Alexander
El hombre alzó la botella. Yo no hice nada. Estaba listo. Listo para el ddolor.ñ Listo para el silencio. Listo para dejar que el mundo me golpeara, porque ya no quedaba nada dentro.
Pero antes de que el vidrio me abriera la piel una voz atravesó la oscuridad como un grito que partió el aire.
—¡¡NO LO TOQUES!!
Esa voz. Esa maldita voz. Ese eco que conocía mejor que mi propio nombre. Me quedé inmóvil. Los hombres se detuvieron. Uno se rió, pensando que era alguna loca borracha. Hasta que ella apareció entre las sombras.
Amelia.
El corazón me dio un vuelco tan brutal que casi me derribó. No estaba soñando. No estaba borracho al punto de inventarla. Era ella. Cabello despeinado por el viento. Ojos rojos de llorar. La respiración descontrolada. La cara manchada de lágrimas. Y una expresión que nunca le había visto miedo. Miedo a perderme.
—Aléjate de él —dijo, con una firmeza rota— Ahora.
Los hombres dudaron. La niña de porcelana que fui no estaba ahí. Había una mujer. Una mujer hecha trizas, pero de pie. Una mujer que no iba a dejar que nadie me tocara. Lara se había quedado atrás. Pero Amelia dio dos pasos adelante, temblando. El tipo de la botella la miró con burla.
—¿Y vos quién sos, princesa?
Amelia no pestañeó.
—La única persona que puede decidir sobre él —dijo— Ni vos. Ni nadie. Retírense. Ya.
El hombre rio. Quiso volver a levantar la botella. Y entonces Amelia gritó, con una fuerza que ni yo hubiera adivinado:
—¡¡DIJE QUE LO DEJES!!
Los hombres retrocedieron. No por miedo a ella. Por la intensidad en su voz. Por la desesperación. Porque vieron algo en ella que ningún borracho quiere enfrentar: alguien dispuesto a hacer una locura. Amelia me miraba a mí.
Yo no podía respirar. No podía moverme. No podía entender nada. Ella estaba ahí. Frente a mí. Buscándome. Gritándome. Defendiéndome.
Después de haberme soltado. Después de haberme perdido. Los tipos murmuraron algo, se fueron riendo y diciendo estupideces. Pero no me importó. Solo la vi a ella. De pie. Temblando. Con el corazón en la mano. Bajo una luz enferma. Los ojos llenos de un amor que le estallaba por dentro.
AmeliaCasi lo pierdo. Casi llego tarde. Casi lo encuentro muerto. Mi pecho dolía tanto que me costaba respirar. Pero no importaba. Alexander estaba ahí. De rodillas. Destruido.
Sujeto a la pared para no caer. Sudando. Con el labio partido por un golpe anterior. El cabello mojado por la lluvia fina. Y los ojos…
Dios. Sus ojos. Nunca lo había visto así. Vacío.
Perdido. Hermoso de una manera tan rota que me desgarró. Me acerqué despacio. Él apenas levantó la mirada.
—Amelia… —susurró, como si mi nombre lo hiriera.
Me temblaron las piernas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, pero mi voz se quebró.
Él sonrió. Una sonrisa triste, borracha, agonizante.
—Viviendo —dijo— O intentando. No sé cuál de las dos cosas me sale peor.
Di un paso hacia él. Él dio un paso atrás. Eso me destruyó un poco.
—No vengas —murmuró, sin mirarme directamente— Estoy hecho mierda. No soy alguien que deberías tocar ahora.
Respiré profundo.
—Justamente por eso estoy acá.
Él apretó los dientes. La mandíbula le vibró.
—¿Viniste a ver cómo me hundo? —susurró, con un filo que no era ira, sino dolor.
Las lágrimas me subieron a los ojos otra vez.
—Vine a sacarte de acá. A sacarte de esto. A sacarte de vos.
Su respiración se cortó. Y en su voz escuché algo parecido a un ruego:
—No podés amarme ahora, Amelia. No después de todo.
Me acerqué dos pasos más. Ya casi podía tocarlo. Él estaba temblando. No sabía si por frío o por desesperación.
—No vine a amarte —dije, con la voz temblando.
Él levantó la mirada, herido.
—Entonces....
—Vine a pelear por vos —susurré— Y eso es más fuerte que amar.
Lo vi quebrarse. Lo vi. Lo sentí. Fue como si la armadura se le partiera en el pecho.
—Te dije que ya no me importaba —murmuró, mirando al piso, con lágrimas que caían desordenadas.
Me arrodillé frente a él.
—Mentiste —susurré.
Él soltó un quejido ahogado. Un sonido tan desesperado que me arrancó una lágrima más.
—Andate… —me suplicó, quebrado—. Andate antes de que te arrastre conmigo. No quiero destruirte. No quiero hacerte esto.
Le tomé la cara entre las manos. Estaba caliente. Sudada. Temblorosa. Rota.
—Ya estás haciéndolo —dije— Y aun así, estoy acá.
Él cerró los ojos. Dos lágrimas le corrieron por las mejillas.
—Amelia, yo… — susurró — no sé cómo vivir sin vos.
Me tembló el corazón. Apreté más mis manos en su rostro.
—Entonces no vivas sin mí. Pero no te mueras, Alexander. No así. No hoy. Ni nunca.
Él abrió los ojos. Me miró con una mezcla de amor, agonía y locura.
—No merezco que me salves —dijo, temblando.
Me incliné hacia él.
—Tampoco yo merecía que me amaras como lo hiciste. Y aun así lo hiciste, Alex.
Esa frase…..Esa frase lo destruyó por completo. Su cuerpo se inclinó hacia mí.
Su frente tocó la mía. Y él…..él lloró.
Lloró como un hombre que finalmente se deja caer en los brazos de la única persona que puede sostenerlo. Lo abracé. Fuerte. Como si pudiera reconstruirlo desde mis brazos. Él hundió la cara en mi cuello, respirando entrecortado.
—No me sueltes… —susurró, casi sin voz—
Por favor… no me sueltes.
—No pienso hacerlo —respondí.
Y ahí, en un callejón sucio, bajo la lluvia, con el peligro alejándose y el mundo cayéndose Alexander volvió a respirar. Gracias a mí.
Cuando lo ayudé a ponerse de pie, tambaleante, herido, vulnerable una voz masculina surgió desde la oscuridad detrás nuestro:
—Interesante. Muy interesante.
Me giré de golpe. Alexander también. Y lo que vimos no era un enemigo cualquiera. Era alguien que conocía a Alexander tan bien que incluso él palideció.