
—Estás temblando —dijo, fascinada—. ¿Qué mierda te hicieron, eh?
Su risa fue un dardo sucio. Mis manos cayeron a mis costados. La presión en el pecho fue tan fuerte que pensé que iba a gritar.
—Te destruyeron, nene.
No lo soporté. Apoyé la frente en la pared, cerré los ojos, y por primera vez desde que me fui se me escapó un sollozo. Lara dejó de reír. Me miró con algo que no era compasión. Era morbo. Ella vivía para estas ruinas.
—Decime quién te hizo esto —susurró—. Decímelo y yo te hago olvidarla.
Lo que me rompió fue lo siguiente: no su oferta, no su voz, no su perfume, no su boca a centímetros de la mía. Fue el pensamiento:
Nadie puede hacerme olvidar a Amelia.
Ni siquiera yo.
Me llevé una mano al pecho. Como si pudiera detener el dolor. Como si pudiera arrancarlo.
—Alexander… —Lara murmuró— Estás llorando.
Otra lágrima cayó. No pude frenarla. Me cubrí la cara. Y la voz me salió rasgada, como un animal lastimado:
—No puedo… sacármela. No puedo… no puedo…
Lara, por primera vez en su vida, calló. Me dejé caer en la banqueta. Incliné la cabeza hacia adelante. Respiraba entrecortado. La garganta hecha polvo. Y la verdad se me escapó en un susurro que me destruyó:
—La amo y no sabe amarme como yo la amo a ella.
Mi voz tembló. Mi pecho ardió. Mi alma gritó desde algún lugar oscuro. Lara se sentó en mis piernas, tomándome el rostro entre las manos, obligándome a mirarla.
—Te va a matar ese amor —susurró, casi con placer.
—Ya me mató —respondí, con un hilo de voz.
Y ahí, rodeado de alcohol, cuerpos, música sucia y mentiras baratas lloré como un hombre que ya no sabe vivir sin ella. Y que tampoco sabe volver.