Dueño De Mi Silencio

El hombre hermoso que quiere morir un poco

Alexander

A veces, cuando el dolor es demasiado intenso, el cuerpo intenta compensarlo con algo extraño: belleza.

No sé si es defensa. No sé si es locura. No sé si es la última forma que tiene el alma de no desintegrarse. Pero esa noche lo noté. Y todos también. La luz del club rebotaba en mi piel como si tuviera fiebre. Mi camisa negra abierta hasta el pecho dejaba ver mis clavículas marcadas, la línea dura de mis músculos tensos, las venas hinchadas por la rabia contenida.

Mis ojos estaban rojos por el alcohol y el llanto, pero brillaban de una forma extraña, casi hipnótica, como brasas antes de apagarse. Hubo un momento, uno breve y maldito, donde me di cuenta de que todas las mujeres en el lugar me miraban.

Pero no como antes. No con deseo. No con admiración. Me miraban como se mira una llama viva a punto de consumir todo. Me miraban como si supieran que estaba
listo para romperme, para romperlas, para perderme. Y ese reconocimiento, ese magnetismo oscuro, ese atractivo nacido del dolor me empujó más.

Más adentro.
Más hondo.
Más cerca del borde.

Pedí otra botella. No un trago. La botella entera. El barman dudó. Yo lo miré. No volvió a dudar. Mi cuerpo seguía temblando, pero mi rostro permaneció impasible, como si la tristeza se hubiera convertido en una máscara hermosa y cruel. Tomé un trago largo. Después otro. El alcohol ya no quemaba. No sentía nada.

—Alex.

La voz de Lara me alcanzó desde detrás. Pero no le presté atención. Me levanté del asiento, tambaleando apenas, y fui directo hacia la pista. El espacio se abrió a mi paso, como si todos supieran que algo estaba roto en mí. O que algo estaba por romperse. La música retumbaba en mis venas. No la escuchaba. La sufría. Me pasé una mano por el cabello, despeinándolo más. Un grupo de chicas se acercó.

Demasiado poco vestidas. Demasiado borrachas. Demasiado atraídas a lo que no entendían. Una de ellas me tomó del brazo.

—¿Estás bien, bebé?

No respondí. Me miró con una mezcla de pena y deseo.

—Sos tan… hermoso — susurró — Pero tenés algo en los ojos…

Dolor.
Rabia.
Vacío.
Locura.

La chica me deslizó una mano por el pecho.

—Venite con nosotras —dijo otra, mordiéndose el labio.

Mis labios se curvaron en una sonrisa rota. Una sonrisa peligrosa. Una sonrisa que no debería existir.

—No quieren eso — murmuré.

Una de ellas rió nerviosa.

—¿Por qué no?

Mi voz salió baja, oscura, sincera:

—Porque hoy no estoy intentando vivir.

Hubo un silencio. El tipo de silencio que hace temblar un cuarto entero. Lara apareció detrás mío, furiosa.

—¡Alex, basta! —intentó sujetarme del brazo.

La miré. Con ojos que no parecían míos.
Con una expresión tan vacía que incluso ella retrocedió.

—Soltame —dije, sin elevar la voz — No tenés idea de lo que estoy por hacer.

Ella apretó los labios. Sabía que estaba al borde. Al borde de algo malo. Algo irreversible.
Algo mortal. Pero no pudo frenarme. Nadie podía. Ni siquiera yo. Encontré la salida trasera del club. El aire húmedo me golpeó la cara.La ciudad entera parecía hecha de sombras.

Caminé sin rumbo. Mis pasos resonaban desparejos sobre el asfalto. Me apoyé en una pared, respirando como si el aire fuera arena.

Sentía el corazón golpearme el pecho como si quisiera salir. O explotar. Un auto frenó en seco frente a mí. Tres hombres bajaron. No tenían cara de curiosos. Tenían cara de problema.

Y yo…...Yo estaba preparado para el problema. O mejor dicho: estaba buscándolo.

—Che, hermoso —dijo uno, mirándome con descaro— Estás medio perdido, ¿no?

Me reí. La risa más rota de mi vida.

—No estoy perdido —dije—. Estoy exactamente donde tengo que estar.

El más grande se acercó.

—¿Tenés plata?

—Tengo ganas —respondí—. ¿Alguien quiere cobrármelas?

Hubo un silencio. Un silencio que no anunciaba pelea. Un silencio que anunciaba una paliza. Perfecto. La necesitaba. Una de las únicas formas de no pensar en ella. En Amelia.

En la forma en que me miró antes de que me fuera. En la duda. En la traición. En cómo se quedó callada. En cómo no me eligió. En cómo me soltó. Tragué saliva. Mi respiración se volvió débil, irregular. Los hombres se acercaron más. Uno tomó una botella rota del piso. El borde brilló bajo la luz del farol.

Podía matarme. O desangrarme. O terminar lo que yo no podía hacer con mis propias manos.

Perfecto. Perfectísimo. Abrí los brazos, ofreciéndome.

—Hagan lo que quieran —susurré—. No puedo sentir nada peor que lo que ya siento.

El hombre de la botella sonrió.

—Con gusto.

Y dio el primer paso hacia mí. Yo no lo detuve. Ni lo pensé. Ni lo temí. Solo pensé en una cosa. En ella.

Amelia.
Amelia.
Amelia.

Su nombre golpeándome el cerebro como un latido enfermo. El tipo alzó la botella. Y yo cerré los ojos. No por miedo. Por agotamiento. Por dolor. Porque, por primera vez en años, quería que algo me hiciera callar el alma. Quería silencio. Quería oscuridad. Quería no existir un rato.El filo bajó. Y entonces una voz que no debería estar ahí resonó en la oscuridad:

—¡NI SE TE OCURRA TOCARLO!

Abrí los ojos, aturdido. Una figura salió de las sombras. Una figura que no esperaba. Ni quería. Ni podía soportar ver en este momento. La botella cayó al piso. El sonido fue seco. Metálico. Final.

Y yo me quedé paralizado. Porque quien había aparecido no era Amelia. Era alguien que conocía demasiado bien mi oscuridad y mis pecados. Y su presencia iba a cambiarlo todo.




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